4 de diciembre
LA BRUJA DE BILLINGSGATE
Cristina Domingo
La
tormenta arreciaba con fuerza, la lluvia caía con rabia sobre los marineros
que, a duras penas, conseguían mantener la goleta a flote. El
capitán se desgañitaba infundiendo
valor a sus hombres para seguir luchando contra la tempestad. Las olas
bravas y espumosas golpeaban con fuerza el babor
del barco, a peligro de zozobrar la embarcación.
Por
suerte, la costa de Eastham estaba a pocas millas, solo tenían que llegar sanos y salvos al cayo de Massachussets sorteando las
rocas que lo rodeaban. A lo lejos, débiles
titilaban las luces del pueblo de Cabo Cod, esperando a los marineros para darle
refugio en sus tabernas y calor en sus lechos.
Al otro lado del pueblo, en
Billingsgate, la bruja marina encendió una vela sobre su altar. El viento
agitaba la choza que parecía mantenerse en pie como por arte de magia. El
cañizo crujía y se zarandeaba tapando los susurros de la bruja que
invocaban al demonio. Las llamas parpadeaban violentamente bajo el
hechizo que las infundía a dar fuerza al espíritu femenino creador de
todo lo que existe sobre la tierra. La bruja sudaba y convulsionaba bajo
el trance de la luna llena, bajo el poder que le otorgaban los dioses de
la tierra.
Los marineros cada vez más
cerca de la costa, sentían como si un poder sobrehumano los arrastrara
directamente hacia las rocas que salvaguardaban la costa, luchando con fiereza
bajo la débil luz de la luna llena que iluminaba los rostros llenos de
pavor, ante la consciencia de que lo divino maneja a lo terrenal.
La bruja comenzó a mover las
manos en el aire, creando pequeños torbellinos en las llamas de las
velas. Las llamitas titilaban proyectando sombras siniestras sobre las
paredes del chamizo.
La marea se hizo más fuerte,
el capitán junto a su segundo de abordo, dirigía a la comitiva desde
babor junto al timonel, sentía cómo inútilmente forzaba la dirección del
barco hacia la costa. Las grandes olas parecían haber cambiado de
dirección empujándoles hacia el sur, en dirección al pie del acantilado.
El capitán alertado por los gritos se acercó corriendo y observó cómo los
grandes peñascos se alzaban peligrosamente a pocas millas y acechaba a su
tripulación.
―¡Capitán! ―gritó Guthrie que
apenas podía sujetar el timón, pues las fuerzas se le habían ido al ver
el pavor dominar a su superior―. Capitán. ―Solo pudo repetir antes de ver
cómo corría hacia él para tomar posesión del timón.
―¡No lo sueltes! ―gritó el
capitán y junto a Guthrie cogieron con fuerza el timón, para controlar la
embarcación.
Varios de los marineros
invocaron a Jesucristo en su corazón ante el temor de naufragar a pocas
millas del puerto, bajo el influjo de lo sobrenatural que habitaba las
profundidades del mar.
La bruja de Billingsgate
sonreía mientras las gotas de sudor caían sobre su cara, las cenizas que
pintaban su frente se iban marchitando, bajo el cansancio al invocar al
demonio. Los crucifijos crujían, las calaveras sonreían y ella sentía el poder
de la
venganza bajo sus manos. La
venganza de todos aquellos marineros que se creen dueños y señores del
ancho mar.
El capitán y Guthrie
continuaban evitando que el St. George fuera pulverizado contra
las rocas que cada vez se percibían más cerca de ellos. Los marineros se
santiguaban y caían de rodillas invocando clemencia. La lluvia golpeaba sus
caras, limpiando sus pecados.
La bruja alzó en el aire una
gallina inmaculada, pintó sobre su cabeza una cruz de cenizas y
susurrando palabras a Lilith, levantó la cuchilla y cortó el cuello con
precisión a pesar del fuerte aleteo en el aire. Instantáneamente brotó sangre
caliente que dejó caer sobre un cuenco, lentamente el crobo rojo cayó
sobre el plumaje tiñéndolo carmesí, hasta que, finalmente, la gallina
cayó inerte sobre sus manos.
