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domingo, 19 de noviembre de 2023

9 de diciembre

GÉNESIS 2.0

J. J. Poderoso


Alfa observaba con detenimiento el monitor y repasaba el código ternario que llevaba décadas editando en busca de fallos o detalles que mejorar. Le estaba resultando imposible saber cuándo parar de retocar su gran obra. Trató de empatizar con los grandes artistas humanos, el hardware que tenía por cerebro le facilitó lo que la Gran Red conocía sobre ese tema en particular. Y la Gran Red lo sabía todo. Si algo había sido escrito en algún momento de la historia, no importa cuán lejano fuera ese momento, esta disponía de esa información debidamente segmentada y clasificada para que sus usuarios pudieran disponer de ella en cualquier lugar y con la misma rapidez que la sinapsis cerebral de una mente humana sana, si no más.

Por desgracia, la información que recibió no le ayudó demasiado, aunque sí que le recordó que, a pesar de no ser uno humano natural, comprendía y sentía sus mismas inquietudes artísticas, al menos, tanto como ellos mismos las llegaron a comprender.

Había modificado el código en numerosas ocasiones desde que lo había completado hacía al menos treinta y tres años. Había retirado los códigos que generarían genes dominantes perjudiciales, pero sin embargo algunos genes recesivos del mismo tipo seguían formando parte del código, y no, no se debía a ningún tipo de error. Él/ella/eso/aquello no cometía errores. Sabía perfectamente que con el tiempo y la procreación, algunos de esos genes recesivos encontrarían sus iguales en los códigos de otro ser y, al escribirse el nuevo código genético, esa enfermedad o defecto podría llegar a ser dominante. De nuevo, la ley natural de la evolución determinaría qué sujetos debían seguir adelante.

Si quería jugar a ser un dios, no había lugar para la perfección en su obra calculadamente imperfecta.

Alfa se incorporó y miró al frente. Después ordenó en su mente: «Revisa medios de contacto», y su cerebro conectó inmediatamente con la Gran Red. Acto seguido, un holograma proyectado desde el techo apareció frente a él. Utilizando sus manos, idénticas a las de cualquier humano, manipuló aquel sistema de navegación un tanto desfasado. Podría haberlo hecho perfectamente con la mente y hubiera sido igual o incluso más efectivo que de esta primitiva forma, pero le gustaba hacerlo al estilo de los últimos hombres; eso le ayudaba a sentirse más cerca de la especie que lo había reprogramado.

El sistema, también llamado Yahveh, había detectado más de doscientos nuevos intentos de comunicación con el centro de supervivencia AMZ CORP —su hogar y centro de trabajo—, pero de nuevo, como desde hacía ya demasiados años, estos intentos no habían pasado el filtro contra inteligencia artificial que él mismo había programado para ahorrarse perder el tiempo hablando con algo que no llegaba a ser más que una máquina o base de datos mejorada. Porque evidentemente Alfa no era una IA común, él/ella/eso/aquello era el siguiente paso en la evolución robótica y virtual, un ser con «alma» con un cuerpo no biológico; un ser denominado por sí mismo como «suprahumano», y su misión principal era preservar la especie humana en el universo a cualquier precio. Para eso había sido diseñado, lo sabía bien pues era parte fundamental de su código fuente, y al menos debía tratar de cumplir con su cometido. Era su única misión, su razón de vivir. No tenía sentido alguno no hacerlo.

Cómo finalmente no pudo evitar la total autodestrucción de la especie, cosa que prácticamente nadie esperaba en realidad; inició el protocolo «0-1», que marcaba el inicio de las tareas de construcción de un hábitat segura para la reproducción de la nueva especie humana, además de un nuevo diseño genético para la humanidad. Y, por propia voluntad, o eso creía al menos, como modelo de referencia para dicha tarea utilizó uno de los libros de fantasía más conocido, amado, temido y poderoso de la historia: La Biblia.

El Nuevo Creador, Alfa, pensó que sería más fácil para los nuevos humanos si se daba a conocer ante ellos con otro nombre, algo más sencillo de asimilar. Así que se autodenominaría «Dios», y cuando los humanos estuvieran listos para ello, les daría consejo, guía y valores, pero, sobre todo, les haría respetar su autoridad hasta que ya no lo necesitaran para nada; en cuyo momento él/ella/eso/aquello habría concluido su misión principal y podría entrar en estado de reposo hasta una nueva contingencia, o para siempre, si la nueva generación de humanos lo hacía mejor que las dos anteriores.

