7 de diciembre
ONCE CEROS
Zaira Ros
Maia
Cien mil millones. Un uno y once ceros. Maia había contado los ceros cinco veces. Había copiado el número y lo había pegado en un editor de texto. Ahí, usando el espacio para avanzar en la cifra, volvió a contarlos: once. Cien mil millones.
Aquella Navidad había llegado con fuerza: un mensaje en su reloj sincronizado con el móvil, una visita a su cuenta bancaria y una cifra exorbitante. Con esa cantidad, podía reformar la casa a su antojo: convertiría su clásico baño en uno lujoso de hotel, con un cabezal de ducha de medio metro de ancho. «No», pensó, «no me limitaré a reformar, me haré con un apartamento nuevo, o incluso una casa en Pedralbes. ¡Eso es! Tendrá jardín y un robot de seguridad. Una para mí y otra para mi hermana».
Maia se sentó frente al ordenador, el cual necesitaba cambiar desde hacía un año y seguía postergándolo porque ya tenía el móvil. Suspiró al escuchar como el zumbido del ventilador empezaba a intensificarse. Tenía veinte minutos antes de que se sobrecalentase. Si quería usarlo más tiempo, necesitaba ponerle un ventilador debajo para ayudarlo a enfriar. Por suerte, solo pretendía hacer una búsqueda rápida. Maia tecleó “mejores tiendas de informática en Barcelona” y pulsó el primer enlace que le salió a un top diez. Tomó una foto de la dirección.
Pidió un taxi. Era la segunda vez desde que se había mudado a la ciudad que pedía uno, y la primera fue porque el día que llegó había huelga de transporte público y eran las doce de la noche.
¿Siempre había tantos coches en Vía Augusta?, se preguntó. El viaje que maps le había pronosticado de veinte minutos se estaba alargando. Los coches pitaban y ella evitaba mirar por la ventana. Durante todo el trayecto, revisó su cuenta bancaria al menos una vez por minuto. El dinero seguía allí y ella no tenía ni idea de quién se lo había dado. Esperaba recibir un menaje de su inesperado ángel en cualquier momento.
Miró el reloj, preguntándose cuándo llegarían. Quería su ordenador nuevo para pasarse la tarde mirando casas. Concertaría visitas cuanto antes, estaba segura de que con el dinero que tenía, no le costaría encontrar algo que le gustara. Se imaginó cómo transcurriría la tarde y sonrió. «No tengo comida en casa, y aquí estoy buscando casa», pensó, «si lo supiera mi hermana me mataría».
En vez de ir a comprar a un súper, decidió pedir comida a domicilio. Le apetecía un japonés. Hizo un pedido a través del móvil y se aseguró de añadir dos mochis de té verde de postres. Hacía años que no se los permitía. Selló el pago con su huella dactilar. En el último momento, pidió que se lo mandaran a la dirección de la tienda de informática, en una hora. Ya que había salido, haría unas compras más después de comer. Soltó un suspiro de alivio cuando leyó “transacción aprobada”. «Realmente tengo el dinero», pensó.
La tienda era estrecha y alargada, con predominio del negro y el rojo en su decoración. Los ordenadores, ventiladores, teclados y ratones estaban protegidos detrás de vitrinas. Ese lugar parecía sacado de una película de ciencia ficción. Ella buscaba algo más formal, sin tanta luz, pero si ahí no lo tenían, cogería uno de esos portátiles llamativos para su sobrino.
Se dirigió hacia el mostrador. Pasaría de ser su tía favorita y divertida a ser su tía favorita, divertida y extremadamente rica que lo podía mimar de vez en cuando.
Le preguntaron qué prestaciones buscaba. Maia no tenía ni idea de gráficas, CPUs ni procesadores, así que simplemente pidió lo mejor que tuviesen enfatizando que el dinero no era un problema. «Me estoy convirtiendo en una de esas pijas de Hollywood. Tal vez no debería ir a Pedralbes».