Ofreció el ave a las
sonrientes calaveras y a las velas que iluminaban la choza de caña sobre
el acantilado, desde el cual, observaba las embarcaciones morir en sus
costas.
Tomó el cuenco con las dos
manos y lo elevó en el aire susurrando palabras de horror.
La fuerza de las olas
arrastraba sin pudor la embarcación, ya sin apenas esperanzas de salvarse
del trágico final que solía acontecer a los marineros que osaban
acercarse a esa bahía, de modo que estos se agarraban con fuerza a lo que
hubiera a su
alrededor. El St.George peligraba
cada vez más, pues se hallaba fuera de control, a pesar del esfuerzo
inútil de Guthrie y el capitán que no soltaban el timonel esperando un
poco de ayuda divina. Varios marineros, dejados a la locura, saltaron
directamente hacia las rocas deseando acabar con la desesperación que
atenazaba sus corazones.
La bruja volvió a susurrar
palabras incomprensibles y ofreció la sangre a Lilith. Pero algo la
desconcentró, piedras se oían chocar contra la choza. Otra vez los
estúpidos niños arrojaban guijarros. Una de gran tamaño atravesó una de
las paredes de cañas, haciendo que la tormenta entrara de golpe y apagara
las velas, lanzara las plumas y tiñera el suelo con sangre.
La bruja de Billingsgate
entró en cólera, Oh, sí… aquella que había deseado hijos, aquella
que había parido, a la que le habían arrebatado a su pequeño. La bruja
salió rugiendo de la choza, asustando aquellos niños que no sabían nada de
Lilith ni de su poder. No sabían de Bellamy ni de su pasado. La bruja que
rugía con fiereza para mantener la leyenda que tras sus espaldas se
cernía. Ella que, sin alma vagaba sobre la tierra esperando llevar a cabo
su venganza, rugía desde el acantilado bajo la tormenta hacia los
marineros, hacia Bellamy y hacia todos los niños. Rugía de espanto, de ira
y de horror.
El capitán y el segundo de
abordo Guthrie, sintieron que aquel poder que los llevaba hacia la muerte
certera se debilitaba. Tomaron de nuevo el control de la embarcación. Los
demás marineros, parecieron sentir que aquello que tiraba de ellos los
estaba dejando libres. La luna seguía iluminando sus rostros bajo la tormenta,
que ahora parecía arreciar débilmente.
Las rocas que acechaba a
babor, se alejaban como si nunca hubiera habido una vía directa hacia las
entrañas de lo más profundo del océano. Aquel camino directo hacia el
infierno se alejaba. La tormenta pasó a ser una fina y débil lluvia que
mojaba sus caras casi con cariño, como pidiendo perdón por el daño
cometido.
El capitán Williams y la
tripulación se observaron unos a otros. Era el momento de tomar el
control y dirigirse hacia la costa, antes de que el tiempo o los demonios
cambiaran de opinión.
―¡Vamos! ¡Deprisa! ¡Todos a
sus puestos! ¡Solo estamos a unas millas de la costa, en pocos minutos
habremos llegado a puerto! ―gritó el capitán a sus subordinados―.
Dampier, rápido a tu puesto ―decía Williams―. Beaufort, comprueba la mercancía.
El capitán disponía a todo el
mundo en sus labores, bajo las rápidas respuestas de los demás. Cuando un
rugido procedente de la costa rompió el silencio de la noche. Un lamento
eterno que les heló la sangre y que paralizó a la tripulación. Algún que
otro se santiguó al aire, no sabía si a Dios o al ángel caído. El capitán
Williams tomó el catalejo y siguió las luces de la población en la costa,
cada vez más cerca. El llanto seguía rajando el cielo y el cuerpo de los
marineros, que les seguiría en las largas noches de pesadillas y
sobriedad.
