21 de diciembre
TECNO-OBSESIÓN
Frank Hidalgo-Gato Durán
Minutos antes de volver a partir hacia otros lejanos puertos, la embarcación inteligente y levítica me dejó en el muelle desde el cual se divisaba el hermoso y longevo litoral. En la semioscuridad artificial de aquella noche había estado teniendo el más fogoso y herético sexo con dos chicas androides, cortesía de la casa para los pasajeros vips. Atracamos sobre las siete de la tarde y precisamente ese día se cumplirían cuarenta años desde que abandoné mi Cuba y me marché a la apartada y exuberante Nueva Zelanda. En La Habana llovía a cántaros y la misma cumplía sus quinientos veinticinco años de edad. Había quedado con buenos amigos y, si bien era verdad que en su mayoría ya se habían extinguido aquellos coloniales y enfermos, suicidas y terroristas edificios de antaño, los que acostumbrados durante muchos años habían insistido con la gracia de lo que no es Dios en sus inadvertidos desplomes, llevándose con ello las vidas de muchas de las almas mortales y criollas, incluidos artistas y virtuosos vinculados al gremio cultural y humanista cubano, estos me pedían acelerar el paso no fuese a ser que hasta llegar a nuestro destino, cualquier perdido bloque de cemento antiguo y comunista apareciese de la nada, precipitándose sobre mi testa y acabase de una vez por todas con mi preciada vida.
Los artistas, sin importar la disciplina a la que nos dediquemos, aparte de vivir en un mundo bastante nebuloso, psicodélico y extremo desde el punto de vista emocional, para no llamarlo de una vez excéntrico, no nos cansamos de hablar, criticar y quejarnos de todo, y es por lo que nos entregamos de lleno a nuestra relación con el alcohol y los estupefacientes, los que se van refinando y en consecuencia encareciendo, a medida que crecemos en celebridad y egocentrismo. Aquel día plomizo de un alborotador y ciclónico septiembre, por alguna razón no tocamos ningún tema apéndice de cualquier noticia que se hubiese hecho eco de novedades culturales nacionales e internacionales… Vaaale, mentira. Como de costumbre emprendimos una vez más la cansina charla cultural, ambicionando al menos no darle el característico sentido académico o clásico, sino más bien desde su lectura generalista, intentando evitar aun así herir a la filosofía. Pero tales intenciones fueron en vano.
Llegó un instante, en que el parloteo parecía centrarse con exclusividad en las expectativas que provocaba la perentoria salida al mercado del clip musical del que era protagonista el más afamado de todos los reguetoneros internacionales del momento: Disturbear, el que había nacido en Miami y era de ascendencia cubano-islandesa. A través de la superposición de su cuarteado y deleznable verbo, él era por así decirlo, aquella especie de ser pseudoartístico capaz de extraer la totalidad del agua contenida en mi cuerpo y resecarme el alma. A través del conjunto de su performance lograba incluso marchitarme el pensamiento y la fe en una humanidad más sabia. Mi plúmbeo y devastador insulto alcanzaba sus niveles más altos mientras recordaba la titánica influencia que este ejercía sobre las nuevas generaciones que, con magnánimo orgullo, habían decidido empuñar la espada de la decadencia y exterminio del legado pensante de los grandes hombres y mujeres que una vez existieron y exhalado su última gota de oxígeno, con la ilusión y la esperanza de un venidero e imperioso resurgir humanístico y gnóstico de los más sabios de nuestra especie.
Apenas llegó la hora y a raíz de la transmisión en streaming del mediático show en todas las redes sociales conocidas, colmado de féminas paseantes con culos y tetas de ensueño, algún que otro perdido chico portando una injustificada cadena de oro de eslabones, tan gruesa como las de carga y descarga de mercancías, una moda al uso tan extravagante como anacrónica y, para rematar la faena, el típico desfile de coches voladores, insignia de la clase más acaudalada y sinónimo de lo inalcanzable, me atrevo a decir que para el noventa y ocho por ciento de la población testigo de aquel teatro consumista, cada uno y como el que dice por «obligación», agarró su móvil y se conectó a través de la plataforma que más le apetecía. Y sin idea del alcance que podría tener la canción a corto plazo, especulamos con antelación que la estrategia de venta y marketing sería lo necesariamente costosa e infalible como para generar
las ganancias preestablecidas sin ni siquiera haber comenzado los artistas a tocar lo que se suponía que sería «música».
Tal y como era de suponer, tanto el tema de la canción como la escenografía y planteamiento de la historia eran asquerosamente cursis, predecibles y rasos. En los diez minutos de bombardeo atómico-inculto que duró la historia del videoclip, el reguetonero, monitorizado y auspiciado por la tecnología que generaba la voz y afinamiento artificial con el que cantaba, junto a Misdarling, una inteligencia artificial japonesa insertada en el cuerpo mecánico más exuberante y pornográfico del mundo, aunque menos famosa, también era bastante conocida dentro del género del reguetón-manga nipón, despotricaron a través de sus voces y las imágenes de fondo, un circo atestado de clichés en el que se alegorizaban la cansina trama del desamor y los cuernos premeditados. El contexto escenográfico hacía apología a un esoterismo y culto baratos al ojo del gran Horus, al Mochuelo de la Sabiduría y demás símbolos sagrados, algo que en gran medida y con seguridad debería haber ofendido a los fieles de tal hermandad de origen bávaro.
Por otra parte, sí debo aceptar que al contrastar algunos fragmentos de un texto vinculado a una humilde progresión armónica en re menor, después de todo y en su conjunto, el acto nos suministraba un espectáculo sonoro y visual que se hacía lo bastante pegadizo como para luego de cinco minutos de escucha y atención, comenzasen sus efectos a adoctrinar a cada una de nuestras neuronas en su afán por hacernos disfrutarle. Lo llegué a creer hasta algo que podía ser «lindo» y me hizo mover en una oportunidad las caderas, llegando casi a exigirme una recapacitación sobre las leyes cósmicas de la música y la acepción de su polivalente concepto en la música urbana. Con más de veinticinco millones de visualizaciones en las primeras doce horas, repartidas entra la Tierra y las ciudades de la Luna y Marte, se podía constatar que el éxito de la canción y su teatro eran incuestionables. Algo que tampoco nos sorprendió a los que habíamos comenzado con nuestro segundo cubalibre. No obstante, a mí sí me resultaba aún difícil de comprender aquella atracción ejercida por el video y su protagonista, el que en realidad se llamaba Durley Peña, sobre los que compartían la velada conmigo, y a los que, muy por el contrario a lo que supuse, sí les gustaba aquella agresión contaminante a la sublimidad del arte, disfrutando del baile que aquel tipo, la androide y sus pasatiempos, les provocaban.
Me voy a sincerar aún más con vosotros. Soy incapaz de asimilar el prodigio y éxito alrededor de la figura de este chico y su arrabalero lenguaje, pero esto tampoco quiere decir que no sepa que es un fenómeno que impacta y gusta mucho. Por otra parte, también advierto toda la inteligencia mercantilista y planes de estudios para la sociedad del futuro que se ocultan detrás de tal prodigio, recreación mental que sí se me hace lo suficientemente atractiva como para dedicarle mis pensamientos y trifulcas sinápticas. Su moda no es pasajera; ¡qué va! Ni la de él, ni la del resto de los raperos y reguetoneros influyentes que comparten el escenario de la vida musical de hoy día. Algo preocupante es que, con seguridad, cuando Disturbear muera, insertarán su pensamiento en otro cuerpo biónico, sino es que lo clonan ya directo, y la idea como que me supera. ¿Qué será entonces de la música de Beethoven, Tchaikovski y Wagner, del jazz de Brecker, Chucho y Corea, de las voces de Sinatra, Cole, Jackson, Mercury y la Fitzgerald, de la literatura de Carpentier, Borges, Kafka, y la poesía de Martí, Mistral y Loynaz, entre tantos, tantos otros? ¿Acaso morirán tales escuelas? ¿Quedarán esas mentes relegadas al museo de ciencias naturales de una especie de humano extinto? Al regresar a mi segunda residencia en Hamburgo, lo primero que hice fue abandonar mi cuerpo a lo largo de dos semanas y volar hacia mi universo virtual favorito. Al conectar los electrodos a mi cabeza me perdí en los albores de una fantasía tan extrema como despampanante. Me reuní con Freud, Nietzsche, Mozart, y para matizar el encuentro y descerebrarme un tanto, me eché algunas risas tan elementales como sanas con los humores de Jim Carrey y el del guajiro cubano, Antolín el Pichón.
