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sábado, 18 de noviembre de 2023

4 de diciembre

LA BRUJA DE BILLINGSGATE 

Cristina Domingo 

La tormenta arreciaba con fuerza, la lluvia caía con rabia sobre los marineros que, a duras penas, conseguían mantener la goleta a flote. El capitán se desgañitaba  infundiendo valor a sus hombres para seguir luchando contra la tempestad. Las olas  bravas y espumosas golpeaban con fuerza el babor del barco, a peligro de zozobrar la embarcación. 

Por suerte, la costa de Eastham estaba a pocas millas, solo tenían que llegar  sanos y salvos al cayo de Massachussets sorteando las rocas que lo rodeaban. A lo lejos,  débiles titilaban las luces del pueblo de Cabo Cod, esperando a los marineros para darle  refugio en sus tabernas y calor en sus lechos. 

Al otro lado del pueblo, en Billingsgate, la bruja marina encendió una vela sobre  su altar. El viento agitaba la choza que parecía mantenerse en pie como por arte de  magia. El cañizo crujía y se zarandeaba tapando los susurros de la bruja que invocaban  al demonio. Las llamas parpadeaban violentamente bajo el hechizo que las infundía a  dar fuerza al espíritu femenino creador de todo lo que existe sobre la tierra. La bruja  sudaba y convulsionaba bajo el trance de la luna llena, bajo el poder que le otorgaban  los dioses de la tierra. 

Los marineros cada vez más cerca de la costa, sentían como si un poder  sobrehumano los arrastrara directamente hacia las rocas que salvaguardaban la costa,  luchando con fiereza bajo la débil luz de la luna llena que iluminaba los rostros llenos  de pavor, ante la consciencia de que lo divino maneja a lo terrenal. 

La bruja comenzó a mover las manos en el aire, creando pequeños torbellinos en  las llamas de las velas. Las llamitas titilaban proyectando sombras siniestras sobre las  paredes del chamizo. 

La marea se hizo más fuerte, el capitán junto a su segundo de abordo, dirigía a la  comitiva desde babor junto al timonel, sentía cómo inútilmente forzaba la dirección del  barco hacia la costa. Las grandes olas parecían haber cambiado de dirección  empujándoles hacia el sur, en dirección al pie del acantilado. El capitán alertado por los  gritos se acercó corriendo y observó cómo los grandes peñascos se alzaban  peligrosamente a pocas millas y acechaba a su tripulación. 

―¡Capitán! ―gritó Guthrie que apenas podía sujetar el timón, pues las fuerzas  se le habían ido al ver el pavor dominar a su superior―. Capitán. ―Solo pudo repetir  antes de ver cómo corría hacia él para tomar posesión del timón. 

―¡No lo sueltes! ―gritó el capitán y junto a Guthrie cogieron con fuerza el  timón, para controlar la embarcación. 

Varios de los marineros invocaron a Jesucristo en su corazón ante el temor de  naufragar a pocas millas del puerto, bajo el influjo de lo sobrenatural que habitaba las  profundidades del mar. 

La bruja de Billingsgate sonreía mientras las gotas de sudor caían sobre su cara,  las cenizas que pintaban su frente se iban marchitando, bajo el cansancio al invocar al  demonio. Los crucifijos crujían, las calaveras sonreían y ella sentía el poder de la 

venganza bajo sus manos. La venganza de todos aquellos marineros que se creen dueños  y señores del ancho mar. 

El capitán y Guthrie continuaban evitando que el St. George fuera pulverizado  contra las rocas que cada vez se percibían más cerca de ellos. Los marineros se  santiguaban y caían de rodillas invocando clemencia. La lluvia golpeaba sus caras,  limpiando sus pecados. 

La bruja alzó en el aire una gallina inmaculada, pintó sobre su cabeza una cruz  de cenizas y susurrando palabras a Lilith, levantó la cuchilla y cortó el cuello con  precisión a pesar del fuerte aleteo en el aire. Instantáneamente brotó sangre caliente que  dejó caer sobre un cuenco, lentamente el crobo rojo cayó sobre el plumaje tiñéndolo  carmesí, hasta que, finalmente, la gallina cayó inerte sobre sus manos. 