El portátil que le recomendaron resultó ser un discreto MSI de color negro que costaba la friolera de cinco mil setecientos euros. Recordando que el precio no era un problema, pidió dos, uno envuelto para regalo. Se obligó a relajar los hombros para que no pareciera que estaba robando. Además de la huella dactilar, tuvo que ingresar su código PIN. Afortunadamente, no hubo ningún inconveniente. El dependiente, un hombre mayor, medio calvo, la despidió con tono jovial, recordándole que tenía dos años de garantía.
Fuera de la tienda, Maia se alejó unos pasos con el corazón martilleándole en el pecho. Se paró en medio de la calle con los ojos brillantes de asombro y nerviosismo mientras contemplaba el resplandor cálido de las luces de Navidad. Por delante de ella pasaba gente de todo tipo, desde una pareja conversando mientras tomaban un chocolate caliente que les entelaba las gafas hasta un grupo de mujeres corriendo a toda prisa. «Han quedado para comer y se han dejado el postre», aventuró.
Esperó ansiosa a que llegase su comida y después se dirigió a Plaza Cataluña con el reconfortante peso de sus nuevas adquisiciones. Llegó en pocos minutos y cruzó toda la plaza ignorando las palomas. Se sentó en un banco en la parte superior, frente a El Corte Inglés. Abrió el paquete de comida y su boca comenzó a salivar. Al ver los palillos, lamentó no haber pedido un tenedor. Por suerte, los sushis los podía comer con las manos.
Comprobó su cuenta corriente después del primer plato, después del segundo y una vez terminó el postre. La comida había sido una delicia, pero lo surreal de la situación la mantenía en una tensión a la que no estaba habituada. «Iré a hacerme un masaje», pensó.
A su alrededor los coches eléctricos, tan silenciosos en general, pitaban frenéticos. Si hubiese sido cualquier otro día se hubiese mosqueado, pero no en ese momento, mientras pensaba en su próxima parada. Podía elegir cualquier tienda. Esa noche invitaría a cenar a la familia, pero primero se haría con un regalo para cada uno.
En la parte alta de Paseo de Gracia estaban las tiendas que de pequeña había admirado. Maia no quería subir andando, pero el paseo estaba más colapsado que la salida por diagonal después de un clásico en el Camp Nou. Ni siquiera los buses podían avanzar, así que optó por el metro. Dudó de su decisión al ver la cola para pasar la tarjeta.
Su móvil vibró tres veces seguidas y, mientras andaba hacia el andén, revisó si tenía nuevos mensajes en el móvil. En ese lapso había vibrado cinco veces más. Eran su hermana y su grupo de amigas. «Cuando me siente los leo», pensó.
Dos chicos que pasaban corriendo junto a ella la empujaron sin querer. El metro, que no se había cambiado en los últimos quince años, estaba llegando y el andén estaba abarrotado. Se esperaría al siguiente.
Maia observó, atónita, como la gente se empujaba por entrar cuando claramente nadie cabía en el vagón. Se apretó contra la pared, arrepintiéndose de no haber ido andando.
Sonó el tono de su teléfono.
—¿Dónde estás? —preguntó su hermana.
—En Plaza Cataluña, ¿cenamos esta noche?
—¿No has leído mis mensajes? La gente está recibiendo millones en los bancos. Nadie sabe de dónde. Acaba de salir por las noticias. Mejor vuelve a tu casa hasta que se controle la situación. Están cerrando las tiendas y en Sants un grupo de jóvenes ha atracado un supermercado. Mejor ven a nuestra casa, que estás más cerca. ¿Maia?
Maia retrocedió hacia las escaleras, de regreso a la superficie.
—Voy —dijo, y colgó el teléfono.
«Un ordenador tampoco es un mal regalo de Navidad», pensó mientras corría hacia el piso de su hermana. El Corte Inglés estaba bajando las persianas mientras ella pasaba por delante. Los coches seguían parados.
Nix
Su tía Maia entró al piso acalorada. Había subido por las escaleras, por lo que o estaba furiosa o angustiada. Nix dedujo que se trataba del segundo caso, pues él también había visto las noticias.
Se apresuró a ayudar y le cogió la bolsa, dejándola respirar.
