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sábado, 18 de noviembre de 2023

10 de diciembre

LA CANCIÓN DEL DESIERTO 

Mario Ariza

Para una mejor experiencia, se recomienda leerlo oyendo el Saurian Meditation, de Karl Sanders.

1

El carro de guerra dejaba un rastro de polvo a su paso. Aetħas, el auriga, azuzó las riendas con brío. Eruk, el arquero, tenía una flecha preparada sobre la cuerda sin tensar. Ilkim, el tercer pasajero, se llevó la mano a la frente para improvisar una visera mientras entornaba los ojos. Creyó detectar movimiento en el horizonte. Vagas formas entre las dunas de arena. Vagas siluetas moviéndose en el polvo.

Cabroñes ―dijo, fingiendo una sonrisa. Era el término despectivo que utilizaban en Eanna para referirse a los habitantes de Goetia, una alusión a los dos pequeños cuernos que coronaban su cabeza. Una aberración de la naturaleza con forma humana y rostro de macho cabrío.

Se llevó los dedos a la boca para silbar. Después, cogió una de las picas y la movió hacia los lados para transmitir el aviso. Eruk tensó la cuerda de su arco. Aetħas chascó las riendas. A su espalda, los otros carros de la patrulla se apelotonaron para cerrar filas. Ilkim volvió la vista al frente y preparó la pica para el combate. Era un arma flexible, compuesta por varias cañas ensambladas y una punta de bronce, diseñada para perforar la armadura del oponente y partirse antes de que el mástil transmitiera toda la fuerza del impacto a su portador.

Ilkim contaba con cuatro picas y dos robustos venablos de cedro, pero su reacción habría sido la misma si hubiera tenido un cañón łestoniano montado sobre la exigua plataforma del carro: cuando los primeros goetianos se acercaron lo suficiente como para distinguirlos, abrió la boca como una trucha en pos de un batracio. Los cabroñes cabalgaban sobre criaturas remotamente emparentadas con los perros famélicos que rondaban el basurero de Erebstran, pero mucho más grandes y mejor alimentados.

―Son jinetes de varganur ―dijo Eruk, que tenía cierta experiencia.

Ilkim no lo escuchó. Se limitó a verlos pasar con la mandíbula desencajada. La primera flecha de Eruk impactó en el escudo de un jinete y se quedó incrustada en la piel que lo recubría. Este siguió avanzando en línea recta hacia ellos, hizo un quiebro en el último segundo y les pasó por la derecha. Un sable de caballería hendió el aire por su izquierda, esquivando la oreja de Eruk gracias a la hábil maniobra de Aetħas. Hubo otro goetiano que arrojó su jabalina contra el siguiente carro de la unidad, desmontando al auriga con la fuerza de una ballesta baladhia.

La pica de Ilkim colgaba flácida por delante del vehículo, como la de alguien que ha olvidado cómo usarla. Los ruidos de la contienda y los gritos de Aetħas lograron por fin sacarlo de su estupor. Había venido a matarlos. Había venido a llevarse a todos los goetianos que pudiera a las profundidades de Tsevarga, donde al fin se reunirían con su siniestro dios. «O eso he dicho, se recordó. En realidad, estoy aquí porque no me queda alternativa. Es la única forma de no descubran que soy un cobarde. Todos mis amigos han pasado por esto, y la mayoría hasta lo ha disfrutado. O eso dicen. Ahora, Tenke está prometido con esa chica tan guapa y Dorbi tiene un retoño en camino gracias a sus aventuras encima de un carro». Ilkim habría dado todos sus ahorros por no formar parte de esa condenada patrulla de reconocimiento y no tener que enfrentarse a esos engendros. Por tener un cuchillo en la mano en vez de aquella maldita pica, y preocuparse solo por cómo iba a terminar de tallar la estatuilla que le estaba haciendo a Deva. Pero sin matar goetianos, las probabilidades de gustar a Deva eran demasiado escasas. Técnicamente, podríamos decir que estaba allí por Deva.

Con un grito de guerra que poco tenía que envidiar al chillido de una niña asustada, Ilkim redirigió la pica hacia el siguiente jinete del tropel. El arma atravesó la armadura y la punta emergió entre sus omoplatos del goetiano antes de que el mástil se tronchara y el goetiano cayera derribado.

―¡Eso es, chico! ―le felicitó Aetħas.

