6 de diciembre
NAVIDAD 1.0
Javier Miró
Imaginad la perfección, la redondez más absoluta, el paradigma de la cosa bien hecha. Pues se queda en la miseria más rotunda si la comparamos con el artefacto que tenemos en primer plano ahora mismo. Atención. Una máquina de precisión construida por los mejores maestros artesanos y fruto de las tradiciones más depuradas. De acuerdo, es solo un sofá, su trabajo sigue siendo sostener y confortar, y en el proceso calentarse bajo el contacto de ciertas partes de la anatomía con tendencia a la proliferación de vello y sudoración, pero no caigamos en el simplismo. Porque este en concreto, a ver si os enteráis, es el sofá de Dios.
Ahí tenemos al sacro mueble, centrado, dominando la composición, siguiendo las líneas invisibles que lo colocan en la posición idónea entre la puerta de la cocina, la lámpara colgadera, la ventana que da al paraíso trasero y aquel ficus traído de a tomar por saco y que está más bien pocho. En su sitio, todo armonía y aesthetics. Guapo, carismático, de una belleza que queda más allá de cualquier moda de catálogo de interiorismo. El puto sofá de Dios, chavalada.
Y hablando de lo cual, a unos metros de allí —tampoco tantos, no os vayáis a creer que es un casoplón ni nada de eso—, se oye la cerradura de la entrada dando más vueltas que la veleta de Dorothy en El mago de Oz. La puerta se abre por unos segundos para luego cerrarse sin armar más escándalo del necesario, ya que tiene un sistema hidráulico de gran calidad que le procuró el Arcángel San Rafael, que conocía al dueño de la tienda y le hizo precio. Y por ahí aparece, accediendo al salón como salta un futbolista al campo, pero peor peinado, Dios Nuestro Señor Himself.
Qué porte, qué brío, qué temple, qué gracia natural la suya soltando las llaves de la Harley en la concha de la mesita y dejando caer la chupa de cuero sobre el sofá. Qué gusto para el sagrado mueble sentir el peso de la prenda todavía calentita y oliendo a Él. Tal vez oliendo un poco demasiado a Él, pero no es plan de ponerse tiquismiquis si los santos sobacos no están tan frescos como cabría esperar, que es que hay que quejarse por todo, leñe.
Sigue desvistiéndose el Todopoderoso con soltura. Parecería lógico que fuera a dirigirse directo a la ducha, pero detiene el striptease en los calzones de Dios y dirige sus pasos a la nevera, de donde saca una cerveza fresquita. Una San Miguel, claro, que es lo único que se despacha por aquí. Sin derramar una gota se derrumba sobre el sofá de Dios, sube los pies a la mesita bajera, los coloca en el espacio exacto que queda entre el cenicero y la Superpop de hace un par de meses, y agarra el mando a distancia, que se materializa porque sí, que para algo es un ser divino, no como tú que tienes que ponerte a rebuscar como un pringao. Pone la tele de Dios mientras echa mano de un bol a medio terminar que contiene un mix de frutos secos, pasas, palomitas, gominolas y patatas sabor maná y cabrales. Es hora de hacer zapping.
No ha llegado a la mitad de los infinitos canales del pack fijo-móvil-internet-TV —otro chollo que le encontró el Arcángel San Rafael, que se las sabe todas— cuando comienza a sonar Knocking on Heaven’s door. Pero no la versión cursi del greñudo ese que va de poeta, qué va, una a ritmo de bossa nova interpretada por una gachí que más que cantar parece estar susurrando cosas cerdas que está deseando que su pareja le haga armada de saliva y paciencia. Dios está orgullosísimo del tono de su móvil.
—Nan-nan-nákino nevensouhr —canturrea el Señor del Cielo y la Tierra mientras rebusca por los bolsillos de la chupa—. Nan-nan-nákino nevensouhr. —Está deseando que inventen el inglés para perfeccionar su nivel medio-alto.
Extrae la fuente de tan celestial música, un Xiaomi blanco bastante competente y con la mejor relación calidad-precio de todo Aliexpress. Mucho ojo, que si Dios se lo propone, también puede encontrar gangas a golpe de ratón. En fin, que mira la pantalla, más por instinto que por necesidad, ya que cuando suena esta melodía en concreto no puede ser otro que su querido, diligente y un poco plasta subalterno, el Arcángel San Gabriel.