—¿Cómo está la calle? —preguntó su madre, saliendo de la cocina.
Su tía se deshizo del abrigo trastabillando con cada uno de los botones.
—Mal. ¿Cómo puede haber cambiado todo tan deprisa?
—Ya sabes cómo se pone la gente con el dinero —dijo su madre.
—¿Has conseguido comprar algo? —preguntó Nix, forzándose a pasar por alto el comentario de su madre.
En el rostro de Maia la preocupación dio paso a una radiante sonrisa.
—Oh, sí, ya verás. Es para ti.
Maia le señaló la bolsa que él sujetaba y de ella sacó un paquete envuelto. Intuyó lo que era antes de abrirlo, pero no el calibre del portátil que contenía. Lo abrió saboreando el momento y se quedó con los ojos como platos. «No está tan mal el dinero», pensó acariciando el aparato.
—Es fantástico —murmuró el chico, y abrazó a su tía.
—¿Ese otro es para mí? —preguntó su madre con un deje de envidia, viendo el portátil que todavía se ocultaba en la bolsa.
Maia se miró las manos y enrojeció. Abrió la boca, pero de ella no salió sonido alguno. El ambiente cambió de la misma manera que cambia cuando estás jugando a un videojuego y un compañero te insulta confundiendo tu avatar con el de otro aliado.
—Madre, Maia hace siglos que tiene que cambiarse el portátil —dijo Nix.
Esa tarde, cuando las noticias habían anunciado los cambios en las cuentas bancarias, su madre había corrido a comprobar la suya y se habían preparado para salir. Ambos se encontraban ante la puerta de su casa, equipados con dos carritos de la compra, cuando los retuvieron los titulares de la televisión. Informaban sobre supermercados atracados, cristales rotos, sangre e incluso incendios.
—Quería ir a comprarte un regalo, pero no he tenido tiempo —dijo su tía—. Ya sabes, han cerrado las tiendas y…
—Era broma —dijo su madre, pero Nix vio la envidia detrás de su sonrisa.
Tenían el televisor con el volumen al mínimo. Analizaban los titulares en busca de novedades cuando apareció uno nuevo que decía: “estaremos todos en las mismas condiciones”.
Nix sabía que eso era falso. En ese momento, que todos tuvieran cien mil millones en el banco carecía de importancia. Hacía pocos minutos que ya nadie podía acceder a ellos. Pero su madre se lo creyó, y en su rostro, más transparente que un cristal recién lavado, se reflejó la indignación por rebajarse a aquellos que no habían trabajado duro. Poco después, también se manifestó el orgullo de estar al mismo nivel que los famosos.
Mucha gente habría pensado cosas similares, y otra mucha se habría preguntado lo mismo que Nix: «¿Cuánto durará esto?, ¿tenemos que racionar las reservas?, ¿estoy exagerando?»
Ayudó a su tía a configurar los dos portátiles nuevos. Descargó varios programas. Los que eran de pago estaban bloqueados, pero encontró versiones piratas. «¿Bloquearán todo lo que sea de pago? ¿También la electricidad?», se preguntó Nix. Puso a cargar los dos portátiles y su móvil. Se levantó, excusándose para ir al baño, y comprobó que en el despacho, el portátil de su madre también estuviera enchufado. No se atrevió a pedirles los móviles a las dos mujeres temiendo que lo tacharan de paranoico.
Regresó al comedor. Su madre había subido el volumen de la tele y empezado a cocinar. No parecía preocupada. Se obligó a respirar e investigó las redes sociales. Él, sobre todo, seguía a informáticos y desarrolladores, pero buscó una lista de «top 100 influencers» para tener un punto de vista más amplio de lo que sucedía. Las distintas opiniones, tan variadas como grupos ideológicos, no le aclararon nada. Algunos decían, como en el titular, que esto traería igualdad, otros todo lo contrario. Se hablaba de un retroceso a la era paleolítica, de guerra. También de regresar pronto a la normalidad, de que hubo tiempos peores y de que la sociedad se estaba comportando como animales.