Finalmente, llegaron a la
costa de Cape Cod y atracaron besando tierra firme. El capitán Williams
dio la noche libre a casi todos los marineros para liberar el miedo de
sus cuerpos y se acercó a una taberna cercana al puerto para calentar el alma y
los pies.
Entró dejando tras sus
pisadas un reguero de agua y lamentos. Los asiduos apenas prestaban
atención a los viajeros que por allí aparecían, ya que lo que suele ser
inusual parecía ser costumbre.
―Buenas noches, marinero.
―dijo el tabernero al capitán.
―No me lo parecen, señor,
pero sírvame un wiski y puede que acabe siendo una buena noche. ―dijo
Williams.
―¿Acaban de atracar?
―preguntó el tabernero sorprendido.
―Así es, señor, acabamos de
salvarnos de una de las mayores tormentas que jamás he vivido.
―Y suerte han tenido, mi
camarada ―dijo el tabernero mientras servía el wiski―. ¿Han seguido una
luz en la costa? No han de fiarse de las luces que a lo lejos en el
horizonte aparecen, suele ser un espíritu que pasea por las playas en las peores
noches con un candil en la mano confundiendo a los marineros y acercándolos a
la muerte.
―No, señor ―dijo el capitán
Williams sorprendido―. No hemos visto luz alguna.
―Entonces han tenido mucha
suerte de salvarse de ella… ―dijo el tabernero bajando la voz.
El capitán lo observó con el
ceño fruncido. La chimenea calentaba sus ropas, haciendo que la humedad
saliera en forma de vaho de su cuerpo. La música de un acordeón deleitaba
a los comensales.
―¿Quién es ella?
―Una mujer que vive en
Billingsgate, en la zona septentrional del acantilado ―dijo el tabernero
bajando la voz y apoyando un codo sobre la barra para acercarse a
Williams y susurró―: Hace brujería.
Williams se bebió de un trago
el wiski, se quitó la chaqueta llena de alquitrán y la dejó en un taburete
cercano a él.
―¿Brujería? ―dijo con un
bufido jocoso.
―Así es, marinero, usted no
lo creerá, pero conozco a la bruja de Billingsgate y sé que, en
primavera, bajo el influjo del demonio llama a la magia para agitar los
mares y hacer naufragar a los marineros por venganza.
―¿Venganza hacia quién?
―preguntó Williams, pidiendo con la mano otro vaso de wiski.
El tabernero trajo con él la
botella y le sirvió otro trago.
―Hacia Samuel Bellamy, uno de
los más despiadados piratas que uno se pueda encontrar en estos
lares.
―¿Black Sam? Todos tenemos
alguna cuenta pendiente con él. ―rio Williams y volvió a beber de su
wiski, que por fin le templaba el alma y los nervios.
―La bruja de Billingsgate,
antes de ser bruja, era una muchacha agraciada y de familia con posibles,
se llamaba Mary Hallett, y un día de primavera de 1715 tuvo la mala
fortuna de encontrarse en la taberna The Great Island, donde trabajaba
con su hermano mayor y su cuñada, con Samuel Bellamy. ―dijo el tabernero
volviendo a servir un trago―. La engatusó con frases bonitas, con joyas
caras y promesas de pirata. Hay quien dice que no tuvo ni que tocarla
para dejarla en cinta, yo, sinceramente, prefiero hacer las cosas de
forma tradicional ―dijo el tabernero dando una risotada y golpe sobre la
barra―. Samuel no tardó poco en prometerle que volvería después de hacer
fortuna y la desposaría para criar juntos a su retoño.
―Promesas de pirata. ―dijo
Williams riendo.
―La cosa es que, la pobre
Mary Hallett perdió la cabeza, la encontraron con el crío muerto entre
sus brazos, quizás fue la mala fortuna que le dio un varón muerto o el
diablo que entró en ella a través de Bellamy y la llevó a matar a aquel niño.