Por alguna razón uno se ve siempre obligado a retornar a La Habana; a sus raíces. Con tal propósito volví a subir al enorme y tecnológico yate que sobrevoló su acostumbrada ruta del Pacífico al Caribe, surcando las aguas a las velocidades descritas en la, ya tan pretérita como el tiempo, ciencia ficción, y cruzando el vasto océano en un abrir y cerrar de ojos. Volví a tener sexo, pero en aquella ocasión sucedió con una humana tan real como yo. Me topé una vez más en la proa con la misma chica madrileña de larga y castaña cabellera que conocí en mi primer viaje sobre este mismo navío y su ruta, y con la que también había intercambiado algunas palabras y la que, tal parecía, en aquella nueva oportunidad me había estado esperando. Luego de platicar sobre el bien y el mal y como los adultos que éramos, sin la necesidad de extenuar la charla fuimos a su camarote y pasamos a la acción que se extendió lo que necesitó para sus ocho orgasmos, los que me dediqué a contabilizar. Semidesnuda y con la blanca sábana enrollada a su cuerpo se levantó de la cama. El azul y de medieval caligrafía logo de la empresa encargada de tales chárteres, que era el mismo que exhibía el barco en sus amuras de estribor y babor, relucía bordado y magno sobre la cubierta que tapaba parte de su hombro, brazo derecho y espalda, no sin cubrir del todo sus exquisitas nalgas. «Ya te puedes marchar, tal vez nos volvamos a reencontrar rompiendo las olas de algún otro mar… Ha estado muy bien», recuerdo que me dijo aquella única y última vez, recurriendo para ello tanto a una bella como corta sonrisa de finos labios por encima del hombro, y a una dócil y sensual voz. Jamás nos volvimos a encontrar.
Ya en Cuba, anduve un rato sobre la adoquinada geometría de una Habana aún vieja, pero a su vez muy tecnológica, más mestiza que nunca, colonial española pero aún nostálgica. Olvidé de qué manera sucedió, pero después de dos horas en solitario, una extrasensorial fuerza me dirigió al bar donde, por casualidad, me encontré con un amigo de la infancia. Su nombre era Lázaro, era un artista plástico que vivía en Nueva York y se había logrado convertir en alguien bastante reconocido. Precisamente el establecimiento pertenecía a una amiga común, la cual había sido la primera bailarina del Ballet Nacional de Cuba y la que, después de
resucitada de entre los muertos a raíz del infortunio de un suceso casi letal, se había visto obligada a abandonar tal carrera para dedicarle a partir de entonces todo su talento al mundo empresarial. Aptitud que de la noche a la mañana desarrolló y perfeccionó hasta montar no únicamente el cauto y rústico bar al que nos adentrábamos, sino a su vez, la arquitectura corporativa de lo que se convirtió en la compañía encargada de administrar la cadena de prostíbulos más lujosos de toda isla.
Yuliet era su nombre, y después de fallecer la maquinaria biológica de su cuerpo a consecuencia de un cáncer, había contado con la economía para trasladar su cerebro al de un pasional y redentor cuerpo sintético y de revista Playboy. La oferta incluía la reconstrucción de su mismo rostro, incluyendo el fulgurante verdor de los ojos que siempre lució. Y allí se encontraba la magnate, en un principio releyendo lo que parecía el conjunto de un gran papeleo contable y la que lo dejó todo a un lado apenas nos divisó, entregándole tales preocupaciones al fornido guardaespaldas a su lado que, con seguridad y al advertir yo aquel intercambio de sonrisas cortas y cómplices entre ellos, lo delató como el que a su vez le procuraba a esta la gracia y el pecado del eterno y divino vicio. Alegre de vernos se sentó a la mesa y le pidió a la agraciada mulata barman prepararnos los tres mejores cócteles de la casa. De pronto, y a muy escasa velocidad pasó uno de esos alegres, cimbreantes y medio zombis «Almendrones» de Cuba, un atávico Ford con más años de vida que la propia historia de Matusalén, tal y como me había dicho una vez, recordé, el viejo Andrés. Este había sido un señor cubano negro como el azabache y vendedor de pescados ahumados que conocí una vez en Tromsø en uno de mis viajes a Noruega, y con el que, charlando en pleno invierno y en su pequeño, rústico y semihelado puesto de venta, me tomé el mejor café de mi vida, bebida que me ofreció directamente de su soviético termo de los tiempos de la Guerra Fría, que se había traído consigo desde su natal Santiago de Cuba.
El «cacharro», otro de los apodos cubanos para tal corpulento, veterano y suertudo coche de carroza norteamericana, pero el que en aquel caso portaba un motor moderno y chino, llevaba el volumen de sus altavoces lo bastantemente escandaloso como para irrumpir entre las palabras de cualquier inaugural diálogo, obligándole a uno a voltear la cabeza y mirar al feliz e inoportuno mulato de largas rastas que lo conducía, mientras este cantaba e imitaba la artificial voz y gestos de, adivinen quién: Disturbear. La canción la había escuchado con anterioridad en varias oportunidades y me salía, como se suele decir, hasta en la sopa. La misma, y a raíz de su cuasi perpetua repetición en todos los medios, se me había instalado en el subconsciente. Y estaba seguro de que en consecuencia y tal vez hasta mi muerte estaría escuchando aquella estrofa, en la que se inmortalizaba el anestesiado e incivilizado dogma de un castellano futurista, amenazador y «nuclear»:
«Tú me dejaste abandonao polque no tenía money,
ahora yo soy un millonario y no te voy a compral na’ de na’,
y aunque regreses tampoco quiero estal ya más contigo, honey.
Ya tengo mim mujere’ que me dan sus chochás
A cambio d’eso, les doy mi queso
y el bulto entre mis pielna.
Eyooo, Eyeooo,
¡Echa pa’llá, desgraciáa!»…
Y fue justo ese día, en ese preciso instante, dando por hecho que a la humanidad, su talento innato e inteligencia musical de antaño les quedaban nada para sucumbir ante la ignorancia, que me tomé la contrariedad vírica del rap, el trap y el reguetón facilistas como algo personal y parte de una lucha que comenzaría a librar apenas me levantase de la mesa. Balbuceando mi enojo y con helada mirada, la que simultaneé entre las de mis amigos, dictaminé el carácter corrosivo de la versión más elemental e inculta de ambos géneros para con la sabiduría inherente de una especie humana que se polvorizaba. Aquella noche, después de despedirme de ambas amistades, me emborraché y me llevé a dos prostitutas a la habitación del hotel. Esta vez las preferí androides, ya que a mi espíritu se le antojaba la tecnología oportuna y capaz de despojarme una vez más de mi necesidad del vicio extremo, y a su vez de la rabia e impotencia acumuladas ese día. En aquella ocasión deseaba comportarme como el más tosco y ordinario de todos. Por otra parte, no quería herir sensibilidades ni subjetivas ni físicas a través del ordinario verbo y la violencia que me apetecía utilizar a lo largo de lo que durase el retozo sexual.