Ofreció el ave a las sonrientes calaveras y a las velas que iluminaban la choza de  caña sobre el acantilado, desde el cual, observaba las embarcaciones morir en sus  costas. 

Tomó el cuenco con las dos manos y lo elevó en el aire susurrando palabras de  horror. 

La fuerza de las olas arrastraba sin pudor la embarcación, ya sin apenas  esperanzas de salvarse del trágico final que solía acontecer a los marineros que osaban  acercarse a esa bahía, de modo que estos se agarraban con fuerza a lo que hubiera a su  

alrededor. El St.George peligraba cada vez más, pues se hallaba fuera de control, a pesar  del esfuerzo inútil de Guthrie y el capitán que no soltaban el timonel esperando un poco  de ayuda divina. Varios marineros, dejados a la locura, saltaron directamente hacia las  rocas deseando acabar con la desesperación que atenazaba sus corazones. 

La bruja volvió a susurrar palabras incomprensibles y ofreció la sangre a Lilith.  Pero algo la desconcentró, piedras se oían chocar contra la choza. Otra vez los estúpidos  niños arrojaban guijarros. Una de gran tamaño atravesó una de las paredes de cañas,  haciendo que la tormenta entrara de golpe y apagara las velas, lanzara las plumas y  tiñera el suelo con sangre. 

La bruja de Billingsgate entró en cólera, Oh, sí… aquella que había deseado  hijos, aquella que había parido, a la que le habían arrebatado a su pequeño. La bruja  salió rugiendo de la choza, asustando aquellos niños que no sabían nada de Lilith ni de  su poder. No sabían de Bellamy ni de su pasado. La bruja que rugía con fiereza para  mantener la leyenda que tras sus espaldas se cernía. Ella que, sin alma vagaba sobre la  tierra esperando llevar a cabo su venganza, rugía desde el acantilado bajo la tormenta  hacia los marineros, hacia Bellamy y hacia todos los niños. Rugía de espanto, de ira y  de horror. 

El capitán y el segundo de abordo Guthrie, sintieron que aquel poder que los  llevaba hacia la muerte certera se debilitaba. Tomaron de nuevo el control de la  embarcación. Los demás marineros, parecieron sentir que aquello que tiraba de ellos los  estaba dejando libres. La luna seguía iluminando sus rostros bajo la tormenta, que ahora  parecía arreciar débilmente. 

Las rocas que acechaba a babor, se alejaban como si nunca hubiera habido una  vía directa hacia las entrañas de lo más profundo del océano. Aquel camino directo  hacia el infierno se alejaba. La tormenta pasó a ser una fina y débil lluvia que mojaba  sus caras casi con cariño, como pidiendo perdón por el daño cometido.

El capitán Williams y la tripulación se observaron unos a otros. Era el momento  de tomar el control y dirigirse hacia la costa, antes de que el tiempo o los demonios  cambiaran de opinión. 

―¡Vamos! ¡Deprisa! ¡Todos a sus puestos! ¡Solo estamos a unas millas de la  costa, en pocos minutos habremos llegado a puerto! ―gritó el capitán a sus  subordinados―. Dampier, rápido a tu puesto ―decía Williams―. Beaufort, comprueba  la mercancía. 

El capitán disponía a todo el mundo en sus labores, bajo las rápidas respuestas  de los demás. Cuando un rugido procedente de la costa rompió el silencio de la noche.  Un lamento eterno que les heló la sangre y que paralizó a la tripulación. Algún que otro  se santiguó al aire, no sabía si a Dios o al ángel caído. El capitán Williams tomó el  catalejo y siguió las luces de la población en la costa, cada vez más cerca. El llanto  seguía rajando el cielo y el cuerpo de los marineros, que les seguiría en las largas  noches de pesadillas y sobriedad. 

