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domingo, 19 de noviembre de 2023

8 de diciembre

NIEVE

Juan Antonio Oliva Ostos 



—¿Ves, Gabriel? ¡Este año tocaba nieve! 

El viejo, distraído, acaricia el lomo del pastor alemán junto a él. Quejumbroso, el animal suelta un bufido mientras se arrebuja contra su compañero de viajes. El calor no tiene dueños; hombre y perro se obsequian un poquito. 

—No seas así Gabriel —continúa el viejo—, no es para tanto. Ya te dije que me lo decían los huesos. ¿O no te lo dije el otro día? Pues claro que lo hice. Mira, compadre, puede que me acuerde ayer y quizás me olvide mañana, pero te lo dije: tocaba nieve… 

Al viejo, hipnotizado en su trono de cartón, le maravilla la danza de los copos. «Bienvenidos sean los pequeños placeres», piensa. Con mimo y meticuloso, limpia los plásticos que protegen el muro de su castillo en la acera. Cajas de frutas repletas de libros; sus tesoros, su sustento. «Hay que cuidar la mercancía», y sonríe satisfecho. Zarandea, de tanto en tanto, la lata con las monedas para llamar la atención de las abejas. Pero, si es necesario, el viejo usará el bastón para proteger su rincón. En el pasado, como le cuenta a veces a Gabriel, se las vio con dragones, brujas, embaucadores de toda condición y ladrones mal nacidos. 

—No tengo tantas fuerzas ya —le explicó en cierta ocasión al chucho—, pero mi bastón es capaz de amedrentar a más de un bastardo. Recuerda: el sol es lo mejor, acobarda a los malhechores. Sólo hay que cuidarse de las noches sin luna. 

Se pregunta, regresando a una cordura más esquiva según avanzan las estaciones, con un destello infantil en la mirada, si verá niños lanzarse bolas de nieve ese año, pasear en trineos, construir castillos, abrigar muñecos desproporcionados o dibujar simpáticos angelitos... Si verá las risas o saboreará sus gritos. 

—Pero los niños, Gabriel —murmura con la voz quebrada—, ya no juegan en las calles. —Acompasado, el brillo divertido de su rostro se apaga. El perro alza la cabeza y lo inquiere preocupado; detecta su desconsuelo. El viejo acaricia al animal, que le husmea y lame la mano—. Tranquilo, compadre. —Sabe que la nieve se convertirá en un manto impuro cuando la desazón de los transeúntes la aplaste—. A la gente, Gabriel, le recuerda que el invierno es como ellos: gris y frío —le confiesa, indignado, a su amigo peludo. 

El viejo también comprende que la nieve no ocultará las miserias de la ciudad. Sin embargo, nada cambia el hecho de que le hace tristemente feliz. 

De entre los transeúntes, río de lava que funde el frío con sus pisadas, dos adultos —dos sombras— se detienen frente al viejo; y una niña. Los adultos mantienen una conversación trivial a la vez que, pegados a sus espejitos mágicos, apenas se hablan a la cara. Para el viejo, no son nada si no le ofrecen dinero, comida o ropas. Él, en cambio, siempre ha sido educado y saluda de todos modos. 

—Hola, muy buenas. 

Para las sombras, el viejo es invisible. No le importa. Tiene a Gabriel, el bastón, su lata, los libros y a la Buena Voluntad, que de tanto en tanto obra su magia... Hasta que sus ojos añejos se cruzan con dos estrellas azules que irradian vida, y le regalan una sonrisa que puede destruir cualquier frontera, o muro. 

La niña, bien abrigada, adora el verde de los pies a la cabeza. Sin soltarse de la mano de uno de los ciegos que la guía, extiende un brazo hacia el viejo. Atónito, éste observa el presente que la niña le ofrece. En un susurro, como si fuera un secreto, ella le dice con natural inocencia: 

—Te hará compañía, yo ya soy mayor. 

Con incertidumbre y manos enguantadas en suciedad, el viejo se decide y toma una muñeca qué, como él, disfrutó de tiempos mejores. 

—G-gracias —apenas logra pronunciar. 

—Tienes muchos libros —admira ella. 

—Los encuentro, los arreglo y aquí están para que alguien les regale un hogar. Mientras tanto, los protejo en mi paraíso de los libros perdidos. 

—A mí me gusta leer. 

—Eso…, eso es bueno, pequeña. 

El viejo sabe recompensar los detalles dignos. Su tata se esforzó en enseñarle modales cuando era un mocoso rebelde. Nunca defraudó a su tata. Rebusca entre los tesoros y complacido halla uno para la cría. «Es perfecto». 

—Ten, para ti. Te gustará. 

La niña lo toma con respeto. Frunce el ceño para concentrarse al leer el título. 

—Con ella viajarás a un mundo maravilloso —le promete el viejo. 

Los ojos de la pequeña son un vals de alegría cuando da las gracias. 

Las sombras se despiden y la niña, vaporosa, se aleja entre la nieve con una sonrisa que captura almas. El viejo la sigue con la mirada hasta que la pierde. Con la muñeca apretada contra el pecho, vuelve a acariciar a su amigo. 

—¿Sabes por qué me gusta la nieve, Gabriel? 

El pastor alemán levanta la cabeza y acerca el hocico al rostro del viejo. Logra lamer los valles del tiempo y la vida; ladra una vez a la espera de la respuesta. 

—Porque los niños me ven. 

Y sonríe, melancólico. 

SOBRE EL AUTOR


Juan Antonio Oliva Ostos tiene tres novelas publicadas: Durmientes (Dilatando Mentes Editorial, 2019) y Neopiel (Cazador de Ratas Editorial, 2020). También ha participado en numerosas antologías y revistas y ha sido seleccionado para el Visiones 2023 con el relato El cántico astral del colibrí. Recientemente ha publicado Lágrimas de silicio (finalista a Mejor Antología en los Premios Ignotus 2023, publicada por Dilatando Mentes Editorial, 2022).




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Nuria Blanco Nevado

FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN

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