Quién sabe. El padre, al enterarse de todo lo ocurrido, pues ella lo
había llevado en absoluto silencio, la descubrió ante todos y no fueron
pocos los que, en venganza a ella misma o a la familia, la sacaron a
rastras hasta la plaza del pueblo y la apalearon como a un perro.
Williams lo miró con sus
pequeños ojos azules expectante y en silencio. La camisa pegada a su
cuerpo iba perdiendo la humedad.
―La encarcelaron durante
algún tiempo, hasta que finalmente perdió la cabeza. La gente dice que
hizo pactos con el diablo y consiguió escapar de su celda. Huyó hacia la
montaña, hacia el acantilado de Billingsgate, se construyó una choza de cañas
y abrazó la brujería.
Williams recordó el grito de
horror que provenía de aquel acantilado.
―La gente la dejó tranquila,
era mejor tenerla controlada y sus virtudes en la magia roja, como ella
dice, ayuda a la población a conseguir fortuna y amor.
Williams soltó una moneda
sobre la barra.
―Por las noches invoca
poderosas tormentas para hacer naufragar a los marineros como Bellamy y
ruge a los niños y a su mala fortuna en el filo del acantilado,
para liberar el odio de su
cuerpo, ya que su alma la vendió hace mucho tiempo al diablo.
Williams recogió su chaqueta
y con la ropa aún mojada anduvo directo a la puerta.
―Continúe usted con su buena
noche, señor, voy a ver si mejora la mía. ―dijo saliendo por la puerta de
la taberna en dirección al acantilado Billingsgate.
La noche, ahora calmada,
hacía que la oscuridad desapareciera bajo la luz de la luna llena. Williams
anduvo parsimonioso en dirección al acantilado, hasta que llegó hasta lo
que parecía la choza de la bruja de Billingsgate.
Williams pudo ver a través de
las cañas la luz de las velas. Se acercó hasta ella y tocó a la puerta.
Con rapidez, esta se abrió y apareció ante él lo que quedaba de Mary
Hallett, muy diferente a como su compañero Sam Black le había contado las
largas noches a bordo del Marianne.
―¿Mary Hallett? ―preguntó
Williams ante la muchacha que vestía de luto, su pelo guardado bajo una cofia
negra y las encías y la frente teñidas con cenizas. Ella lo observó en
silencio, hasta que se giró y desapareció choza hacia dentro.
Williams entró tras ella. El
aire estaba cargado y viciado, olía metálico y a humo. A un lado, una
mesa con un tosco altar lleno de calaveras, muñecos de trapo y plumas se
encontraban iluminadas por velas. La choza estaba abarrotada de objetos
extraños y lo que parecía basuras escupidas por el mar. Mary encendió otra vela
en la mesa donde se sentó. E invitó a Williams a sentarse frente a
ella.
El capitán finalmente
obedeció y tomó asiento, agradeciendo el trago de a saber qué, de lo que
le ofreció.
―¿A qué vienes aquí,
marinero? ¿Acaso no sabes que hechizo a los barcos y a su tripulación?
―dijo Mary en un tono entre pena e ironía.
―Vengo de parte de Bellamy.
―Esas palabras helaron la sangre de Mary, que se paró en seco y fijó sus
ojos castaños sobre Williams.
―No quiero saber nada de él
―dijo finalmente y volvió a servirse el líquido negro que bebió de un
trago―. Si no tienes más que ofrecerme, puedes salir por donde has
venido, marinero. ―dijo esta última palabra con ira en su voz.
Williams conocía a las mujeres
y sabía que Mary estaba deseando tener nuevas de Bellamy, aunque fuera
tarde. Aunque no fueran buenas. Así que permaneció sentado sobre su
silla. Mary al ver que el capitán seguía quieto, se levantó y se dirigió al
otro lado de la choza donde cogió un chal y se cubrió los hombros y el
pecho.
―¿No me has oído? Ya puedes
irte. ―dijo Mary dándole la espalda a Williams.