Siguieron con la televisión encendida toda la tarde y, poco antes de que se sentaran a merendar, el gobierno anunció que habría un comunicado del rey a las nueve. «¿Cómo podemos tener rey todavía?», se preguntó Nix.
Se pasó la tarde conectado, jugando con sus amigos a distintos juegos, cada uno peor que el anterior. Blandían espadas y resolvían crucigramas mientras todos ellos esperaban que fuera el otro el que sacara el tema del dinero y de lo que pasaría a partir de ese momento. Pero ninguno quería parecer más preocupado en exceso.
—¿Os han llegado ya vuestros ingresos? —preguntó Nix al final.
—Tío, a mí todavía no —respondió uno de sus amigos por el chat.
—Ahora eres el pobre del grupo —añadió otro.
Soltaron algunas risas, lucharon contra monstruos y siguieron avanzando por el bosque del brujo. Nadie volvió a mencionar el tema hasta que se aproximaron las nueve. Uno a uno, y con distintas excusas, fueron dejando el chat.
—Me voy a escuchar al rey —dijo Nix cuando solo quedaban él y Lucas.
—Yo también, tío. Espero que de alguna noticia buena.
—¿Hablamos luego?
—Claro, llama cuando quieras.
Nix salió al salón y se sentó en la mesa. Su madre sirvió los primeros con uno de los canales públicos de fondo. No importaba cuál, en todos emitirían el discurso.
El monarca no se hizo esperar. Apareció sentado en una butaca de cuero, con dos grandes banderas a su derecha, una española y la otra europea. Detrás de él había un cuadro donde aparecía su padre, retratado a caballo con una cruz en el pecho. Empezó a hablar:
«Estamos viviendo un momento muy grave. Quiero dirigirme a todos para quitaros la preocupación. Debemos confiar en las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado y estar tranquilos. Pronto detendremos al causante de esta manipulación ilegal de las cuentas bancarias.» El rey enfatizó la palabra ilegal moviendo la mano derecha y prosiguió con un discurso que no aportaba nada. Nix interpretó el mensaje a su manera: no tenían al culpable, ni sabían cómo regresar a la última situación estable.
Mientras duró la cena, Nix se dejó distraer por su madre y su tía, pero cuando se fueron a dormir, la luz de su habitación se mantuvo encendida. En su nuevo ordenador, Nix descargaba información de anteriores crisis para ver cómo había respondido la humanidad. En la última, la pandemia del covid, la gente había arrasado con los supermercados, sobre todo con el papel de váter y la harina. Esa vez no sucedería lo mismo porque, o estaban cerrados, o ya habían sido saqueados.
Se levantó de la silla y llegó hasta la puerta de su habitación que mantenía cerrada. Se quedó ante ella como tantas veces esa noche. Si iba a decirles a su madre y a su tía que se fueran de Barcelona, se reirían de él y si, como decía el rey, al día siguiente estaba todo solucionado, se sentiría ridículo. Pero, ¿y si no?
Cogió su móvil y llamó a Lucas. Si seguían siendo amigos después del patético discurso que había hecho en la graduación, esto no lo cambiaría. Aunque esperaba que lo que estaba por decirle no se lo repitiese a nadie.
—¿Cómo estás? —preguntó la voz de su amigo, alegre pero con un deje de preocupación.
—Bien, bueno, ¿qué crees que pasará?
—Ni idea, pero ya que no podemos salir, pretendo pasarme unos días jugando.
—Nadie ha prohibido salir a la calle —dijo Nix.
—Ya, pero por si acaso.
«Si Lucas está tomando algún tipo de precaución, no se reirá de mí», pensó Nix.
—Estoy pensando en ir a algún pueblo, hasta que esto se tranquilice. Pero no sé cómo proponérselo a mi madre y a mi tía.
—En los pueblos la conexión es peor —observó Lucas.
—¡Eso era hace siglos! Ahora hay conexión y cobertura en todas partes.
—Fue hace nada, apenas tres décadas.
Se hizo el silencio entre ellos. ¿Por qué estaban hablando de la conexión?
—¿Tú te irás? —preguntó Nix.