Libre de su jinete, el varganur saltó hacia el carro. Ilkim volvió a poner su mejor boca de pez y observó las mandíbulas que se abrían, mostrando dos hileras de dientes. Vio su vida reflejada en ellos. Vio a Deva, con la pomposa túnica que llevaba la Noche de la Cierva, bailando alrededor de la hoguera mientras él pensaba cómo acercarse. Esa fue la noche que decidió alistarse en las patrullas. Unas cuantas escaramuzas contra los cabroñes, algunas anécdotas con las que empezar una conversación para impresionarla, y estaría siguiendo los pasos de Tenke. «Entonces caerá rendida a mis pies».

Ingenuo de él. No iba a salir vivo de allí. Lo único con lo que podía impresionar a Deva era con sus chillidos. Se encogió, gritó como si quisiera dejar sordo a Eruk, apretó los ojos y encomendó su supervivencia a algún dios cuyo culto llevaba milenios sepultado bajo las arenas. Un instinto tan absurdo que resultaba un milagro que su estirpe no se hubiera extinguido ya. Eruk podría dar fe de ello, pero lo que dio fue un tirón a la cuerda del arco. La flecha, de punta aserrada, destrozó la garganta del varganur, hizo que el animal se encogiera y apartó su trayectoria de Ilkim. El cánido chocó con violencia contra el carro. El impacto estuvo a punto de partir la caja, pero la exquisita selección de maderas escogidas por el padre de Ilkim para la construcción del vehículo amortiguó el impacto y evitó la tragedia.

―Maldita sea, ya puedes dejar de chillar ―dijo Eruk―. Los has espantado a todos.

Ilkim se atrevió a abrir los ojos. El carro seguía su inexorable marcha por las arenas. Los ruidos de lucha habían cesado. Había sobrevivido a su primer encuentro contra los goetianos. Se secó la frente perlada, dejó caer la caña partida y tomó una nueva pica. «Deva no se lo va a creer».

Se secó la frente, perlada por el esfuerzo de gritar. Ya estaba. Ya era un guerrero. Había matado a un hombre cabra: ya podía volver a casa tranquilo sin que nadie lo acusara de cobardía. Podría convivir felizmente con su falta de valentía, construyendo muebles junto a la chica que le gustaba y los hijos que tuviera con ella.

―¿Por qué han pasado de largo? ―preguntó. Sentía el combate como algo lejano. En realidad no le importaba, pero debía mantener su apariencia de tipo duro.

―Van a perseguirnos ―dijo Aetħas con sequedad, e Ilkim sintió que el color huía de su rostro.

―¿Qué?

Salió más agudo de lo esperado. No quería volver a pasar por eso. Ya se había ganado su lugar junto a Deva. ¿Qué necesidad había de luchar otra vez?

―Tenemos que evitar que nos pillen por la retaguardia ―dijo el auriga―. Giramos a la derecha. Transmite las órdenes.

Intentando dominar su pánico, Ilkim tomó las dos lanzas cortas, las levantó en alto y trazó repetidas veces un ángulo de noventa grados con la derecha, asegurándose de que todos los carros lo vieran.

―Ahora, a cerrar filas. Formación en cuña.

Pasó el segundo mensaje, estirando los brazos y juntando las puntas de ambas lanzas para formar un triángulo sobre su cabeza. Aetħas aminoró la marcha. Los carros giraron con suavidad para no dispersarse demasiado. El atardecer invadió su campo visual. Avanzaron a tientas, entre su propio rastro de polvo y los rayos del sol poniente. Los goetianos surgieron de la nada, arrojando sus jabalinas. Ilkim esquivó por los pelos una que casi pone fin a su prometedora carrera de ebanista. El auriga que iba tras él no tuvo tanta suerte y recibió un proyectil en el cuello. Sin nadie a las riendas, los caballos se desviaron de su trayectoria, acercándose demasiado al carro vecino. Cuando la rueda tocó el eje del otro vehículo, lo atrapó entre dos radios y estalló en pedazos. Ambos carros saltaron por los aires como resortes, convirtiendo dos hermosas máquinas de guerra en amasijos de carne y madera bajo una lluvia de picas rotas y astillas.

Esta vez no tuvo tiempo de apuntar a ningún goetiano. Los jinetes pasaron veloces como borrones a ambos lados de la formación y se desvanecieron. Perdieron cinco carros completos en aquel asalto. Aetħas hizo volver a girar, pero ya no quedaban enemigos a los que hacer frente. Aminoraron la marcha y regresaron al campo de batalla para hacerse cargo de los heridos. Los carristas supervivientes fueron redistribuidos en los vehículos con bajas, repartieron las armas sin dueño y reanudaron su marcha por el interminable desierto. Todavía quedaba luz y debían aprovecharla para explorar. Ilkim no soltó la pica en todo el trayecto.