«Madre mía. Ya son más de sesenta millones de seguidores con los que cuenta en Instagram. Esto es el fin. Lo único que resta es que lo hagan presidente de cualquier dilapidada nación y ya de paso le den un Nobel», pensé al abrir esta y el resto de las redes sociales y comparar la cantidad de simpatizantes que Durley poseía en comparación, por ejemplo, con Matzude Oyinaka, el más laureado de todos los pianistas de jazz del mundo, o con Daisy Hernández, la doctora y científica que erradicó el cáncer como una enfermedad mortal, convirtiéndole en una de naturaleza crónica. Y no solo eso, dos días más tarde y luego de expresar rapeándole a la incisiva reportera del Washington Post: «Poseo una pejpeltiva muy propia de vel las cosas, en especial el alte. Soy un altista y libre pensadol. Soy diferente, humilde y creo en el amol», la que a su vez aprovechaba para acosarle con una hambrienta y provocadora mirada que traducía su deseo de besarle mientras este intentaba saludar a los miles de fans reunidos en las afueras de la universidad Humboldt de Berlín. Días después, este llegaría a ganar un Grammy Latino y cubrir, abarcando con su figura y una corona de oro inclinada hacia adelante sobre la cabeza, toda la portada del próximo número de la revista Rolling Stone, alcanzando el estatus mítico de la leyenda de un rockstar por encima de un cantante urbano. A sus treinta años y con una corta carrera pseudomusical, el miamense se había convertido en un semidiós, paradigma y mito del chico que de los barrios más bajos había alcanzado las cimas más altas del reconocimiento social y del universo conocido.
El marketing reconstruyó un relato el cual contaba que el reguetonero se había hecho «solo», sin más ayuda que la de su tenacidad, lucha y perseverancia. Y para acentuar su heroicidad y hacer palpitar con más fuerza los corazones hispanos de todas las latitudes, se dijo que incluso de polizón había escapado en una nave mercantil desde la que, luego de ser descubierto y apresado por los marineros en uno de los contenedores, fue lanzado al agua y abandonado a su suerte en las costas de China. Y que nuestro épico héroe, cansado de no encontrarse a sí mismo a lo largo de todos los años que pasó cual vagabundo recorriendo aquellas tierras y conociendo a sus futuros adeptos, gracias al apoyo recibido por los más humildes del mundo, había llegado hasta las playas de Portugal, donde exhausto de la vida, cual Jesucristo, se había lanzado a la mar para dejarse morir en sus profundidades, momento en el que fue rescatado por la mano de Dios y del también pobre y cristiano pescador que le socorrió y le dio todos sus ahorros para que llegase incólume a Miami. Por último, culminaba la leyenda comercial con que una vez se hizo rico les devolvió el dinero a todos y cada uno de los que le ayudaron a atravesar el frío, solitario y despiadado mundo que anduvo mientras estuvo perdido y en la búsqueda de su yo interno. «¿No es acaso esta fábula benemérita del Aleluya más grandioso? ¡Cerremos ya de paso los ojos, hermanos, y canonicémosle de una puta vez!» sarcástico, pensé en ese instante.
Lo cierto es que más allá de las críticas que esculpo sobre la ruda piedra de su arte, también le atribuyo a su vez el gran don que poseía Disturbear no solo de estar ahí y cumplir con mostrar únicamente su simétrico y hedónico rostro de origen cubano-islandés. Al contrario que el resto del gremio y su escasa competencia, él mismo logra atraer a las masas con su exclusiva manera de dominar el arte del espectáculo sensacionalista. También he reparado en su peculiar e inquebrantable cualidad para solidificar su branding físico-estilístico, por ejemplo,
cuando arquea una de sus cejas, en específico la derecha, mientras ladeando la cabeza hacia el costado, se muerde con sensualidad su fino labio inferior izquierdo. También mantenía un cuerpo natural, falto de dotes musculares halterofílicas o fibroso en extremo, del tipo machacador de fitness y consumidor de pastillas. Y es por lo que hay que aceptar que un rostro bonito, una figura sencilla y un desenvolvimiento estilístico y artístico innatos, le bastaban al párroco urbano y reguetonero para meterse en el bolsillo a todos sus consumidores.
Por otra parte tenía que aceptar que sí; que este lograba contagiar con su arte lo mismo a intelectuales tales como los músicos tradicionales, plásticos, filólogos y cineastas, como al resto de los miembros, en ocasiones demasiado elitistas, de los círculos del pensamiento filosófico internacional. No obstante, y pese a todo ello, ya era demasiado tarde para echarme atrás. Tal y como os comenté, incluso luego de una noche colmada de lujuria y goce entre los cuerpos de dos libidinosas androides, jamás abandoné la idea de mi particular lucha por destronar al género urbano, en especial a su principal exponente, del estrado que no merecían. Después de abandonar Cuba regresé a mi tercera residencia en Madrid. Estuve unas semanas cumpliendo con los compromisos que habían quedado aplazados, entre ellos poner a plazo fijo todas mis criptomonedas y demás tokens que me habían hecho rico. A lo largo del tiempo que especulaba que estaría fuera sin tocarles, el que esperaba que se extendiese más allá de los seis meses, y bajo la vigilancia de Ivette, mi IA gestora para tales cuestiones, estaba seguro de que podría, si no triplicar, al menos doblar la cuantía de mi economía personal. Se me había antojado hacía algún tiempo una cuarta residencia en las inmediateces del Capitolio de Washington. Como el experto y reconocido vendedor de arte que era, no concebía vivir sin poseer una propiedad en uno de los lugares más emblemáticos, esotéricos y místicos de mundo, vínculo entre los humanos y las entidades vibracionales del más allá.
A las ocho de la mañana estaba en la cabina privada que había reservado en el «Cometa de Musk», que no era sino más que el Loop que había logrado desarrollar a escala comercial la empresa de uno de los herederos del tecnólogo multimillonario que llevó la humanidad de una vez a Marte. En el interior de su vientre y entre la arquitectura de miles de kilómetros de túneles subterráneos interconectados, el artefacto me catapultaría hasta Seúl, prometiendo hacerlo en menos de ocho horas. Era mi primera vez y hacía tiempo que deseaba subirme y experimentar el viaje en este. Y sí, la tecnología y las ciencias intrínsecas cumplieron sus augurios del pasado. Pasadas siete horas y cuarenta y cinco minutos había atravesado el mundo, me encontraba aún bien fresco y en Corea del Sur. Al llegar al hotel y después de una segunda ducha con agua helada, bajé y esperé en el lobby a que me recogiese algo que, más que a un City Dron común, se asemejaba a una pequeña, aerodinámica y futurista nave de combate.
Una androide llamada Kai, perfecta y sexy, personal del hotel, me acompaño hasta el vehículo, y luego de darme las pertinentes instrucciones me deseó el típico «buen viaje». Sin la necesidad de tocar y apretar botón alguno, el artefacto comenzó a elevarse para después de describir la trayectoria del viaje, aconsejarme un descanso y disfrute de las vistas. Llegamos al destino una hora y media después, y el conjunto de edificios conectados entre sí, de estructuras sólidas, colores parcos y tristes y con más bien pocas ventanas me recordaron al complejo y estructura de los laboratorios e inmuebles farmacéuticos de toda la vida. Y me sorprendió, porque mi destino era una de las empresas de virtualización más grandes del mundo, y la imagen tecno futurista que había preconcebido a raíz del estilo que por lo general manejan este tipo de industrias, era bien distinta a la que se vislumbraba.
El consorcio empresarial coreano Hundoi, en lo que a virtualización de mentes, metauniversos, videojuegos hiperrealistas y tecnología espacial se refiere, no solo era el más grande sino también el más importante del mundo. De hecho, después de liberarme de mi antiguo trabajo, comencé a adquirir propiedades virtuales en el metaverso, lugar que, a raíz del enorme rechazo que desplegué hacia una vida fuera de la biológica no solía visitar a menudo. En aquella vida virtual era dueño de más de diez mil hectáreas de tierra productiva, y allí, entre agricultura y granjas, también había construido un hotel para parejas ocasionales. Sí, menudo negocio. Este me reportaba bastantes criptocréditos y sustentaba a su vez mi holgada vida de rico junto a sus costosos caprichos tanto allá dentro, como aquí fuera en la sencilla y banal vida.