—Dios al aparato —dice el Todopoderoso.
—Muy buenas, jefe.
—¿Tú no estabas de vacaciones?
—Sí, sí, jefe, aquí estoy, en Florida. Esto es el paraíso. Mejorando lo presente, claro.
—¿En Florida? Vaya pedazo de lúser que estás hecho. ¡Si ese cacho tierra no es más que una sucesión de pantanos hediondos atestados de mosquitos y caimanes! Perfe, vamos.
—Bueno, a mí me gusta —responde Gabriel, perdiendo de golpe la alegría inicial.
El arcángel sabe que de la boca de su jefe, nuestro Padre Celestial, solo sale la verdad pura por dolorosa que sea. «Ya se la podría ahorrar de vez en cuando, aunque solo fuera por no ser tan criticón y tan jodío», piensa.
—Sabes que puedo oír tus pensamientos, ¿no? —dice Dios, llevándose con desgana una papita salada a la boca.
Gabriel se estremece al recordar que su mente, así como cualquier rincón del universo, es tan manifiesta al Señor como un cartel de neón en mitad del Sáhara. El arcángel, entregado al servicio de su jefe, que, además de pagarle el sueldo, es su Señor, procede a pedir perdón de la forma más humillante posible: balbuceando, atropellándose, que si nunca volverá a ocurrir, que no sabe cómo ha podido pasar, que él es incapaz, que nada más colgar se va a azotar en la planta de los pies con una fusta hecha de púas de cactus, cardo borriquero, piezas de Lego y…
—Vale, vale, vale —le interrumpe Dios, cansado de la letanía de su subalterno—. Venga, dime por qué estás hablando conmigo en vez de disfrutando del sol y los mosquitos.
—Solo quería saber si todo marcha según la agenda.
—Tienes que estar de coña, Gabrito. En serio, disfruta de tu tiempo libre, no me seas guorkajólic —dice el Señor, pasando los canales con desgana. Lo deja en lo que parecen ser las noticias. Por lo visto, el emperador Augusto acaba de dar comienzo a una serie de juegos que deben durar cien días. Mucha palabra grandilocuente, mármol, guirnaldas y estatuas de tipos musculosos en culos.
«Putos romanos —piensa Dios—. Cómo los odio».
—Sí, sí —dice Gabriel al otro lado de la línea—. Lo que pasa es que como hoy era un día tan señalado, pues...
—¿Señalado? ¿Te refieres a la carrera de motos con Satán? —le interrumpe Dios—. Chaval, le he dado tal palizote a ese pobre diablo que se le van a quitar las ganas de lanzarme retos en las estoris de Ilumigram.
—No me refiero a eso, jefe. Me refiero a lo otro.
—¿Lo otro? ¿Qué otro? ¿Los egipcios? ¿Los paganos? ¿Los terrarredondistas? ¿Qué?
Se hace el silencio por unos instantes.
—¿Lo ha olvidado? —tartamudea el Arcángel San Gabriel.
—¿Olvidar qué?
—¿No sabe qué día es hoy?
El Creador está a punto de soltar una ráfaga de improperios contra su subalterno, pero una milésima de segundo antes de ello, sus divinos ojos van a posarse sobre el calendario con publicidad del taller de su primo Zeus, el mismo calendario que muestra a mozos ligeros de ropa manipulando sin demasiado sentido maquinaria pesada mientras realizan posturas que sonrojarían a un fauno. Justo sobre la foto del chulazo de diciembre, todo lleno de grasa y fluidos brillantes que esperemos que sean sudor, hay un letrero que, en mayúsculas Cómic Sans negrita tamaño 72 dice: DICIEMBRE. A su lado, en el recuadro a mitad de la hoja dedicado a los días, hay uno marcado con saña y rotulador rojo: el XXV.
Veinticinco de diciembre. Un escalofrío tan atroz y repentino que sin duda me quedo corto al describirlo recorre la sagrada columna vertebral de Nuestro Señor desde los rizados primeros pelillos del cogote hasta la más pálida y fina superficie de piel de su venerable y turgente trasero. Tanto es así que del respingo manda a hacer gárgaras el bol y su contenido, que cae llovido sobre la alfombra cual maná de hidratos de carbono y glutamato monosódico.