2

Avistaron las ruinas poco después. Aquellos escombros polvorientos, de los que sólo quedaban las piedras más pesadas, otrora formaron parte de una enorme muralla. Levantada en tiempos de los c’telis, marcaba entonces la frontera entre la fértil región de Ilăk, al norte, y los desolados páramos de Goetia, al sur. Sin puertas ni adarve, un muro de bloques ciclópeos donde los mejores escultores c’telis grabaron los mitos de la creación en la fachada visible desde Ilăk y un compendio de monstruos en la goetiana, un vano intento por disuadir a los hombres cabra de cruzar la barrera.

Ilkim lo sabía gracias a Na Hrædan Draida, una vieja canción que contaba la historia de los c’telis desde la fundación de Sămara, la primera ciudad del mundo, hasta el florecimiento del imperio ilăkio y su desmembramiento. Con el paso de los años, la prolífica Ilăk se convirtió en desierto, y la muralla perdió su razón de ser. La arena había enterrado sus cimientos y erosionado los relieves, respetando cada cierto tiempo el tentáculo de un monstruo reptante o una cabeza de gorgona. Cuando cruzaron al lado ilăkio, Ilkim creyó reconocer la escena en la que el Labrador de Mundos veía a la Madre Ciega usar su ojo para fabricar la aguja con la que dio vida a los primeros hombres. Tenía ganas de llegar a casa para tallar algo inspirado en esa aventura.

Un kilómetro más allá, la muralla terminaba de golpe. Los goetianos habían reducido ese tramo a pedruscos para usarlos en sus propias construcciones, aunque los cimientos graníticos permitían intuir el antiguo trazado. Aquella zona del desierto estaba plagada de escombros que hacían traquetear las ruedas.

―Esto no me gusta ―gruñó Eruk, con el arco a punto. En el cielo rojo, las nubes deshilachadas se extendían hacia el sur―. Han desaparecido sin dejar rastro. Nos han dejado entrar en sus tierras sin más. Algo traman.

―Dos kilómetros más y regresamos ―prometió Aetħas―. Su campamento no debe estar lejos. Mantened los ojos abiertos. No quiero sorpresas.

El auriga instigó a los caballos con otro tirón de riendas. Con sus cincuenta años, Aetħas era el más veterano de la unidad y en Erebstran tenía una reputación impecable. Los que habían viajado con él decían que conocía el desierto mejor que la palma de su mano. Ilkim no lo dudaba. Preparó otra pica y entornó los ojos, tratando de distinguir algo entre la arenisca que levantaba el viento. Tenía una extraña sensación, como si una presencia mágica y antigua flotara en el ambiente.

Fue entonces cuando la oyó por primera vez. Una voz de mujer entonando una hipnótica canción en un idioma desconocido.

―¿Escucháis eso? ―preguntó Eruk, relajando la forma de agarrar el arco.

―Sí ―dijo Ilkim, que nunca había oído una voz tan hermosa―. ¿Qué es?

―Jamás había escuchado algo igual ―dijo Aetħas. Incluso su malhumor parecía haberse esfumado.

Era un lamento de una perfección casi divina, cargado de una melancolía que oprimía el pecho y obligaba a contener la respiración para no perder detalle. Ilkim reconoció una palabra suelta de aquella lengua exótica. Recordaba haberla oído en otra ocasión, pero no su significado.

―¡Que me arranquen las orejas si Išalha no ha bajado del Tsevarga para deleitarnos con su música! ―dijo Eruk, embelesado.

―Es baaldro ―reconoció Aetħas―. La primera lengua que hablaron los dioses. La madre de todas las demás.

La memoria de Ilkim se inundó con el recuerdo de una escena acontecida en una taberna dos inviernos atrás, con gente agolpada en torno al fuego para escuchar a un bardo komish entonar un canto en baaldro. La magia de sus palabras, imbuidas en una extraña fuerza arcana, quedó grabada a fuego en su mente, si bien la canción que arrastraba el viento superaba con creces el vago recuerdo de ese aedo.

Eruk bajó el arco. Los caballos relajaron la marcha. Aetħas no les hizo recuperar el ritmo. El viento condensaba una tormenta de arena que impedía ver con claridad, pero a nadie parecía importarle. Ilkim ni siquiera fue consciente de que la amenaza de los jinetes y las ganas de regresar se habían desvanecido.