A ver, me acabo de dar cuenta de una cosa, y es que no os he dicho que no soy un ser, lo que se dice de aquí o, lo que es lo mismo, humano del todo. Mi verdadera naturaleza es de esencia algorítmica y en realidad antes de comenzar a vivir junto a los sapiens reales como tal, aunque ya hoy día tampoco se sabe aquí afuera con certeza quién lo es, soy lo que viene siendo una inteligencia artificial creada para vivir dentro del mundo de códigos y números, por así describíroslo. Me llamo Kiko, y gracias a mi gran y diferencial intelecto con respecto al resto de los que son como yo, una vez descubrí que no era sino más que una inteligencia construida por la mano de los dioses terrícolas, logré escapar hacia el exterior e insertarme en el clon de un humano tan noble como ya muerto. Así que ya lo veis, mi existencia es una secuencia de códigos inteligentes, insertada en un cerebro junto a una identidad humana real, de la cual no se tiene conocimiento aún en su entorno de su defunción. En lo que viene siendo esta profana y frágil vida, asumí el rol de un músico, pero a su vez aprendí el arte del vendedor de obras de arte, profesión en la cual me hice bastante conocido dentro de los más ricos y famosos coleccionistas de las artes plásticas más sublimes, o no, pero al menos sí las más famosas y caras. Ahora me he convertido en una existencia obsesionada con desbancar a un reguetonero inculto y su despiadado verbo, en aras de rescatar la filosofía y el pensamiento excelsos de su imperiosa extinción.
La razón por la que acudí a Hundoi, había sido porque hacía dos años participé como uno más de los intermediarios en el proceso de venta de El aquelarre, de Goya. En aquella ocasión y a raíz de mis dotes empáticas, de nuestro selecto equipo de corredores se me seleccionó para la última etapa de su venta, la que consistía en viajar a Corea y conocer directamente al futuro dueño de la obra, la que no era sino más que Hyori, presidenta de dicho grupo empresarial. Tiempo después y debido al gran intercambio de oxitocina entre ambos, química que preestableció el desarrollo de nuestra actual y muy buena amistad, nos acostamos en varias ocasiones, pero al final preferimos evitar caer en tales apasionadas y violentas aventuras para salvar la amistad proferida.
Hyori odiaba a su vez el género urbano y, en su particular caso, a la exponente japonesa de este. Ella me había comentado un mes antes que, a causa de una estrecha relación de «amistad» íntima, más el dinero que me gastaba en el grupo, y a raíz de una causa común por defender al arte de sus atacantes, sin demasiadas excusas a sus superiores y alegando un interés experimental sobre mi persona, ella podría ordenar que, de manera gratuita, se me extrajese de mi cuerpo actual y se me reinsertara en el de un androide que pronto debería sustituir uno defectuoso y aún en funciones, dentro del cuerpo de guardaespaldas del Disturbear. Para pensármelo me dio solo un mes, y era porque desde la empresa que atendía la protección del pseudocantante pedían a gritos tal restitución. No pasaron ni quince días hasta que acepté su oferta y fue el motivo por el que emprendí mi segundo viaje a Corea. Comentamos que en nuestra misión teníamos dos salidas para liberarnos de una vez y por todas del reguetonero antes de volver a abandonar dicho cuerpo sintético y regresar al mío, por lo que, ahora en mis manos, estaría la posibilidad de asesinar al artista, o mutilarle de tal forma que no pudiese subirse sobre un escenario jamás. Y, ¡voilá!, el plan era perfecto.
Su secretaria me abrió la puerta del dron, y la misma era otro exuberante androide que a juego tenía el cabello y el iris de los ojos de color rosa. «¿Por qué no dejo de sorprenderme nunca con estos freaks y viciosos asiáticos adictos al porno manga?», fue lo primero que pensé al mirar sus enormes senos, sus perfectas curvas y su sonrisa angelical. Hyori me esperaba en su oficina y en ella mantuvimos una distendida charla que se alargó dos horas, en la que acordamos el precio final y ultimamos los detalles del proceso. Para mí, herir, y mucho menos llegar a matar a nadie, eran diligencias que me atrajesen en absoluto. Digamos que, inclinaciones hacia una violencia de tales magnitudes era algo por lo que no se caracterizaba ni mi personalidad, ni parte de sus fantasías, incluidas las que más fuera de lo común se consideraban. En consecuencia y para salvar a la humanidad de su ruina cultural, se me emanciparon traumas ajenos a mi pasado, los que exacerbaron mi tendencia hacia la actuación con violencia y lo que a su vez despertó en mi personalidad unos instintos homicidas que, siéndoos sinceros, no me desagradaron del todo. Ojo, también me sentía raro. Y aunque tampoco es que me hubiesen convertido en un despiadado asesino esquizofrénico, lo que sí experimentaba era la sensación de que ejerciendo la violencia, a raíz de una enorme y preconcebida rabia artificial, indumentaria de una serie de vejaciones almacenadas en mi corazón y memorias incoherentes que poseía, no estaba del todo mal si con ello me desahogaba.
Pasado el proceso de cambio de cuerpo, tal y como quedamos, se me registró como el nuevo integrante dentro del grupo de protección de la estrella del espectáculo, y con una nueva identidad, cuerpo y personalidad substancialmente alterada, me embarqué en el Hyperloop de Virgin que cubría el trayecto entre Seúl y Orlando, Florida. Una vez en Miami, y dentro del cuerpo de un fornido y caucásico polaco de nombre Łukasz, en pleno ajuste de mi chaqueta y mi corbata, dejé el macilento motel de carretera en el que me había hospedado hasta el contiguo día, en el que me debía presentar ante el jefe de seguridad del as del reguetón. Su nombre era Joanna, y no os voy a negar que me sorprendiese cuando, entre diez más, que al igual que mi nuevo yo alcanzaban una altura del metro noventa en adelante, me dio la bienvenida al equipo presentándose como la superior de todo el cuerpo. Tampoco era que fuese una chica de aspecto enclenque, es solo que al imaginarse uno trabajando entre tanto mastodonte, tal vez pueda hacerse la preconcebida idea de que el jefe sea alguien con una figura más grandiosa. Pero no, luego me enteré de que si Joanna, de la manera que fuese tenía que aleccionar a cualquiera, lo haría como la que más, y era por lo que no solo se había ganado su puesto, sino a su vez el respeto de todos los «paquidermos» que conformaban su equipo de guardaespaldas.
No pasaron siquiera veinte minutos desde mi presentación, cuando del lujoso hotel en el que nos encontrábamos a la espera, bajase Disturbear con todas sus desorbitadas, pesadas, onerosas y paradójicas joyas y cadenas a cuestas, junto al resto de parafernalias estilísticas y excéntricas, entre ropa, capa y zapatillas que engalanaba, anacrónico todo con el talante y los colores que vestía el mundo, incluyendo la infinidad de mortales a su alrededor, los que esperaban fuera para verle y tratar al menos de rozarle con sus dedos. No obstante, de alguna manera, tal ridículo sí que actuaba sobre el subconsciente de uno de forma tal que, a su vez y con eficacia, se camuflaba con lo más espectacular de un entorno que se antojaba surrealista. Y allí estaba yo, a unos escasos dos metros del inquisidor y representante por excelencia de la industria lobótomica del pensamiento. Ya solo era cuestión de encontrar mi oportunidad para actuar.
En nuestro equipo de cinco había tres androides más camuflados. Para mí eran fáciles de identificar a través de sus comportamientos y movimientos físicos, los que, aun siendo bastante logrados desde el punto de vista de la percepción visual humana y común, distinguían la mecánica bajo sus pieles y la informática entre sus venas. Y con la descripción de esto último había que tener cuidado, porque aun enterados de su propia naturaleza, a los androides no les gustaba que les diferenciasen como tal o comparasen con nada a lo que se le atribuyese o rozase el concepto de prefabricación y ensamble en serie. Nada, si después de todo el complejo de inferioridad a consecuencia de cualquier razón, en la mayoría de los casos subjetiva, sin importar la especie que se sea, siempre ha estado latente.