—¡Me cago en mí!
No hay respuesta desde Florida, y es lo más inteligente que, en realidad, puede hacer su empleado.
—Gabrito, tronco, ¡eso se avisa!
—Yo pensaba que lo tendría más en cuenta —se excusa el arcángel con una voz que apenas le sale del cuello de la toga.
—Más en cuenta, dice. Pero, a ver, alma de cántaro, ¿tú te piensas que mantener la armonía en el universo es sencillo? Que no me da para estar pendiente de todo, joder. Además, que yo a ti te pago para algo.
San Gabriel cae de hinojos, inmolándose en llamas blancas y demás parafernalia sagrada que de sobra sabe Dios que es un paripé, que él a sus arcángeles los hace ignífugos, que los tiene asegurados a todo riesgo y que este en concreto está en garantía.
—Crai mí a ríver —dice el Omnipotente, cruzando los brazos sobre el pecho y pensando ya en la posible solución a este desaguisado—. Bueno, lo siento por tus vacaciones, pero te toca ponerte a currar.
—Sí, Señor.
—Moviliza a la cohorte celestial. Manda a una buena legión de querubines, serafines y adoquines a Nazaret para que a la familia no le falte de nada. Que lleven las mejores sedas, especias, músicos persas, bailarines del valle del Indo, poetas de Catay, pimientos de Padrón. Y oro a espuertas. Y un millón de elefantes. Y un tipo con superpoderes que lleve un fardo gordaco hasta las trancas de cocaí...
—Señor —le interrumpe Gabriel con la prudencia y el respeto de aquel que sabe que su cabeza está más cerca que nunca de ser separada del resto del cuerpo—, me temo que eso no va a ser posible en un par de puntos.
—A ver.
—Pues, primero, que la Sagrada Familia no está en Nazaret, sino en Belén.
—Pues yo que la hacía en Barcelona.
Tras unos tensos instantes en los que una planta rodadora sale de no sabemos dónde y atraviesa de parte a parte el salón de Dios, el Señor del Cielo y de la Tierra reacciona:
—¡Un momento! ¿Belén? Pero ¿qué cojones, Belén?, si ese agujero está en mitad de la nada y es más triste que un ascensor sin espejos.
—Han ido a censarse, tal y como ha ordenado el procurador romano que gobierna Tierra Santa, jefe.
—¡Ya estamos con los putos romanos! —brama con la fuerza de los mares y el ímpetu del viento Dios Nuestro Señor—. Falta el canto de un denario para que les llene las llanuras de hunos. Estos no me han visto a mí chinao.
—Señor —vuelve a interrumpirle el arcángel, más Gabrito que nunca.
—¿Qué?
—Lo otro que quería contarle: no tenemos efectivos que llevar a Belén.
—¿QUÉ?
—Que la plantilla está de vacaciones y no hay nadie disponible.
—¿Que la plantilla qué?
—Claro, jefe, es Navidad.
—¿Navidad? Pero ¿no es precisamente eso lo que acabo de inventar hoy mismo? ¿Cómo diluvios van a haberse cogido vacaciones en masa todos esos mangurrianes si hasta que yo no lo diga no va a ser festivo?
—Verá, jefe, es que no sabe cómo se las gasta la nueva delegada sindical.
El Creador se lleva las manos a la cara y se tapa ojos, nariz, boca y mofletes, procurando no lanzar un grito que acabe de un plumazo con todo como aquella vez con los dinosaurios. O con el universo expandido de Star Wars.
—Delegada sindical —repite Dios como para sí—. ¿Por qué mierdas no habré impuesto todavía el neoliberalismo, joder, con lo buena idea que me pareció cuando Lucifer me lo presentó?
—¿Jefe?
—Dime que, pese a todo, has enviado a alguien a Belén —dice Dios masajeándose el puente de la nariz.
—Pues la verdad es que sí. Tengo localizados a un par de angelitos por la zona. Becarios, Señor.