Finalmente, llegaron a la costa de Cape Cod y atracaron besando tierra firme. El  capitán Williams dio la noche libre a casi todos los marineros para liberar el miedo de  sus cuerpos y se acercó a una taberna cercana al puerto para calentar el alma y los pies. 

Entró dejando tras sus pisadas un reguero de agua y lamentos. Los asiduos  apenas prestaban atención a los viajeros que por allí aparecían, ya que lo que suele ser  inusual parecía ser costumbre. 

―Buenas noches, marinero. ―dijo el tabernero al capitán. 

―No me lo parecen, señor, pero sírvame un wiski y puede que acabe siendo una  buena noche. ―dijo Williams. 

―¿Acaban de atracar? ―preguntó el tabernero sorprendido. 

―Así es, señor, acabamos de salvarnos de una de las mayores tormentas que  jamás he vivido. 

―Y suerte han tenido, mi camarada ―dijo el tabernero mientras servía el  wiski―. ¿Han seguido una luz en la costa? No han de fiarse de las luces que a lo lejos  en el horizonte aparecen, suele ser un espíritu que pasea por las playas en las peores  noches con un candil en la mano confundiendo a los marineros y acercándolos a la  muerte. 

―No, señor ―dijo el capitán Williams sorprendido―. No hemos visto luz  alguna. 

―Entonces han tenido mucha suerte de salvarse de ella… ―dijo el tabernero  bajando la voz. 

El capitán lo observó con el ceño fruncido. La chimenea calentaba sus ropas,  haciendo que la humedad saliera en forma de vaho de su cuerpo. La música de un  acordeón deleitaba a los comensales. 

―¿Quién es ella? 

―Una mujer que vive en Billingsgate, en la zona septentrional del acantilado  ―dijo el tabernero bajando la voz y apoyando un codo sobre la barra para acercarse a  Williams y susurró―: Hace brujería.

Williams se bebió de un trago el wiski, se quitó la chaqueta llena de alquitrán y  la dejó en un taburete cercano a él. 

―¿Brujería? ―dijo con un bufido jocoso. 

―Así es, marinero, usted no lo creerá, pero conozco a la bruja de Billingsgate y  sé que, en primavera, bajo el influjo del demonio llama a la magia para agitar los mares  y hacer naufragar a los marineros por venganza. 

―¿Venganza hacia quién? ―preguntó Williams, pidiendo con la mano otro  vaso de wiski. 

El tabernero trajo con él la botella y le sirvió otro trago. 

―Hacia Samuel Bellamy, uno de los más despiadados piratas que uno se pueda  encontrar en estos lares. 

―¿Black Sam? Todos tenemos alguna cuenta pendiente con él. ―rio Williams y  volvió a beber de su wiski, que por fin le templaba el alma y los nervios. 

―La bruja de Billingsgate, antes de ser bruja, era una muchacha agraciada y de  familia con posibles, se llamaba Mary Hallett, y un día de primavera de 1715 tuvo la  mala fortuna de encontrarse en la taberna The Great Island, donde trabajaba con su  hermano mayor y su cuñada, con Samuel Bellamy. ―dijo el tabernero volviendo a  servir un trago―. La engatusó con frases bonitas, con joyas caras y promesas de pirata.  Hay quien dice que no tuvo ni que tocarla para dejarla en cinta, yo, sinceramente,  prefiero hacer las cosas de forma tradicional ―dijo el tabernero dando una risotada y  golpe sobre la barra―. Samuel no tardó poco en prometerle que volvería después de  hacer fortuna y la desposaría para criar juntos a su retoño. 

―Promesas de pirata. ―dijo Williams riendo. 

―La cosa es que, la pobre Mary Hallett perdió la cabeza, la encontraron con el  crío muerto entre sus brazos, quizás fue la mala fortuna que le dio un varón muerto o el  diablo que entró en ella a través de Bellamy y la llevó a matar a aquel niño. Quién sabe.  El padre, al enterarse de todo lo ocurrido, pues ella lo había llevado en absoluto silencio,  la descubrió ante todos y no fueron pocos los que, en venganza a ella misma o a la  familia, la sacaron a rastras hasta la plaza del pueblo y la apalearon como a un perro. 

