17 de diciembre
Nelson Acosta
Cuando se dio la noticia al público de que las estrellas se estaban apagando, tardó mucho tiempo en que la gente entendiera realmente lo que significaba. Los astrónomos quedaron estupefactos. Realmente no había explicación para el evento, pero estaba sucediendo. Los telescopios seguían recibiendo imágenes de estrellas que se apagaban repentinamente y, en cuestión de semanas, el número se multiplicó por diez.
Muchas organizaciones políticas y religiosas intentaban dar sus propias interpretaciones a las personas, que estaban confundidas, en lugar de asustadas. Sin embargo, cuando la comunidad científica se dio cuenta de que su Sol también estaba disminuyendo en intensidad, bueno, hablaron alto y claro. La condenación estaba sobre ellos.
En un par de años, toda la humanidad estaba unida en la búsqueda de un solo esfuerzo: ir a las estrellas para encontrar una respuesta, tal vez una solución al problema. Cuando se completó el Ereski, quedó claro que la nave generacional llevaría a los últimos diez mil humanos a un destino desconocido.
La última visión que tuvo la tripulación de la perla azul fue una congelada. Allí, en el vacío, pudieron ver cómo el antes colorido esplendor del espacio estaba siendo sustituido por la oscuridad; una que nunca habían experimentado antes.
Pero no todo fue malo. Para su sorpresa, no fueron los únicos con la misma idea. Conocieron a los Anuti, a los Fljor. Los Ineiasti y los Menkers. Todos ellos, como los humanos, habían abandonado sus sistemas en busca de refugio en otro lugar. Pero no había ninguno.
Los Ineiasti, los más antiguos de todos, compartieron su conocimiento y frustración ante la aniquilación que aquello suponía. Las estrellas, no solo en esta galaxia, sino en todo el universo, eran más que fuentes de calor, dadoras de vida y discos de luz en los cielos: eran prisiones para entes tan insondables que resultaban imposible de describir. Aquellos Ineiasti que se habían quedado atrás para mantener un registro de la fuga de la cárcel no sobrevivieron; al menos sus mentes no lo hicieron.
A medida que la luz dio paso a la oscuridad, las distintas civilizaciones, diferentes entre sí en idioma, cultura y mente, descubrieron que tenían algo en común: sus almas. Juntos, compartieron una última canción. Sus voces unidas como una sola, fueron el último signo de vida al final de las estrellas, mientras a medida que se extinguía la última de las prisiones infernales, los prisioneros se liberaban de sus cadenas.
SOBRE EL AUTOR
Nelson Acosta es un escritor y traductor con sede en Caracas, Venezuela. Es miembro del Círculo de Críticos Cinematográficos de Caracas, una asociación de críticos de cine que fomenta la preservación y educación sobre cine nacional e internacional dentro de Venezuela. En su Instagram realiza reseñas de películas, series, libros y videojuegos, dado que siente gran pasión por toda clase de historias, sea cual sea su medio. Actualmente, se encuentra escribiendo su primera novela.
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Nuria Blanco Nevado
FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN
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