—¡Menos mal! —exclama Dios—. Eso nos dará tiempo mientras localizo al Espíritu Santo.
—Ha sido avistado por Ibiza, jefe.
—Pues como siempre.
—¿Puedo hacer algo más, jefe?
—No, Gabrito. Lo que voy a hacer justo después de colgarte es algo de lo que solo Diosito se puede encargar.
Y acto seguido, la línea se desconecta. Dios despega el móvil de la oreja sagrada, que ha quedado sudada y bastante enrojecida. Estira el cuello, se lo cruje. Resopla. No está preparado, nadie lo estaría. Pero tiene que hacerlo; tanta matraca con que es omnipotente y ahora no es capaz de pulsar un botón del Xiaomi que, ay, va un poco al tran-trán cuando tiene abiertas más de cuatro aplicaciones al mismo tiempo. Como se entere San Rafael. Toma aire profundamente, lo retiene con poco convencimiento, lo suelta hacia el cielo, creando con ello el germen de una futura era glaciar. Se queda mirando al vacío, más allá del techo que le cubre la cabeza, pensando en si tal vez existirá un Dios por encima de él que le observa y pone a prueba. Un ser todavía más todopoderoso, recontrapoderoso, una especie de Goku en una novena transformación. Un Dios en las alturas al que culpar de sus desgracias. Sería tan fácil.
Cierra los ojos y, para cuando los vuelve a abrir, ya ha pulsado el botón de llamada en el perfil de ELLA. El Xiaomi da tono. Suena una, dos, tres veces. Seguro que el enfado de la mujer es mayor al que espera. Cuatro, cinco, seis. Ha sido una pésima idea llamar. Siete, ocho, nueve. Está a punto de colgar. Diez, once, doce. Y entonces lo coge.
Silencio. Bueno, un indefinido ritmo machacón resuena de fondo, pero no es la voz de ella. Dios carraspea suavemente su piadosa garganta, tratando de alcanzar un tono que suene amable, cortés y respetuoso, sin caer en el servilismo y el amaneramiento, y que al mismo tiempo le haga quedar como un galán de Hollywood, un negociador de rescates y un presentador de teletienda.
—¿Mari? —dice al ver que nadie le habla.
El silencio sigue siendo la única respuesta. Entonces Dios cree identificar la sonata de fondo. La mente debe de estar jugándole una mala pasada, porque juraría que dice algo así como «a Belén pastores, a Belén chiquitos, que ha nacido el rey de los angelitos».
—¿María? —insiste.
—¿Qué coño quieres?
El Señor tuerce el gesto, mostrando una mueca a medio camino entre la sorpresa y la digestión de un contenedor en llamas. Le hiere la frialdad con la que ha sido recibida su llamada, pero era algo que ya se esperaba. Es hora de recurrir al plan B: entonar el poema aquel que compuso para ablandar el corazón de esa mujer y así conquistarla.
—Ave María, llena eres de gracia, bendita tú eres ent...
—Putocorta el rollo, cernícalo.
—Venga, Mari, va.
—No me vengamarives ahora, ¿eh? Que te arreo un puño que te pongo en órbita y vas a ser el décimo planeta.
—Bueno, técnicamente, son solo ochNO te enfades conmigo, mujer, que soy todo amor.
—Todo amor, sí.
—TQM+++.
—Primero me prometes que me vas a hacer la reina de los cielos, luego me dices que no me preocupe de nada, que llevas protección, después de hacerme un bombo como el Bernabéu te largas diciendo que tienes que hacer nosequé, y ahora nace tu hijo y ni siquiera eres capaz de estar presente o de enviarme a alguien decente para ayudarme.
—¿Cómo que no? ¿Y tu maridoTM?
—¿Te refieres al carpintero viejo ese que me buscaste? Mira, mejor no me saques ese tema que me desato y me lío a dar reveses qué ríete Tú de Federer.
—Chica, es lo que me pediste para aquellos momentos en los que, por lo que fuera, yo no estuviese.
—Banquero, so gaznápiro, que fuera dueño de un banco de los de tener mogollón de guita abrochada dentro, no que fabrique bancos de los de aplastar almorranas.
Dios traga saliva sagrada.