Williams lo miró con sus pequeños ojos azules expectante y en silencio. La  camisa pegada a su cuerpo iba perdiendo la humedad. 

―La encarcelaron durante algún tiempo, hasta que finalmente perdió la cabeza.  La gente dice que hizo pactos con el diablo y consiguió escapar de su celda. Huyó hacia  la montaña, hacia el acantilado de Billingsgate, se construyó una choza de cañas y  abrazó la brujería. 

Williams recordó el grito de horror que provenía de aquel acantilado. 

―La gente la dejó tranquila, era mejor tenerla controlada y sus virtudes en la  magia roja, como ella dice, ayuda a la población a conseguir fortuna y amor. 

Williams soltó una moneda sobre la barra. 

―Por las noches invoca poderosas tormentas para hacer naufragar a los  marineros como Bellamy y ruge a los niños y a su mala fortuna en el filo del acantilado, 

para liberar el odio de su cuerpo, ya que su alma la vendió hace mucho tiempo al  diablo. 

Williams recogió su chaqueta y con la ropa aún mojada anduvo directo a la  puerta. 

―Continúe usted con su buena noche, señor, voy a ver si mejora la mía. ―dijo  saliendo por la puerta de la taberna en dirección al acantilado Billingsgate. 

La noche, ahora calmada, hacía que la oscuridad desapareciera bajo la luz de la  luna llena. Williams anduvo parsimonioso en dirección al acantilado, hasta que llegó  hasta lo que parecía la choza de la bruja de Billingsgate. 

Williams pudo ver a través de las cañas la luz de las velas. Se acercó hasta ella y  tocó a la puerta. Con rapidez, esta se abrió y apareció ante él lo que quedaba de Mary  Hallett, muy diferente a como su compañero Sam Black le había contado las largas  noches a bordo del Marianne. 

―¿Mary Hallett? ―preguntó Williams ante la muchacha que vestía de luto, su  pelo guardado bajo una cofia negra y las encías y la frente teñidas con cenizas. Ella lo  observó en silencio, hasta que se giró y desapareció choza hacia dentro. 

Williams entró tras ella. El aire estaba cargado y viciado, olía metálico y a  humo. A un lado, una mesa con un tosco altar lleno de calaveras, muñecos de trapo y  plumas se encontraban iluminadas por velas. La choza estaba abarrotada de objetos  extraños y lo que parecía basuras escupidas por el mar. Mary encendió otra vela en la  mesa donde se sentó. E invitó a Williams a sentarse frente a ella. 

El capitán finalmente obedeció y tomó asiento, agradeciendo el trago de a saber  qué, de lo que le ofreció. 

―¿A qué vienes aquí, marinero? ¿Acaso no sabes que hechizo a los barcos y a  su tripulación? ―dijo Mary en un tono entre pena e ironía. 

―Vengo de parte de Bellamy. ―Esas palabras helaron la sangre de Mary, que  se paró en seco y fijó sus ojos castaños sobre Williams. 

―No quiero saber nada de él ―dijo finalmente y volvió a servirse el líquido  negro que bebió de un trago―. Si no tienes más que ofrecerme, puedes salir por donde  has venido, marinero. ―dijo esta última palabra con ira en su voz. 

Williams conocía a las mujeres y sabía que Mary estaba deseando tener nuevas  de Bellamy, aunque fuera tarde. Aunque no fueran buenas. Así que permaneció sentado  sobre su silla. Mary al ver que el capitán seguía quieto, se levantó y se dirigió al otro  lado de la choza donde cogió un chal y se cubrió los hombros y el pecho. 

―¿No me has oído? Ya puedes irte. ―dijo Mary dándole la espalda a Williams. 