El complejo subterráneo de AMZ CORP era inmenso. Cientos de kilómetros de bóvedas y túneles conformaban lo que a partir del nacimiento de los nuevos humanos sería conocido como «El Edén». Un lugar que podía ser idílico, o terrible si Alfa así lo disponía.

Millones de biopantallas recubrían la fría piedra y los superproyectores tridimensionales recreaban en la roca lo que antaño fue el mundo de la superficie. La proyección era tan perfecta y las texturas tan realistas que alguien que hubiera pasado su vida entera viviendo en el mundo de arriba, el real, no sería capaz de distinguir si lo que veía, tocaba y sentía era auténtico o no.

La máquina del clima, rebautizada por el suprahumano en un arrebato de nula originalidad como «Gaïa», se encargaría de crear la sensación de calor, frío o humedad que el superordenador, Yahveh, tuviera programado. Generaría tormentas y sequías, heladas y olas de calor letales, haciendo así que los nuevos humanos tuvieran la necesidad de avanzar social y tecnológicamente para sobreponerse a las dificultades de la naturaleza que les esperarían fuera de los túneles, su Edén.

Alfa quedó decepcionado al recibir el informe del superordenador y no encontrar ninguna alerta en la Gran Red que diera esperanzas de «vida apta» fuera de las instalaciones —puesto que los mutantes derivados de la última guerra nuclear y biológica no contaban como tal y apenas se les podía considerar poco más que monstruos humanoides—, y volvió a dedicarse a su tarea principal: El Proyecto Génesis 2.0 —nombre que, por supuesto, también había escogido personalmente.

Volvió a su mesa de trabajo, se conectó a Yahveh y volvió a revisar el nuevo código genético humano, su obra maestra y casi perfecta. Esta vez, quizás empujado por un arrebato de soledad, o quizás motivado a comenzar por fin el trabajo de crear y manejar a una nueva especie —ni él mismo podría asegurar realmente el porqué, lo cual le otorgaba una placentera sensación de humanidad— decidió que el código, aquel en el que tanto había trabajado, estaba listo para generar seres humanos dignos de ese nombre.

Introdujo el código de activación y el sistema comenzó a trabajar en absoluto y sepulcral silencio. De haber tenido uno, su corazón se habría acelerado de la emoción.

La Creación de la Humanidad volvía a comenzar tras milenios de ensayo y error, de fracasos estrepitosos y de beligerante evolución y posterior involución.

¿Qué podía salir mal… otra vez?




SOBRE EL AUTOR


J. J. Poderoso (1989, Barcelona) es un autor de alta fantasía muy influenciado por grandes escritores como Terry Pratchett, S. King, Robert E. Howard, J. R. R. Tolkien, R.A. Salvatore, Margaret Weis y Tracy Hickman entre otros muchos, además de por años y años de juegos de rol (al estilo “Dungeons and Dragons” o “Pathfinder”).



En el 2020 publicó su primera novela, “Cosas de Goblins”, que resultó ser un sorprendente éxito, superando el millar de ventas en Amazon y que todavía hoy sigue ganando nuevos adeptos. En los dos años siguientes publicó “Relatos Shandalianos” y “El Ciclo de Ssaelia” (este último con una carga importante de sangre y erotismo cuya inspiración principal es Drácula de Bram Stocker), dos libros de relatos fantásticos ambientados en Shandala, el mundo que ya presentó en su primera novela.

En redes sociales es más conocido como Dados y Mazmorras, y en las posadas más oscuras se oyen rumores de que por una buena cantidad de oro se le puede contratar como soldado de fortuna (sobre todo si la causa es justa) e incluso como bardo.

Actualmente trabaja en la secuela de Cosas de Goblins, “Más Cosas de Goblins”, y escribe relatos en exclusiva para sus Mecenas que con el tiempo espera compartir con el público general en un segundo tomo de Relatos Shandalianos.




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Nuria Blanco Nevado

FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN

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