—Qué va. ¿Para qué? ¿Pretendes ir a un pueblo y hacerte campesino porque te da miedo quedarte sin comida? Hay comida de sobra para todos. Incluso si tardan en resetear las cuentas bancarias, no dejarán de funcionar los servicios. No te preocupes —dijo Lucas, con seguridad.
—Pero, ¿crees que es ridículo?
—Tío, ¿por qué quieres irte? Entiendo el miedo y todo el rollo, pero en nada estaremos como antes.
—Ya…
—Está bien, todos podemos entrar en pánico de vez en cuando, incluso alguien tan racional como tú. También podemos decir tonterías, y hacer el ridículo, como…
—¡Cállate! —le cortó Nix y los dos rieron, bastante más de lo que el comentario propiciaba.
—Te llamo luego, ¿vale? Que estoy en mitad de partida.
—Sí, tranquilo, no pasa nada. Nos vemos pronto.
Nix volvió a cargar su teléfono, aunque su batería estaba al 99%.
Lucas
Habían pasado dos semanas desde que Lucas había hablado con Nix. Desde entonces, el chico había cambiado de opinión: ojalá se hubiera largado de la ciudad. Los tres primeros días los pasó en casa, tenía comida para casi dos semanas, así que se dispuso a pasar unas vacaciones jugando. Al tercer día las eléctricas los dejaron sin luz y, aunque el agua todavía era un servicio público, pasada una semana el gobierno la cortó. «Todos los que tienen poder son unos mierdas», pensó.
Su único canal de comunicación era mirar por la ventana. No se atrevía a salir a la calle, ya no. Cuatro días después del corte de agua hubo un gran cambio. Si salías al exterior, alguien te seguiría y, antes de entrar a casa, te atracaría para robarte las reservas de agua y comida.
Lucas soñaba con haberle dicho a su amigo que se largase de Barcelona. En realidad, esperaba que Nix se hubiese ido, pero no lo sabía. Por ridículo que sonase, no sabía dónde vivía su amigo, aunque de saberlo tampoco se hubiera atrevido a irlo a visitar.
Había mucha gente que se las apañaría bien durante meses; todos los que habían corrido al supermercado los primeros días. No era su caso. Eso sí, en teoría tenía cien mil millones en el banco. Todos ellos inútiles.
Lucas no se había levantado de la cama en todo el día. Tumbado ahorraba más energía y, como el día anterior se terminó su última botella de agua, tampoco necesitaba ir al baño. «Esta es la forma más triste que se me ocurre de morir», pensó, «con todo el agua que hay en el mundo, con toda la comida… ¿No podríamos seguir haciendo como siempre, pero sin pagar? Hasta que se solucione esto, por lo menos». Sabía que eso había dicho el grupo político de izquierdas, los más radicales. Pero los grandes empresarios se habían negado. Estarían forrados y bien abastecidos, saldrían de esta todavía más fuertes. «Están haciendo limpieza», pensó.
No debería sorprenderle que los dejaran morir, llevaban haciéndolo siglos con todos los habitantes del tercer mundo. «Y yo tampoco hice nada en su momento».
Se incorporó lo suficiente para pasar la cortina y comprobar que en la calle todo seguía igual. Estaba tan desértica como los últimos días; a excepción de una mujer, una que no se molestaba en ocultar su riqueza. En un impulso de locura abrió la ventana.
—¿Me darías agua? —preguntó en un malgasto irresponsable de saliva.
La mujer alzó la cabeza revelando un rostro bastante joven.
—¿Qué puedes ofrecerme?
Lucas se quedó en blanco.
—Lo que quieras, dinero en efectivo, una televisión…
—No es eso, ¿qué sabes hacer que puedas ofrecerme?, ¿a qué te dedicas? —La joven lo observó unos segundos y abrió su mochila negra y pulcra. De ella sacó una botella de litro y se la lanzó con una puntería impresionante—. Estás en bachillerato todavía, ¿no? Lo siento, a vosotros os ha tocado lo peor.
La mujer siguió andando y Lucas se dejó caer de nuevo sobre el colchón sujetando su preciada botella.