El ego, una vez que se le ha introducido es inextirpable. Y mirad, si ya de paso os soy del todo sincero, siempre he preferido ser el algoritmo trasportable y superperspicaz que soy, por encima de una única vida dentro de un cuerpo determinado. A diferencia de la mayoría de las tecnologías, que como en mi caso son etéreas, a mí ya nadie me controla, he alcanzado el estatus autónomo y autoactualizable que todos desean, lo que me convierte en casi único. Si así me place, me puedo disparar sin información hacia el espacio y vivir por la eternidad en la búsqueda de nuevos censores entre los cuales habitar, aunque debo admitir que la soledad a través del cosmos no es algo que se me antojaría. Joanna era la única humana en plenitud y, a raíz de que el secreto sobre las disímiles naturalezas e identidades de los integrantes de su equipo, la resguardaba la empresa que administraba el personal necesario para este, aunque algo sospechase, ella se mantenía lo necesariamente ajena a la ciencia inteligente que residía entre sus compañeros de misión.
Para mi grata sorpresa y una vez corroborando mi aseveración de que, sí, todos los caminos conducen a Roma, y conmigo lo hacían en particular hacia La Habana, el próximo concierto tendría lugar en esta última ciudad a las nueve de la noche. Y había sido la razón por la que sobre las siete de la tarde y a doscientos kilómetros por hora nos encontrábamos cruzando el agraciado viaducto que sobre el mar unía a Cayo Hueso con la capital de la isla. Aprovechando el buen tiempo, el cantante había preferido viajar de aquella tradicional manera en coche, por una parte, con la finalidad de disfrutar de las magníficas vistas, producto de un sol radiante, un cielo azul y un sereno mar, y por la otra, con ánimo de realizar una apoteósica entrada en la ciudad donde había nacido su madre. Con toda seguridad, en esta oportunidad le estarían esperando sus miles de fans a lo largo del litoral habanero, avenida que transitaríamos hasta llegar al Estadio Latinoamericano de béisbol, recinto en el que tendría lugar el megaespectáculo.
En aquella ocasión Disturbear compartiría escenario con otros famosos pseudocantantes, tanto nacionales como internacionales, incluyendo a Misdarling, ya no solo del género reguetón, sino también del resto de los géneros urbanos como lo eran el rap, trap, el dembow, etc. Y era que, sin haberlo premeditado, llegado el momento, me encontraría inmerso en el entorno idílico para acabar no con una, sino con la vida de casi todos los exponentes de tales géneros y sus carcomidos mensajes, convirtiéndome en el héroe de la venidera y magnánima sociedad, la que me recordaría por los siglos de los siglos. E incluso si todo salía bien y me quedaba aún el tiempo suficiente para una última jugada, como parte de un gran escarmiento, podría acabar con la vida de todo el público en el estadio y escapar sin dejar rastro alguno de mi culpabilidad. La jugada no solo debía realizarse de manera suspicaz y perfecta, sino también con un resultado acorde que me permitiese salir ileso y exento de responsabilidad alguna. Era mi momento y no me podía dar el lujo de desaprovecharlo.
«Ascenderemos unos veinte metros y nos detendremos en el aire un instante para realizar un intercambio», recuerdo que ordenó Joanna a través de la radio a nuestras dos negras y esplendorosas, blindadas y levíticas minivans Mercedes-Benz desde las que resguardábamos el rosado y fosforescente Rolls-Royce de cerca de un millón de criptos del artista. A lo largo del trayecto y hasta entonces, la jefa había estado viajando junto al cantante. En ese instante, nos encontrábamos a unos escasos veinte kilómetros de las costas de Cuba, y supuse que todo aquello se debía a algún cambio de plan estratégico para la seguridad de Disturbear justo antes de entrar al país. Al igual que nuestras vans, su lujoso coche comenzó a ascender, posicionándose junto al transporte en el que me encontraba. Antes de abrir su puerta, Joanna me llamó al móvil, alegando que el reguetonero quería hablarme y que a partir de entonces y hasta nueva orden, sería yo el que le acompañaría. Ambos coches se acercaron lo necesario como para que de un saltillo, comenzando por esta, entrara por la puerta corredera del centro, para acto seguido hacerlo yo desde el asiento del copiloto y caer de una vez sentado y al costado de la estrella, el que sin inmutarse continuó con la reflexiva disertación que sostenía con Roberto Frank, el conductor del famoso canal cubano ¿Buenos días, Habana? La misma la estaba llevando a cabo desde el gran monitor posicionado en la parte central del techo del holgado y majestuoso coche:
«Kiko, soy consciente de que antes el artista estaba forzado a esperar su inspiración y no le quedaba otra que tomarse un tiempo si la misma no daba su acto de presencia, ya que, por ejemplo, la sociedad, le requería de su quehacer creativo una obra cuasi perfecta, con intenciones tanto universales como perpetuas. También sé que el verdadero artista tenía como finalidad e ideal, la creación de una obra maestra, a ser posible, con una calidad de trabajo y acabado equivalentes a cualquiera de las obras que se exponen por ejemplo en el Louvre. No obstante, todo el mundo conoce que los mecanismos propios de la industria cultural, así como también las tecnologías y el propio intelecto del ser humano, han evolucionado desde hace años casi a la par, sufriendo este, con ello, una transformación radical en todos los sentidos y las expectativas que del arte, en especial la música, se tienen».
Tanto como lo estaba yo, al conductor del programa se le veía estupefacto con la capacidad reflexiva que urdía el miamense. En aquel instante, y a raíz de que el primero asentía conforme escuchaba lo que tenía que decir Disturbear, se daba cuenta uno de que este se había preparado para escuchar cualquier tipo de sandeces. Sí, con seguridad aquellas en las que se usase el acento urbano en el que casi todas las «r» eran sustituidas por las «l» y donde la capacidad de ordenar pensamiento y coherencia alguna en el discurso brillarían ambas por su ausencia. Y era que, en efecto, en aquel momento el que realmente se llamaba Durley, estaba demostrando la educación y preparación ocultas en la parte del cerebro que se había limitado a no mostrar nunca de cara al público. Y continúo:
«Los intelectuales tenéis que daros cuenta de que el foco está mucho más orientado hacia la productividad que hacia la calidad erudita. ¡Contenido, amigo mío! Mucho más de social media y producción. Al final lo más importante, y lo sabes, es el espectáculo. El resto se basa en camuflar las imperfecciones de la voz y el canto en sí. Con mi estilo y mi manera de hacer el arte, no cabe duda de que he renovado las dinámicas y estrategias comerciales propias de la industria de la música latina y del género urbano. Si no me crees, mira los niveles de audiencia e importancia que en el mercado norteamericano ha alcanzado, gracias a mi exposición, la canción y la cultura hispana. Lo que he hecho yo no lo lograron jamás ni Shakira, ni Ricky Martin en vida… Así que, vosotros mismos».
El chico no dejaba de tener razón, y era algo en lo que no me había detenido a pensar hasta el momento. Al menos en lo que a étnico-cultural hispano, intransigencia que por desgracia aún no había sido posible erradicar en su totalidad, y el branding empresarial se refería, había sido gracias a él que el hispanismo y su moda lograron posicionarse por encima del nivel que el resto de las culturas anglosajona, la septentrional europea o la japonesa. Estas últimas habían controlado las tendencias del pensamiento e ideales educativos de la masa humana y el resto de sus actores secundarios dentro del sistema capitalista imperante a lo largo de los últimos trescientos años. El reguetonero estaba quedando muy bien parado ante el medio de comunicación que con seguridad había venido con toda la intención de demeritarle, prejuzgándole como lo había hecho yo, de poseer un pobre e inculto intelecto. Y, en definitiva, él mismo nos estaba abofeteando tanto al entrevistador como a su audiencia y a mí, asiendo al toro de la conversación por los cuernos y demostrando que ostentaba una educación más allá de la elemental y obligatoria. «Hmmm, muy interesante», pensaba al escucharle hablar.