―Samuel falleció el pasado 26
de abril cerca de aquí, una tormenta le sorprendió―. Mary no se giró,
pero Williams pudo sentir cómo las lágrimas caían por sus mejillas. ―Iba
a bordo del Wydah cuando la tormenta cayó sobre él, falleció junto
a ciento cuarenta y cuatro hombres más, solo dos sobrevivieron.
Mary cayó al suelo entre
sollozos, sabiendo que su poder, su brujería y sus demonios habían
llevado a cabo la venganza que tanto había deseado y que ahora, caía
sobre ella como una maldición. Williams se levantó parsimoniosamente hacia la
puerta.
―Lo último que me contó es
que venía a cumplir su promesa en el Cabo Cod. ―dijo Williams y salió por
la puerta, donde el sol empezaba a despuntar por el este.
Williams abandonó la choza
habiendo realizado su cometido para con el muerto Samuel Bellamy, uno de
sus más cercanos amigos de correrías y de piraterías. Que Dios lo tenga
en su gloria. Aunque por lo acaecido, es probable que anduviera en las
profundidades del océano junto al mismísimo demonio.
Al llegar al puerto era de
día, rápido asciende el sol a lo alto del cielo en esas latitudes. El mar
calmado brillaba turquesa bajo el St. George y la tripulación esperaba
a embarcar y partir.
―Capitán, ¿qué tal la noche,
ha podido descansar? ¿O a estado ocupado con las mozas del puerto? ―dijo
un marinero y los demás rieron al unísono.
Williams rio con ellos y
subió el último al barco. Aquel que había hecho guardia le comunicó las
nuevas y los arreglos que habían tenido que realizar a la embarcación
tras la tormenta de la pasada noche.
Finalmente, sin más dilación
Paulsgrave Williams junto a su tripulación y después de haber cumplido
con los deseos del ya difunto Samuel Bellamy, abandonó Cabo Cod y el
estado de Massachussets para volver a la mar, a las aventuras, a verse la
cara con Dios y el demonio en cada tormenta, en cada noche que la luna no
ilumina sus caminos.
En cada invocación que Mary
Hallett hace al diablo desde el acantilado de Billingsate.
Finalmente, Mary Hallett
murió sin haber contraído matrimonio y sin hijos en abril de 1751 a la
edad de sesenta años. La leyenda cuenta que, hasta el último de sus días,
siguió invocando tormentas por Samuel Bellamy.
Soy Cristina Domingo y nací en Almería, España. De pequeña tenía problemas de comprensión y de atención, por lo que me obligaron a leer todos los días dos hojas del Barco de Vapor, finalmente, tras tardes de lloro y queja, la lectura y la escritura se convirtieron en mi pasión. Devorando con tan solo once años El Señor de los Anillos y actualmente, leyendo todo tipo de libros que caen en mis manos con un afán desmesurado por conocer la literatura de todos los países. Ya desde pequeña, comencé a escribir pequeñas historias, primero de carácter más infantil y después historias más adultas y con más contenido literario.
Lo que me llevó a enviar mi primer relato a un concurso, con inesperados resultados, pues en 2014 gané el VIII certamen literario de la asociación grupo literario cultural Alfambra recibiendo el premio Óscar Abril con el relato "El fondo del mar de piedras".
En 2017 creé junto a otros compañeros el club de escritura "Torre de Marfil", donde realizábamos ejercicios de escritura y, tras un año, finalmente, me lancé a escribir y publicar mi primera novela: The Seer: El misterio de Roslin.
En 2019 publiqué la segunda parte The Seer: Los orígenes, Dundee.
En 2021 publiqué el relato de “Pieles rojas” en la revista literaria Plumafanzine, Vol.7.
En 2022 tuve la suerte de poder hacer una intervención especial en el programa de radio “Rapsodia mental” dirigido por el mexicano Alejandro Garza, que podréis encontrar en Spotify.
En diciembre de 2023 he publicado “Señor, perdónalos” que podréis encontrar en Amazon.
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Nuria Blanco Nevado
FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN
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