―Samuel falleció el pasado 26 de abril cerca de aquí, una tormenta le  sorprendió―. Mary no se giró, pero Williams pudo sentir cómo las lágrimas caían por  sus mejillas. ―Iba a bordo del Wydah cuando la tormenta cayó sobre él, falleció junto a  ciento cuarenta y cuatro hombres más, solo dos sobrevivieron. 

Mary cayó al suelo entre sollozos, sabiendo que su poder, su brujería y sus  demonios habían llevado a cabo la venganza que tanto había deseado y que ahora, caía  sobre ella como una maldición. Williams se levantó parsimoniosamente hacia la puerta.

―Lo último que me contó es que venía a cumplir su promesa en el Cabo Cod.  ―dijo Williams y salió por la puerta, donde el sol empezaba a despuntar por el este. 

Williams abandonó la choza habiendo realizado su cometido para con el muerto  Samuel Bellamy, uno de sus más cercanos amigos de correrías y de piraterías. Que Dios  lo tenga en su gloria. Aunque por lo acaecido, es probable que anduviera en las  profundidades del océano junto al mismísimo demonio. 

Al llegar al puerto era de día, rápido asciende el sol a lo alto del cielo en esas latitudes.  El mar calmado brillaba turquesa bajo el St. George y la tripulación esperaba a  embarcar y partir. 

―Capitán, ¿qué tal la noche, ha podido descansar? ¿O a estado ocupado con las  mozas del puerto? ―dijo un marinero y los demás rieron al unísono. 

Williams rio con ellos y subió el último al barco. Aquel que había hecho guardia  le comunicó las nuevas y los arreglos que habían tenido que realizar a la embarcación  tras la tormenta de la pasada noche. 

Finalmente, sin más dilación Paulsgrave Williams junto a su tripulación y  después de haber cumplido con los deseos del ya difunto Samuel Bellamy, abandonó  Cabo Cod y el estado de Massachussets para volver a la mar, a las aventuras, a verse la  cara con Dios y el demonio en cada tormenta, en cada noche que la luna no ilumina sus  caminos.  

En cada invocación que Mary Hallett hace al diablo desde el acantilado de  Billingsate. 

Finalmente, Mary Hallett murió sin haber contraído matrimonio y sin hijos en abril de  1751 a la edad de sesenta años. La leyenda cuenta que, hasta el último de sus días,  siguió invocando tormentas por Samuel Bellamy.


SOBRE LA AUTORA



Soy Cristina Domingo y nací en Almería, España. De pequeña tenía problemas de comprensión y de atención, por lo que me obligaron a leer todos los días dos hojas del Barco de Vapor, finalmente, tras tardes de lloro y queja, la lectura y la escritura se convirtieron en mi pasión. Devorando con tan solo once años El Señor de los Anillos y actualmente, leyendo todo tipo de libros que caen en mis manos con un afán desmesurado por conocer la literatura de todos los países. Ya desde pequeña, comencé a escribir pequeñas historias, primero de carácter más infantil y después historias más adultas y con más contenido literario.  

Lo que me llevó a enviar mi primer relato a un concurso, con inesperados resultados, pues en 2014 gané el VIII certamen literario de la asociación grupo literario cultural Alfambra recibiendo el premio Óscar Abril con el relato "El fondo del mar de piedras". 

En 2017 creé junto a otros compañeros el club de escritura "Torre de Marfil", donde realizábamos ejercicios de escritura y, tras un año, finalmente, me lancé a escribir y publicar mi primera novela: The Seer: El misterio de Roslin.  

En 2019 publiqué la segunda parte The Seer: Los orígenes, Dundee.  

En 2021 publiqué el relato de “Pieles rojas” en la revista literaria Plumafanzine, Vol.7.  

En 2022 tuve la suerte de poder hacer una intervención especial en el  programa de radio “Rapsodia mental” dirigido por el mexicano Alejandro Garza, que podréis encontrar en Spotify.  

En diciembre de 2023 he publicado “Señor, perdónalos” que  podréis encontrar en Amazon.







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Nuria Blanco Nevado

FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN

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