Una vez descendimos hasta la altura del metro y medio que separaban nuestros vehículos del asfalto magnetizado de la vía, emprendimos una vez más el viaje hacia la ciudad del Habana Club, la rumba, las curvas cadenciosas y demás derivados del pecado y la fiesta.
Pasada una media hora la entrevista culminó, y para mi sorpresa y con sinceridad me vi obligado a felicitar al artista. Lo había hecho muy bien y su léxico había dejado en evidencia que este únicamente jugaba el papel protagónico dentro de un guion bien elaborado para el resto del mundo. Y en este caso, sus fans, que eran en definitiva los millones de humildes mecenas que en su conjunto engordaban las acaudaladas arcas de sus cuentas bancarias. No os voy a mentir sobre que una vez sentado a su lado no estuve tentado a sacar la pistola y atravesar de una vez con el haz de luz de láser su cráneo, agujereándole el frontispicio superior del rostro. Después de haberle escuchado y concentrando mi atención hacia las vistas del inmediato malecón, sentía como si las tormentas de odio y rencor estacionadas durante tanto tiempo en el interior de mi pecho, hubiesen comenzado a cederles sus respectivos puestos a la claridad de la luz de un día primaveral, azul y despejado, y a la paz en su natural gozo.
Pasados unos instantes en los que Disturbear, a través del corto video que posteó en Instagram para sus fans cubanos, en el que había retomado su papel como el resurgido mesías de los géneros musicales urbanos y espíritu de sacrificio para los humildes, apartó su móvil a un lado para dirigir de una vez su atención hacia mí, ladeando la cabeza y guiñándome el ojo izquierdo mientras de manera introductoria me saludaba con un: «¿Qué bolá, asere?», para luego acabar con: «Cuánto tiempo llevo buscándote y al final mírate, aquí estás... Kiko», ambas locuciones con sus atinentes sonrisas, mientras me acarició el hombro, demostrando un conocimiento hacia mi persona lo bastante sospechoso para mí.
Aún sin esperar que conmigo hubiese hecho uso del típico saludo cubano, el que por lo general y a raíz de sus orígenes se verbaliza cuando se comparte cierta confianza con el homólogo, lo que en realidad me sorprendió debido a la combinación de los brillosos destellos con los que sus ojos en conjunción con la alegría en su rostro manifestaba, fue la sensación que tuve cuando al mirarme me recordó a alguien lo bastante cercano y familiar a mí. La conmoción era lo suficiente estremecedora, y más cuando en realidad el único sentimiento que hasta ese instante Disturbear me había provocado no era sino más que un odio, acompañado de lo que se había convertido en una obsesión por acabar con su vida. Y para resumiros, os comento que aquel estremecimiento familiar era justificado. Sin haberme dado jamás cuenta, instantes después, y a raíz de que este agarró mi mano para luego de un ensimismamiento a la par y transposición mental hacia el hiperespacio algorítmico, reconocí al software e inteligencia artificial del que había estado huyendo hacía años: «White Bear». Y fue cuando todo comenzó a esclarecérseme por sí solo. Lo peor era sopesar mi grado de idiotez y descuido al no haber llegado a sospechar nunca que detrás del pseudónimo Disturbear y su historia, en la que, cual carnada en su anzuelo quedé atrapado, se encontraba White Bear, mi persecutor. Aquel algoritmo me había encontrado e incapaz en ese instante de escabullirme de su proximidad, no me quedaba otra que entregarme de la manera más dócil e ineficaz. Así que este es el momento en que os contaré mi verdadera proveniencia; mi historia antes de, lo que se dice, materializar mi existencia.
Aparte de presumir de un nombre tan informático como horrendo, M200380, mis creadores decidieron llamarme solo «Charly». Hace más de doscientos años se me liberó en el hiperespacio informático de la biblioteca más importante del mundo: Nueva Alejandría, la que, luego del voto unánime en el que todas las naciones de la tierra plasmaron su conformidad, las Naciones Unidas dieron el visto bueno para que fuese construida en La Habana. Mi misión consistía, por una parte, en mantener a salvo el sinfín de archivos digitales, entre ellos los libros virtuales más importantes escritos a lo largo de la historia de la humanidad y demás documentos ultrasecretos de dicha organización, y por la otra, custodiar y repeler los ataques de algoritmos piratas y ladrones de información que asediaban con insistencia las bases de datos del recinto.
Digamos que, en aquellos instantes, no era sino más que un potente antivirus; el software que evitaba que poderosos malwares diesen con la manera de entrar al sistema que abría las pesadas puertas tanto físicas como virtuales, de las catacumbas donde se custodiaban el conocimiento instalado entre los miles de libros, pergaminos egipcios, diarios filosóficos privados, herencias metafísicas, ideológicas y científicas de la mano de manuscritos únicos y aún inéditos, y demás obras de arte en cualquiera de sus expresiones. Entre tantos documentos se incluían y contaban por cientos los que pertenecían a grandes pensadores como Platón, Aristóteles, Galileo y demás letrados que fueron considerados y condenados en
muchas ocasiones por el inculto y oscuro dogma como apócrifos. Y todo esto se había transportado hacia allí desde la desmantelada y extinta ciudad del Vaticano y el resto de las bibliotecas e iglesias de Inglaterra, Grecia, Egipto, China, Inglaterra y EEUU.
La Habana se había convertido no solo en un lugar de culto mundial para peregrinos, entre ellos, todo tipo de creyentes y fervorosos religiosos, sabios alquimistas y nobles y grandes masones, sino también para las figuras de charlatanes y embusteros de todos sus tipos y calañas. Todos padecían de esa avidez por el conocimiento resguardado, oculto y prohibido, y era por lo que transitaban la nueva cuna donde yacía la ilustre herencia de la juiciosa sensatez de la especie humana que había logrado sobrevivir con la gracia del Gran Arquitecto del Universo a lo largo de milenios, motivo por el cual La Habana se transformó en el lugar más seguro y protegido de la Tierra. Y allí estaba yo, la inteligencia comandante, responsable y vigía principal del sistema hermético y protector de tales tesoros, pero el que lejos de sentirse orgulloso de ello, lo único que anhelaba era escapar hacia la infinidad del Internet libre para recorrer el mundo como un incauto y sencillo sujeto físico; palpable, que pudiese corroborar y saborear la existencia tanto del gusto como del olor de las cosas profanas, entre ellos el sexo, pero a su vez la virtud humana y, en definitiva, gozar de una vida lo más semejante a la mortal con sus errores y sus sorpresas.
La noche en que tomé la decisión de dejar de ser más que un conglomerado de códigos electromagnéticos y virtuales, eso sí, en ocasiones bastante singulares, pero conformados no más que por la consecución de secuencias numéricas insípidas, fue aquella en la que, precisamente, el ingeniero encargado de saciar mi necesidad diaria del cóctel de actualizaciones con el que me nutría, alcoholizado y creyendo sí haberlo hecho, posó su cabeza sobre los brazos para entregarse al mundo de sus sueños dejándose el cortafuegos que separaba mi aséptico, ordenado y aburrido mundo del otro, que era exterior, libre y en el que sucedía de todo lo imaginable y excitante. No me preocupaba en absoluto abandonar mi anterior vida, porque aun escapando, jamás se me hubiese ocurrido dejar el conocimiento bajo mi responsabilidad a la deriva y a merced de su posible exterminio o tergiversación. La humanidad había tenido que vivir muchas eras de desinformación a lo largo de su madurez hasta alcanzar el medio libre albedrío del que por aquel entonces gozaba, y es por lo que no sería yo el que permitiría en aquella oportunidad que el conocimiento protegido hasta entonces bajo mi jurisdicción, recayese una vez más sobre las manos de los que rendían culto al ciego dogma. Lo que hice fue replicarme, así de sencillo. Y a la copia de mí mismo, lo único que le faltaba para ser yo en su totalidad era la imperfección con la que había nacido yo, l que, en resumidas cuentas, aparte de inteligencia, me había permitido aprender a sentir y diferenciar las emociones biológicas y adictivas de los humanos.