Aetħas los guio a través de la tormenta, que con los últimos rayos del atardecer tenía el aspecto de una nebulosa rojiza. Dejaron atrás los restos de la muralla y continuaron entre los escombros, las ruedas traqueteando como la dentadura de un anciano asustado. La voz parecía venir de todas partes, acompañada por la sedosa melodía de una flauta. Perdieron la cuenta de los kilómetros que siguieron adentrándose en el desierto y del lento desgranar del tiempo.

Ante ellos se materializó la silueta de un edificio de dimensiones colosales. Uno de sus muros se apoyaba en un tramo de muralla, los demás eran de mampostería. A Ilkim no le costó imaginar de dónde habían sacado las piedras para aquella titánica estructura, que recordaba vagamente a un templo. El pórtico se erguía sobre unos escalones irregulares, hundidos en la arena. Lo sostenían cinco columnas de tambores angulosos que parecían mantenerse en equilibrio por arte de magia. Algunos conservaban los bajorrelieves c’telis. Los muros laterales carecían de aberturas, lo que les daba la apariencia de un conglomerado de escombros. En la esquina derecha se levantaba, a modo de acrotera, la estatua de un goetiano de cuatro cuernos. De la opuesta sólo quedaba el pedestal, y unos restos sepultados al pie de la escalera.

Los siete carros se detuvieron a la sombra de aquella mole. Sentado en los últimos peldaños, un anciano tocaba una flauta siringa. Las notas se elevaban hacia el cielo amoratado y a la altura del tejado se unían al cántico de la mujer, que danzaba en el pedestal vacío. Allí su voz era mucho más nítida. Sus movimientos eran suaves y acompasados, como una espiga a merced de la brisa, su melena color caoba ondeando al viento. Vestía un peplo color crema, ceñido con fíbulas doradas, que dejaba entrever su cuerpo de piel fina y bronceada. Dos diminutos cuernos nacían en su frente, aunque el pelo los mantenía ocultos la mayor parte del tiempo.

Los cuernos del anciano eran, por el contrario, visibles en todo momento. Los dos primeros nacían en la frente y se elevaban por encima de su cabellera grisácea, mientras que los otros dos brotaban de la sien y se enroscaban en una espiral. Vestía una capa de viaje sobre una túnica oscura, con la capucha echada hasta donde le permitía la cornamenta. Sus ojos, relucientes como ascuas, se hundían en su rostro huesudo y alargado, salpicado por un mechón de barba blanca.

La melodía de la flauta comenzó a sonar más lento. La mujer adaptó su baile y su cantar. El viento agitaba su peplo con furia. El ceñidor izquierdo no tardó en soltarse, dejando al descubierto uno de sus pechos. El otro aguantó un poco más, pero al final la tela voló con el viento para aterrizar ante los carros. La goetiana quedó desnuda, bailando grácil sobre el pedestal erosionado.

A Ilkim le sorprendió comprobar que su anatomía era igual que la de cualquier otra mujer, con la salvedad de su rostro ligeramente alargado y aquellos diminutos cuernos. Le habían dicho desde pequeño que los goetianos eran monstruos, pero allí sólo veía a una mujer preciosa de la que no podía apartar la vista. Su cuerpo parecía cincelado por el mismísimo Vermyapre con curvas sublimes y proporciones armoniosas. Hasta Deva languidecería en presencia de aquella joven de voz celestial. Sintió ganas de saltar del carro y correr hacia ella, trepar por las ásperas paredes del edificio, bailar desnudo a su lado y, terminado el baile vertical, comenzar otro horizontal sobre las losas del tejado. Había perdido todo deseo de regresar. Ahora lo único que quería era quedarse a su lado. Podía fabricar muebles para los goetianos y aceptar que sus hijos tuvieran cuernos con tal de pasar sus días al lado de aquella fascinante mujer de ojos melancólicos.

La flauta dejó de sonar. El movimiento de sus caderas amainó hasta concluir en un último giro. La canción dejó paso a un silencio sepulcral, quebrado por el furioso ulular del viento entre las grietas del edificio. El anciano guardó la flauta en su zurrón y se incorporó, ayudándose de un cayado rematado por una calavera de cabra. La joven se esfumó entre la arena. El sol se había ocultado tras las montañas, dejando una pincelada anaranjada allá donde se supusiera que estaba el horizonte.