—Bueno, hemos tenido un pequeño problema logístico en la empresa, por eso no te he podido enviar todo lo que te mereces, pero me consta que ya hay un par de ángeles allí con todo a vuestro servicio.
—Hostia, sí, un par de putos genios con alas, dos portentos de la naturaleza, cracks contrastados, fenómenos incomparables, mastodontes de lo suyo, grandes de España y Portugal.
Claramente, el Todopoderoso necesita tiempo. En una décima de segundo —o así— decide recurrir a una frase del Manual cuñado (Ediciones Deusto, 2019) para luego, mejor, no decir nada. No sabe qué hacer.
—Uno de ellos brilla. —Interrumpe sus pensamientos, por suerte, María.
—Eso es bueno, ¿no?
—Es un puto gusiluz radioactivo a tamaño natural. Y como el muy gilipollas se ha subido al tejadillo del portal y no hay quien lo baje de ahí, no nos deja dormir ni por casualidad.
—¿Un portal?
—Sí, joder, estamos en un puto portal porque ni cajeros había para refugiarnos de la ventisca.
—Esto... en Israel no hay ventisca —replica Dios en lo que él piensa que es un tono diplomático—. Que la gente ponga nieve en los belenes puede pasar porque, total, si hacen el río con papel de plata pueden hacer cualquier cosa, pero, vamos, que allí con una rebequita ya te vale.
—¡Que te putocalles, majadero! Que estamos en un portal de mierda en mitad de la noche, con una brisa que corta el hipo, un buey, una mula Y UN TRAILER DE ROÑA. Si es que no sé por qué me quejo.
—Pero hay otro ángel, ¿no? —pregunta Dios, cruzando los dedos.
—¡Uy! Ese es el mejor de los dos. Así que viendo que estaba yo a punto de parir, que íbamos más forzados que un político haciendo un vídeo con un perrito, y que no teníamos ni para dar cambio de un sestercio, no se le ocurrió mejor idea que ir a buscar ayuda. Hasta ahí bien, lo que pasa es que no acudió a la corte persa o a Egipto, no; el muy papanatas se puso a cantar como si en vez de en medio del páramo estuviera en una gala de OT. Resultado: convocó a cero unidades de persona con posibilidad real de ayudar a una parturienta, pero quinientas —y aumentando— unidades de pastor.
Dios se separa del auricular, tomando el Xiaomi con ambas manos y maldiciendo en voz baja en un idioma incomprensible. A causa de ello, en distintas partes del mundo, un adolescente descubre que se está quedando calvo, un cantante decide que es buena idea rimar «camino» con «destino», una doctora comunica a su paciente que tiene gonorrea, y un periodista escribe en su crónica tres veces «en base a».
—Bueno, algo habrán hecho los pastores, ¿no? —pregunta al fin Dios.
—A ver, no me puedo quejar de sus regalos. En eso se han portado. Pero, coño, que se vinieron arriba con lo de sacar mierdas de los zurrones y han empezado a hacer botellón en la puta puerta del portal. Cualquiera los mueve ahora de aquí. Ni con un cañón de agua a presión. Llevan ya más de cinco horas cantando sin parar los villancicos de los cojones esos. ¡¿Sus queréis ir a vuestra puñetera casa, panda mastuerzos?! —grita hacia un lugar indefinido alejado del auricular.
El Todopoderoso aprieta los dientes hasta hacerlos rechinar.
—Por lo menos el niño y tú estáis bien, ¿no?
—Yo NO estoy bien... El pequeño Jesusito, de momento, y de milagro, está dormidito en su pesebre.
—Un momento, ¿el niño duerme en un pesebre? ¿Y Jesusito? ¿Cómo que Jesusito? ¿Qué nombre de mierda es ese? ¿No estábamos en que si era niño se iba a llamar Richard?
—No había otro sitio donde meterlo —replica de seguido María—. Y el niño se llamará como me salga a mí del coño, que para eso lo he parido yo.
—No seas ordinaria, por Mí.
—Yo hablo como me da la gana, joder. Tú no sabes lo chungo que es traer al mundo a un niño tan cabezón, con aureola incluida, que en eso ha salido a tu familia, y todo eso teniendo intacto el himen. Que digo yo que, siendo Dios Todopoderoso y todas esas chorradas, podías haberme fecundado como la gente normal y abrir un poquito de hueco ahí abajo.