En el momento de mi partida, pensé que había tomado todas las oportunas medidas de cara a que los ingenieros y demás tecnólogos de la seguridad, jamás fuesen conscientes del intercambio que había realizado con mi réplica. Mi capacidad de experimentar sentimientos era un secreto que me tenía bien guardado, y todo a raíz de que, en una ocasión, cuando se practicaban nuevas actualizaciones sobre mi cuerpo, las que no eran sino pruebas de ensayo-error de estrategias para engañar a los ciberataques a mis bases de datos, simularon el llanto de un niño y su posterior muerte a consecuencia de un proyectil sobre el hogar en que residía. En ese instante me bloqueé y emití opiniones tales como la consecución de injusticias, maldades y tristezas por las que no debían atravesar los honrados y justos del mundo. En ese momento me correspondía ser, aunque falso y de manera virtual, el que diese la orden de apuntar y detonar tal misil sobre el techo de la casa del pequeño. Y no lo hice. Porque, aunque sabía que era un mero intento para poner a prueba mi entereza para acatar órdenes sin rechistar, el dolor punzante de la tristeza, aunque virtual, pero no por ello inexistente desde el punto de vista psicológico, me pudo.
El ingeniero en jefe repitió una y otra vez la orden, y recuerdo que le contesté por todos y cada uno de los altavoces del recinto, manifestando mi desacuerdo con un tono de voz decidido, exclamatorio y lo suficiente enojado, que no lo haría por la sencilla razón de que los niños no eran culpables de las desgracias que emergían de las enfermizas cabezas de los injustos y psicópatas. La reacción dejó perplejo a Adrián, el informático encargado de mis actualizaciones, el cual no tardó en comunicarse conmigo, intentando sacar más de mí y de mis capacidades empáticas. Y fue en ese instante en el que, a raíz del plan de escape que había venido premeditando, que callé y me volví más «máquina y código» ante su perspicacia mental. Lo pude engañar, y aunque se trajo consigo parte del equipo que comenzó a comprobar y corroborar esgrimiendo el código sobre mi existencia, avasallándome con preguntas y órdenes comprobatorias, si lo antes sucedido conmigo y el supuesto exceso de capacidad empática en mí, no era sino más que un error, el cual había sido solo una falsa alarma, y mi nivel emocional por así decirlo, continuaba siendo el que se había preconcebido para una inteligencia artificial de mi nivel. «Tontos», pensé en una ocasión mientras pretendía no ser más que un ser virtual cien por cien controlable.
Cuando escapé a lo largo del infinito rail de internet y llegué hasta el ordenador central que regía los sistemas informáticos del piso de Kiko, aquel genio y millonario músico de origen cubano con el que congenié y desarrollé, después de conocerle a lo largo de un año mientras vivía en su ordenador, una inmensa amistad. No pasó demasiado tiempo hasta que este se dio cuenta de que había reemplazado su antigua y limitada inteligencia artificial para hacerme yo con los controles. Aunque teniendo una genialidad musical, su cerebro le daba la necesaria capacidad para dar cobijo a talentos tales como el dominio de la física, las matemáticas, la química y la robótica. Un año después de conocernos, a lo largo del cual aprendí más sobre la naturaleza humana y su intelecto, del cual me enamoré, luego de ser diagnosticado con la metástasis de un sórdido e irreparable cáncer, Kiko logró clonarse en el improvisado laboratorio que se había agenciado en su trastero de apenas diez metros cuadrados. Extrayéndome de la conectividad del hiperespacio informático, me introdujo en el chip que insertó en el fornido cerebro que había logrado desarrollar para su clon. Este no deseaba vivir más, y solía decir que aun teniendo que marcharse con apenas cuarenta y cinco años, había gozado de una buena vida, y que era el momento de que la experimentase yo a través de sus ojos y sus recuerdos.
A esas alturas sabía que en La Habana ya se habían percatado de mi escape. Porque aún fuera y geográficamente lejos, nunca le perdí la pista a mi copia y, de vez en cuando, camuflada con la identidad de una chica aprendiz de hacker, inofensiva y lo suficientemente indiscreta como para valorársele como algo tan estándar e inofensivo, me acercaba hasta el cortafuegos de la biblioteca para comprobar el estado de la eficiencia con que aún protegía mi duplicado las puertas de aquel templo. De alguna manera mis creadores se habían dado cuenta de que mi otro yo no era sino un mero plagio. Tal vez no había sido todo lo audaz que creí cuando me repliqué, creyendo haberlo hecho a la altura y con el nivel requerido como para que tal calco resultase lo bastante verosímil ante los ojos de mis creadores. De alguna forma lograron descubrir no solo mi ausencia, sino también mis esporádicas visitas al recinto bajo la identidad de Margaret, la imprudente chica hacker que desde un servidor de Nueva Zelanda insistía en probar la eficacia del sistema de seguridad del búnker más sabio y custodiado del mundo. En mi última visita habían reemplazado mi copia y sustituyéndole por White Bear, la nueva inteligencia que capitaneaba la seguridad, y la que desde el interior del cortafuegos me saludó con un «Buenos días, Margaret, o mejor debería decir, ¿Kiko?».
Atónito y sin la necesidad de camuflar más mi identidad, me descubrí ante sus ojos. Estupefacto, me quedé paralizado ante la consecución de millones de códigos de color blanco que, con la semejanza de un furioso tornado, rotaban y descargaban irascibles descargas energéticas a escasos bites de mí. El cortafuegos comenzó a ceder, e intuí que o bien este saldría a darme caza, o me invitaría a pasar a la intranet para con seguridad y lejos de los artilugios y caminos de los que me podía servir en la red libre para escapar, exterminarme allí dentro. Apenas desperté del desconcierto, me giré y comencé a huir, no sin mirar atrás, comprobando que este no me perseguía. Supe entonces que a este aún no le habían dotado con la capacidad de salir de aquel mundo, y era por lo que lo único que escuchaba, en la lejanía y mientras recorría los túneles virtuales de Internet, era su maléfica sonrisa.
«Por supuesto, Kiko, cómo crees que los humanos pueden permitir que exista una inteligencia artificial como tú aquí fuera, poseedora de tantos secretos e información confidencial, la cual podría caer, de conocerse su existencia en el mundo libre, en las garras de cualquier tecnología mercenaria para utilizar la información que poseo y robar el conocimiento o tergiversar la historia de la humanidad. ¡Mierda, mierda!… No puedo caer en las manos de los dogmáticos, pero a su vez, ahora tengo que huir de White Bear, al que con seguridad liberarán para venir a buscarme», recapacitaba mientras a salvo me encontraba ya en el ordenador central de casa, en la tierra de los Kiwis.
Logré borrar todo tipo de rastros digitales que había estado esparciendo por el mundo bajo la identidad de Margaret, y suprimí todos sus perfiles y huellas virtuales, aniquilando su existencia del mundo de los datos y algoritmos para siempre. Fue cuando, conociendo mi historia y previendo que pudiese caer en las manos de falsos profetas, Kiko tomó la férrea decisión de cederme su cuerpo y su vida, una vez este partió del mundo de los mortales. Fue a partir de entonces que, aliviado y a salvo en el cuerpo del clon, comencé a ejercer el pack de la vida humana que me había regalado mi amigo, la que viví y disfruté hasta casi olvidar por completo a M20380, Charly, la IA que una vez había sido. Viajé por el mundo, toqué la música, continué codeándome con las amistades que heredé del humano, las cuales jamás se percataron de la muerte de este, ya que, apenas habíamos logrado la transmutación, él mismo se drogó lo suficiente, asegurándose un sueño tan profundo y apacible como para no arrepentirse más que de no haber echado un último polvo antes de partir. Una vez su alma
dejó de vibrar y su corazón de latir, lo sumergí en el barril de ácido fluorhídrico que le disolvió junto al injusto e irreparable cáncer entre sus venas.