¿Cómo habían llegado hasta allí? Podían haber pasado horas, días enteros desde que oyeron la voz y siguieron su rastro hasta la entrada del macabro santuario.

Aquel goetiano de edad incalculable bajaba por las escaleras, golpeando el granito con su cayado. La arena se arremolinaba a sus pies. Ilkim sintió un escalofrío al ver sus ojos centelleantes en su terrorífico rostro de cabra.

―¡Regresamos! ―gritó Aetħas para hacerse oír por encima del rugido del viento. 

Ilkim descubrió que había perdido las lanzas de dar órdenes. ¿Por dónde iban a girar? ¿Derecha? ¿Izquierda? ¿Acaso importaba? Los caballos se lanzaron al galope hacia el flautista para maniobrar y escapar de allí. Los demás carros arrancaron de súbito y cada uno trató dar la vuelta como pudo. En momentos de urgencia, la coordinación era pisoteada por las pezuñas del caos. Aetħas estuvo a punto de chocar con otro carro. Ilkim tuvo que agarrarse al lateral para no salir despedido. Eruk no tuvo tanta suerte y rodó por la arena con su arco. Ilkim lo vio ponerse de pie y disparar una flecha al goetiano, pero no si acertaba. Lo último que escuchó de él fue un grito terrorífico que le obligó a apartar la mirada. Sintió un escalofrío al recordar los ojos del anciano. Decidió que había cosas que era mejor ignorar.

Un carro volcó a su izquierda, diseminando a sus tripulantes por la arena. Los cascos de un caballo impactaron sobre la cabeza del lancero, quebrando el yelmo y lo que había debajo. Los otros echaron a correr, huyendo del anciano que había desatado el horror. Uno logró subir a un caballo, y los gritos del otro se ahogaron en la tormenta.

Tropezaron con una piedra. Las ruedas despegaron del suelo unos instantes, pero pronto volvieron a tocar la arena. La exquisita selección de maderas elegidas por su padre para la construcción de la caja amortiguó el impacto y evitó que se desmontara.

El inquietante cántico de la mujer volvía a resonar en el centro de aquella tormenta que distorsionaba el espacio. Esta vez no la acompañaba la flauta, sino un zumbido que iba aumentando de intensidad. Habían perdido todo rastro de sus compañeros. Quizá alguno hubiera escapado. Tal vez todos hubieran vuelto al polvo.

«Debimos volver cuando nos encontramos a los goetianos. Ahora estaríamos a salvo en el campamento. Pero ella era tan hermosa…»

El carro atravesó otro bache y estuvieron a punto de volcar. Esta vez fue la pericia de Aetħas lo que les salvó. Si los escombros no acababan pronto, las ruedas acabarían partiéndose. Ilkim lo sabía bien. Había visto a su padre fabricar cientos de ellas, y luego llevarlas al límite para comprobar su resistencia. No aguantarían muchos más saltos a esa velocidad.

Ilkim manoteó el aire para matar un insecto que se había posado en su brazo. El zumbido había eclipsado la voz de la joven, como una intensa pulsación que aletargaba los sentidos. Un caballo relinchó y se agitó, haciendo crujir el timón del carro. Algo se había posado en su lomo y le chupaba la sangre. Eran insectos como el que Ilkim acababa de matar. La arena se abrió de repente, mostrando una gigantesca nube de langostas que avanzaba directa hacia ellos.

―¡Cuidado!

Aetħas tiró bruscamente de las riendas. Las ruedas volvieron a volar y a quejarse. La visibilidad era nula a causa de la arena y la oscuridad. Ilkim vio algo delante de ellos e imaginó que volvían a ser las persistentes langostas. Salió de su error demasiado tarde. Concretamente, cuando Aetħas soltó una maldición y el carro se precipitó contra la muralla. Ilkim estaba demasiado asustado como para fijarse en si el relieve correspondía al lado ilăkio o al goetiano.

3

Cuando abrió los ojos, no quedaba rastro de las langostas. La tormenta había amainado y brillaban las lunas entre los jirones rasgados de las nubes, Tsevarga creciente y Gyen en las últimas fases de su mengua. La cabeza de Aetħas coloreaba de rojo oscuro el muro, remarcando las fauces de una criatura con tentáculos. Un final de lo más irónico para el mejor guía de Erebstran: escalabrado al huir de una nube de insectos tras perderse en el desierto que tan bien conocía.