Abril
La calle estaba desértica y olía a caramelo mezclado con excremento de caballo. A una mañana de resaca con las botellas rotas en el suelo. Abril ahogó una arcada y siguió andando.
Había regalado su última botella de agua, pero ese día iba al río. Sus pasos eran rápidos, pero no por prisa ni por temor. Sabía que su aspecto, cuidado, podía atraer a gente, pero llevaba un chaleco antibalas debajo de la chaqueta y unas buenas botas con las que correr.
Su coche estaba dónde lo había dejado, reluciente, azul. Al igual que cualquier otro vehículo eléctrico, no produjo ningún sonido al arrancar. Pero a diferencia de los demás, el suyo todavía se ponía en marcha. Tenía unas placas solares en el techo, placas de última generación que deberían haber sido inventadas hacía siglos. No entendía por qué un país con tanto sol había dedicado tan poca energía, nunca mejor dicho, al desarrollo de las placas.
La historia tenía manchas oscuras, períodos dónde no tenía sentido lo que sucedía, por lo menos bajo su mirada: guerras dónde murió gente por el capricho de sus gobernantes, sequías por un abuso obvio de los recursos del planeta, desahucios masivos mientras había gran cantidad de pisos vacíos. Y nadie hizo nada, y si lo hizo no aparecía en los libros. Ella, en cambio, sí que intentaba cambiar el mundo. No estaba sola, por supuesto, pero colaboraba. Habría quienes la tacharían de lunática, pero a veces la planta estaba tan podrida que era mejor arrancarla de raíz para ver qué podía ocupar su lugar.
Salió de la ciudad siguiendo el río Llobregat. Sonrió al ver una familia que había ido ahí a por agua. Agua que, debido a la contaminación, antes era imbebible. Si en ese momento lo era o no, la familia lo descubriría pronto. Los niños saltaron al río a jugar y los padres se lo permitieron. Abril sintió la esperanza en el aire, ¿cuánto tardaría el resto de la población en darse cuenta? Todos los recursos que necesitaban estaban al alcance de sus manos. Tenían la oportunidad de buscar una nueva forma de organizarse que no se basara en la deuda bancaria y en un capitalismo maltrecho.
Desde la comodidad de su asiento, observó a esa familia largos minutos; en las ciudades se estaban adaptando peor, pero lo estaban haciendo. ¿Cuándo volverían a dar por sentada su supervivencia y empezarían a vivir?
En los pueblos había sucedido más deprisa. Habían recurrido al viejo método del intercambio, y a una ayuda humana real, no solamente de palabra. No decían “nunca permitiré que mis vecinos se mueran de hambre”, sino que actuaban y les ofrecían comida. Los que sabían, enseñaban a los demás a trabajar los huertos. Abril lo había visto y, aunque sabía que eso no era suficiente, era el primer paso. El mundo había evolucionado demasiado para funcionar solo con intercambios, pero cuando se sintieran tranquilos empezarían a pensar. O cuando estuvieran al borde de la muerte.
Sacó de su maletero dos libros aleatorios de los que llevaba con ella y los dejó en el arcén para esa familia. Eran libros de teorías económicas. Algunos explicaban un sistema de moneda sin inflación, otros del compartir la riqueza y sí, también de capitalismo. Su colección personal de volúmenes abarcaba un amplio espectro de ideas que había recopilado a lo largo del tiempo. Entre ellos se encontraba una teoría de su autoría, pero las demás eran de economistas y filósofos a los que admiraba, cuyas contribuciones habían modelado su perspectiva social.
No iba a decir a esa gente cómo debían volver a construir, les daría herramientas para elegir.
Zaira es graduada en matemáticas. Le apasionan la lógica y la lectura; sobre todo la fantasía y la ciencia ficción. Le gustan los juegos de mesa y es fan de la escritura de Patrick Rothfuss y los mundos de Brandon Sanderson. Está escribiendo una novela de fantasía cuyo primer borrador se encuentra disponible en Wattpad (@IdaeRos).
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Nuria Blanco Nevado
FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN
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