—¡Un momento! —exclama Dios escandalizado—. Yo estoy perfectamente dotado. Lo que pasa es que para engendrar en ti a Richard…
—Jesús.
—Gracias, pero no he estornudado.
—No, no, que el niño se llama Jesús.
—Bueno, guatéver. Que contigo utilicé un haz de luz embarazante de última generación para que pudieras ser la Virgen María. ¿No decías que querías algo único?
—Sí, no veas. El mejor puto honor de la historia.
El momento siguiente está patrocinado por el silencio. Uno especialmente incómodo. Dios Nuestro Señor, aturdido y desorientado, con gran esfuerzo se ve obligado a regresar a la conversación. Quién le iba a decir cuando empezó el día que iba a pasarlas tan canutas.
—Bueno, no te preocupes, Mari. Yo me encargo de todo. En cuanto tenga localizado al Espíritu Santo te lo envío; él pondrá las cosas en su sitio.
—¿El puto Espíritu Santo? ¿Otra vez? Tú y tu trastorno de identidad múltiple.
Tras un tira y afloja en el que Dios no consigue decir nada nuevo con un mínimo de coherencia y María comienza a especular sobre las pobres dimensiones del miembro viril de Nuestro Señor, la conversación termina.
Por fin puede respirar, aunque una furia incontenible fluye desde todos los poros de su cuerpo hacia el exterior, y pobrecito quien se cruce en su camino. Resopla como un jamelgo desensillado. Se lleva ambas manos a la cabeza y se la agarra por los cabellos como si fuera a quitársela y dejarla encima de la mesa. De repente, el móvil vuelve a emitir luz, sonido y vibraciones. Un mensaje. Siente el impulso de estampar el dichoso aparatito contra el gotelé de alguna de las paredes, pero en vez de eso revisa su contenido.
Sus grupos de Whatsapp echan humo: el de dioses, el de mitologías, el de religiones, el de sus compañeros del colegio; todos tienen más de veinte notificaciones por leer. También tiene un mensaje del Arcángel San Gabriel, que le pasa los contactos de los dos becarios que se están haciendo cargo de la situación en Belén.
«Este Gabrito es un poco plasta —piensa—, pero rinde cuando se le necesita. Tal vez le mande una temporada a trabajar con los hinduistas, que con tanta cantidad de dioses siempre tienen poco curro en la oficina y puede dedicarse a tocarse la nada entre sus piernas».
Dios deja aparcados estos pensamientos cuando toca el primer número. A los pocos tonos, una vocecilla flautí responde.
—¿Aló?
—Sí, al aparato el big boy. ¿Con quién hablo?
La voz del ángel desfallece, e incluso parece que el teléfono cobra vida y se le escurre entre las manos.
—Jefe —tartamudea—. Qué alegría, qué honor. Alelu…
—Hijo, tengo el culo pelado de las lamidas que le han dado y le siguen dando. Al grano.
El ángel tarda unos segundos en contestar.
—Está todo bajo control, jefe. La Sagrada Familia se encuentra unida, sana y feliz en un confortable loft de Belén, supercéntrico, a cinco minutos de todo; y unas vistas, y…
—Estoy enterado del follón que habéis montado —dice Dios tratando de mantener la calma.
Eso cortocircuita al ángel, cuya lucha ya es en exclusiva por mantenerse en pie sin llorar. Bueno, eso y evitar que los alimentos consumidos en las últimas horas le abandonen de forma indecorosa e indeseada.
—A ver cómo lo digo para que se me entienda bien. Me sacas a la familia del portal ese y me la metes en un sitio decente. No en un sitio cualquiera, no, en uno de categoría. Y mucho ojito con tratar de engañarme, porque el bebé que va en los brazos de la madre TAMBIÉN SOY YO.
Pues por ahí van, piernas abajo, los mencionados alimentos del ángel en tal forma, color y olor que ya no deberían responder a esa denominación nunca más.
—Oye, chaval, no te fundas, que todavía no has terminado de servirme.
—¿Señor? —dice el ángel.