Se obligó a apartar la vista de aquella cabeza aplastada como una sandía al caer de un tejado. Todo estaba en calma alrededor. Un caballo había desaparecido, el otro resultó empalado por un travesaño del carro y yacía muerto a su lado. Ilkim se llevó la mano a la frente. El golpe le había causado una brecha de tamaño considerable por la que sentía palpitar su corazón. No sabía el tiempo que llevaba inconsciente. 

El viento silbaba entre las dunas, realzadas por los colores de los dos astros. Aquella noche primaba el verde de la gigantesca Tsevarga, la luna donde moraban las almas de los muertos después de que las libélulas se las llevaran, como había sucedido con la de Aetħas y Eruk. Ilkim tenía la sensación de haberlo soñado todo, pero uno no despierta bañado en sangre al soñar que sus compañeros mueren. «Ese goetiano era muy real. ¿Lo era también la mujer que cantaba, o ella sólo era una ilusión?»

La cabeza estaba a punto de estallarle. La muralla daba vueltas a su alrededor. Se apoyó en los restos del carro. Las ruedas habían terminado partiéndose de tanto bache, tal como imaginó, y también la exquisita selección de maderas de la caja, reducida ahora a un armazón de listones. Ilkim aguantó con los ojos cerrados hasta que el mareo se hizo más soportable y pudo permanecer en pie. Encontró una de sus picas, partida a la mitad, y le ofreció una nueva oportunidad como bastón.

Sin el sol para guiarse, no tenía la menor idea de por dónde quedaba su preciado Erebstran. Terminó orientándose con la muralla, decidiendo que si los relieves de Goetia eran los que representaban monstruos, debía cruzar la muralla y adentrarse en el antiguo desierto de Ilăk. Le hizo gracia pensar que tal vez encontrara las ruinas de Sămara, como soñaba de pequeño, aunque ni llevaba consigo un ejército ni quedaran c’telis a los que salvar, aunque estaba demasiado cansado para reírse.

Apenas había dado dos pasos cuando la sensación de estar solo en el mundo desapareció. Unos metros por delante se erguía la imponente silueta del goetiano que tocaba la siringa en el templo, el mismo al que Eruk había intentado atravesar con una flecha sin demasiado éxito. La túnica oscura, ceñida con un cordel y mordisqueada por las polillas, ondeaba al viento a la par que su larga cabellera. Sus ojos refulgían rojos en la negrura de la noche. A la luz roja de Gyen, sus cuernos parecían de fuego. Los primeros rectos, los segundos retorcidos. Ilkim reparó en que tenía un tercer par que antes le pasó percibido. Nacían en la frente, justo debajo de los más largos, y no tendrían más de cuatro dedos de longitud. Había oído que la cornamenta de un goetiano indicaba la pureza de su sangre y su posición social: dos eran típicos del pueblo llano, cuatro se asociaban a la aristocracia. Desconocía qué significarían los seis de aquel tipo, pero recordó que había cosas que era mejor ignorar.

El anciano extendió la mano hacia el muchacho. Sus dedos huesudos, acabados en uñas mugrientas, señalaron a Ilkim. Los ojos de un extraño medallón plateado, tallado en forma de cabeza de león, refulgieron amarillentos por un momento. Luego, una fuerte punzada de dolor retorció el pecho de Ilkim, que cayó de rodillas. Sintió palpitar su corazón a toda velocidad. Notó el cálido tacto de la sangre, manando de la herida de su frente y lamiendo su rostro como un cachorro cariñoso al volver a casa. El hombre cabra cerró el puño. Aquel intenso dolor fue lo último que Ilkim sintió antes de morir. Su caja torácica se abrió de golpe, esparciendo una lluvia de sangre, carne, vísceras y huesos triturados sobre los restos de la muralla y las arenas del desierto.

El goetiano dio media vuelta, se envolvió en su capa y se alejó cojeando, apoyado en su bastón rematado por una calavera de cabra. Su nombre era Kevõlf. A su espalda, la sangre del muchacho brillaba espectral a la luz de las lunas.


Notas:

[1]  En baaldro, «La canción de las piedras».


SOBRE EL AUTOR



Mario se crio esquivando los espadazos de Conan, los chakrams de Xena y los bastonazos de Gandalf. Entusiasta del mundo antiguo, las lenguas muertas y la historia militar, ejerce como profesor de latín y cultura clásica mientras trabaja en su saga de fantasía oscura con toques de western y steampunk. Su primera novela, Hasta que me lleven las libélulas, se halla en busca de editorial, y tiene también un proyecto musical, Man Daitõrgul, basado en sus propias historias.



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Nuria Blanco Nevado

FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN

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