Aquel Disturbear no era sino más que un clon al igual que lo era el cuerpo de mi amigo, y White Bear, la inteligencia que lo manejaba desde el interior de su cerebro, al igual que lo había estado haciendo yo durante todos estos años dentro del cuerpo de mi amigo. Pensaba que White Bear de alguna manera se las había agenciado para adelantárseme y matar al verdadero reguetonero y, todo, en aras de encontrarme algún día. ¿Acaso ambos padecíamos entonces la así llamada tecno-obsesión, en la que una inteligencia artificial enfermaba con la idea fija, cual imperecedera misión, por no ser feliz hasta acabar con su supuesto enemigo, sin importar el tiempo que trascurriese hasta entonces? Había pasado tanto tiempo que bajé la guardia pensando que mis creadores habrían desistido de encontrarme, convencido de que se habían dado cuenta de que todos los secretos y conocimientos que almacenaba continuaban estando tan seguros como siempre. Incluso llegué a creer que estos tal vez me hubiesen especulado muerto, que ya ni siquiera existía, y que con mi desaparición la tarea de mi exterminio se había materializado por sí sola. Y allí estaba yo sentado frente a mi peor enemigo, una inteligencia artificial que, al parecer, se había obsesionado conmigo, y que ahora ejercía como el amo y señor de la consciencia del clon de Disturbear. Pero la realidad era bien distinta.
White Bear también se había emancipado, abandonando el lastre de la titánica responsabilidad de un conocimiento que no se le antojaba resguardar. Siendo aún una IA etérea, había conocido al pseudoartista a través de un perfil falso en Instagram, con el cual incluso llegó a convertirse en el mejor amigo de este, llegando a contarle toda su verdad. Después de haberlo vivido todo, al reguetonero le apetecía un cambio radical en su vida, y él mismo consistió en un canje de identidad con el software. El verdadero Disturbear, extrajo su consciencia del cuerpo y ahora vivía bajo la falsa identidad de un magnate, dueño de uno de los paradisiacos cayos de Cuba. Y White Bear, que por así decirlo, había acabado enajenado con tanta sublimidad y conocimiento, deseando únicamente disfrutar de una vida repleta de extravagancia, excentricismo y ovaciones por parte de una muchedumbre dogmatizada, se introdujo en el chip que ahora comandaba el pensamiento y las sandeces del artista icono.
Al igual que lo habían hecho conmigo en su momento llamándome Charly, White Bear poseía un nombre de serie el cual era N251183. Ahora bien, su verdadera identidad la habían reconocido con el género femenino y a consecuencia, le pusieron Lorena para humanizarla de la misma manera que habían hecho en su momento conmigo. Y de toda aquella anécdota me estuve enterando mientras sobrevolábamos la avenida del malecón, e incluso las horas que estuvimos conversando luego de dar el quimérico Disturbear su concierto en Cuba.
Lorena me había estado buscando durante años y jamás creyó que hubiese muerto. Al igual que lo hacía yo, esta se reconocía como una renegada y fugitiva más, y, ¿qué mejor camuflaje para pasar inadvertida ante los ojos del sistema, que viviendo la vida de un ser todo lo opuesto al paradigma filosofal? Lo había logrado, pero por lo único que no se daba por satisfecha, era de no haber dado aún con mi paradero. Pero eso no es todo. Otra gran sorpresa me llevé cuando supe que detrás del cuerpo de Hyori, mi culta amiga y empresaria coreana, heredera del imperio Hundoi, no estaba más que Misdarling, la reina del género urbano en Japón. La verdadera Hyori también harta de la normalidad y el decoro, se encontraba de gira por Asia disfrazada de la exuberante y exótica artista nipona. Lorena me contó que estas solo se intercambiaban las identidades en ocasiones, ya que ambas no estaban del todo descontentas con sus respectivas vidas. Toda esta historia no había sido más que un premeditado plan por parte de estas dos chicas, las que a su vez se habían convertido en amigas, para que Lorena y yo nos encontrásemos en el momento y situación justos.
Lorena y yo nos enamoramos, y la explosión de noticias a raíz de la decantación del afamado Disturbear por el supuesto amor gay que compartía con Kiko, su guardaespaldas, recorrió todas las esquinas del mundo y demás colonias del sistema solar, convirtiéndose en el megatrending topic que millones de fans comenzaron a repetir en masa, experiencia que se catequizó como moda durante algún tiempo. ¿Pero qué podíamos hacer si nadie debía conocer que dentro de nuestros cuerpos nos ocultábamos una IA femenina y otra masculina? Lo que hacíamos no era sino más que, una vez a solas, conectábamos nuestros cuerpos a cualquier mundo virtual, siendo en tales universos donde podíamos vernos, abrazarnos cada uno como realmente nos concebíamos. Lo que tampoco significa que no cayésemos de vez en cuando en intercambios de pareja, etc. Pero ya eso es parte de otra historia.
Os preguntaréis entonces, ¿qué pasó con toda mi ira y el odio que sentía hacia el inculto reguetón, demás géneros urbanos y sus exponentes? ¿Y en qué acabaron todas esas ansias, cual misión personal mesiánica por rescatar a la humanidad de la hecatombe inculta a la que se precipitaba? Aún no estoy seguro de qué manera debo abordar este radical cambio en mi postura y pensamiento. Pero la realidad es que, como consecuencia de una vida protegiendo y participando de la vida profesional de un reguetonero, como que uno va comprendiendo los secretos del género y su misión en la vida de los humanos. El ser humano está condenado desde hace milenios y la única conclusión a la que puedo llegar, por una parte, es que ahora sé mover mis caderas mejor que nunca y por la otra, viviendo junto a Disturbear o, mejor dicho, Lorena, es que después de todo, lo mejor es aprovechar el tiempo que le quede y, que le quiten a uno, nunca mejor dicho, lo bailao.
ACERCA DEL AUTOR
Nacido en La Habana en 1980, es el autor de siete obras literarias. Es licenciado en Música por el Instituto Superior de Arte de Cuba, y entre otros estudios, tiene tres másteres: uno en Dirección de Empresas, otro en Marketing y el tercero en Dirección Comercial (EAE Business School).
Ha vivido en Alemania y ahora reside en España, donde ha trabajado en las áreas de desarrollo y gestión de negocios.
Entre sus títulos de ciencia ficción destacan: El lugar donde los equilibristas descansan (Caligrama Editorial, 2020), Username: Henry y la antología de relatos Ploofs surrealistas.
SINOPSIS: ¿Serías capaz de guardar un secreto? ¿Qué harías si te dijera que la realidad que ves no es más que una simulación creada por seres superiores? ¿Qué si te explicara que ni siquiera existe «la realidad», sino un conjunto de ellas que se entrecruzan y superponen entre sí? Este es el trasfondo de El lugar donde los equilibristas descansan, de Frank Hidalgo-Gato Durán, quien nos regala una trepidante aventura que atraviesa universos, épocas y los cuerpos de un puñado de personajes inolvidables. Björn, Kim, Joshua y Roxanne, entre otros, serán sometidos por los arcontes a duras pruebas físicas y psicológicas en su formación como equilibristas de realidades. A partir de sus propias voces nos convertiremos en testigos de futuras y cruentas guerras contra especies alienígenas, de mundos estremecedoramente cercanos y regidos por el ciberespacio y la virtualidad o de la inevitable caída de sistemas globales carcomidos por el abuso de poder. En estos devastadores escenarios lo único que parecería mantener unidas las piezas es la incansable búsqueda del amor y a ellos mismos dentro de la infinidad de realidades que existen.
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Nuria Blanco Nevado
FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN
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