—Quiero que vayas dando palmas con las alas en busca de alguien importante que vaya a atender al niño Richard como se merece.
—Jesús.
—No he estornJODER.
—Lo siento, jefe.
Dios aprieta tanto los dientes al recordar que su hijo no se llama como le gustaría, que lo que quedaba de la Atlántida se termina de hundir.
—Mira, es igual, vete ahora mismo a por personajes importantes, gente guapa, cuuul, de la yet, VIP, ya sabes.
—¿Y de dónde los saco en esta época del año?
—Me importa un salmo. Como si tienes que ir a Oriente a por ellos. Y que traigan regalos que molen, algo sofisticado, yo qué sé.
—¿Como mirra, jefe?
—¿Mirra? WTF. Bueno, lo que sea, pero nada de queso, turrones, ni chorradas de esas, ¿entendido?
—OK, jefe.
—Y ahora pásame a tu compañero.
—¿Aló? —dice al poco una voz más que temblorosa, en proceso de desintegración.
—Tú eres el de la luz, ¿verdad?
Un levísimo susurro llega a sus todopoderosos oídos. El «sí» más débil jamás pronunciado. Dios, por su parte, niega con la cabeza, mira al suelo y se caga en lo más sagrado, que viene a ser Él o alguien de su familia, lo que le cabrea aún más.
—Esfúmate —le ordena.
—Sí —vuelve a balbucear el ángel, batiendo su propio récord. Increíble.
Y acto seguido, sin necesidad de decir más, el Creador del Cielo y de la Tierra, con su santísimo —aunque un poco manchado de virutillas y grasa de los snacks, eso sí— dedo pulgar, apaga el teléfono, lanzándolo hacia algún lugar del sofá de Dios, que sigue en su puesto pese a todo.
El Todopoderoso se deja caer entre los cojines, reventado, menos omnipotente que nunca. Con los dedos entrelazados en la nuca se queda mirando al vacío situado en algún punto entre las vigas del techo, resoplando. Aún le queda la mayor parte del trabajo por hacer y, con su hijo por fin en el mundo, se teme que pronto se le va a acumular el trabajo. Tal vez como nunca. Vuelve a tomar aire. Es entonces consciente de una cosa. Lanza al vacío una pregunta que no será contestada, ya que el único que puede oírle es el sofá, y este no se prodiga en respuestas.
—Pero ¿quién cojones se llama Jesús?
SOBRE EL AUTOR
Javier Miró es fundador y director de Libros Prohibidos, una web especializada en literatura independiente y de una agencia editorial llamada Autorquía, desde la que asesora a nuevos autores. Su canal de YouTube cuenta con más de 50.000 suscriptores. Actualmente, tiene tres novelas publicadas: Rebelión 20.06.19 (Triskel Ediciones), la Armadura de la Luz (Minotauro) y Ojalá Tú Nunca (finalista de los Premios Ignotus 2021, publicada por Insólita Editorial).
Sinopsis de LA ARMADURA DE LA LUZ
El objeto más sagrado encerraba la peor de las maldiciones.
En un golpe de mano del destino, Iviqi y Jax, dos aventureros y vividores de poca monta, se topan con la posibilidad de participar en un torneo de artes Jhassai, la ancestral escuela de lucha y hechicería. El premio no es otro que la Armadura de la Luz, un artefacto legendario, perdido durante eones y sobre el que pesa una espantosa maldición.
Sinopsis de OJALÁ TÚ NUNCA
Madrid, finales de los años 70. César huye por su vida. No recuerda quién es ni por qué lo persiguen los cazadores. Solo sabe que dispone de una noche para cruzar el muro que separa la España controlada por el Tercer Reich de la zona soviética. Para ello, necesitará toda la ayuda que pueda conseguir. Pero ¿cómo fiarse de alguien si ni tan siquiera está seguro de quién es él mismo?Ojalá tú nunca es un original mecanismo de relojería que explora la naturaleza de la memoria, la identidad y el tiempo; una cuenta atrás por un laberinto de mentiras que unos personajes acostumbrados a sobrevivir detrás de una máscara se verán obligados a recorrer hasta alcanzar la sorprendente revelación final.
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Nuria Blanco Nevado
FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN
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