18 de diciembre
PIELES ROJAS
Cristina Domingo
Ian McEwan estaba tumbado sobre el resalto que daba vista al valle, mientras Angus Craig se encontraba recostado a su lado. Ambos habían salido de Dundee, una ciudad a los pies de las Highlands en Escocia, hacía apenas 7 años. Sus padres habían combatido en el alzamiento jacobita de 1745, muriendo en la batalla de Culloden y, tras la victoria, la represión inglesa a la cultura highlander, hizo que Ian y a Angus se vieran en la miseria obligados a escarbar la tierra en la búsqueda de una mísera patata que llevarse a la boca.
La hambruna y las grandes llegadas de inmigrantes a Escocia provocaron que el único sitio donde podía encontrarse una oportunidad de trabajo fuese Edimburgo. La ciudad se había convertido en un hervidero de locos vaticinando el fin del mundo con la llegada del 1800. Así, los fanáticos expiaban sus pecados a través de bacanales de sexo y carne, en nombre de nuestro Señor.
Ahora, Ian se encontraba codo con codo con Angus. Se conocían desde la más tierna infancia y les unía algo más que la historia. Llevaban más de dos horas haciendo guardia a las afueras de Williamston, en Carolina del Norte. Aquí, las leyes se tomaban más a la ligera y, mientras no te viera ningún oficial inglés, podías usar un “Ciamar a tha sibh1”, ya que usar el gaélico había sido penado con la horca años atrás. La Corona Inglesa vigilaba y gobernaba gran parte del territorio del Nuevo Mundo. Para Ian y Angus, pasar meses en un barco de pesca trabajando por 3 chelines al día, no había sido el sueño de sus vidas, pero la muerte y el hambre, además de las grandes historias llegadas desde el Nuevo Mundo, acrecentaban la fantasía de los jóvenes a embarcarse.
Ian y Angus habían sido enviados por el comandante Greenwich a hacer guardia y vigilar a los Tuscarora. Esos malditos indios eran altos y ágiles, pero nada comparado con escoceses curtidos por las tierras altas. Las pinturas en su cuerpo recordaban a las de los Pictos, antiguos pobladores de Nueva Caledonia, al norte del muro de Adriano.
Un gran perro salió de una de las tiendas y comenzó a ladrar, Angus e Ian se pegaron todo lo que pudieron al suelo esperando que ese maldito animal no los delatara.
Un Tuscarora salió a comprobar qué ocurría, pero al ver que todo seguía en orden apenas hizo caso omiso. Alasdair, un joven originario de la isla de Skye, al oeste de Escocia, se acercó por detrás a Angus e Ian, pero por el ruido que hacía podían haberlo oído hasta los Powatan que se encontraban varias leguas al norte.
—¿Qué haces aquí?, estás haciendo mucho ruido — dijo Angus en gaélico de mal
humor.
—El comandante no ha dado nueva orden, por ahora solo quiere el parte. —dijo el
pequeño Alasdair con las erres muy marcadas y que ahora se hacía llamar Alex entre los demás compatriotas ingleses. Tras recobrar el aliento se volvió a escurrir y desapareció.
Ian y Angus resoplaron, sabían que le quedaban varias horas a la intemperie. El sol estaba aún en mitad del cielo, el calor era sofocante y la casaca con las medias les picaba irritantemente. Si pudiesen llevar su tartan2.
Angus notaba cómo el sudor le corría por la espalda, a pesar de ello, sentía un frío endemoniado y un escalofrío le recorría el cuerpo cada pocos minutos, además intentaba no rascarse los granitos que le cubrían el cuerpo delante de Ian. Sabía que la viruela estaba creando estragos en las Américas, tanto en los indios como en los del viejo continente.
Los enfermos se hacinaban en cobertizos a las afueras entre gemidos y rascones, algo que además de aterrorizar a la población, suscitaba todo tipo de historias y mitos fantasmales.
Una comitiva de indios salió de una de las tiendas portando un cuerpo, iban vestidos con plumas, pintados de rojos y con una línea negras que le cruzaba la cara a la altura de los ojos. Habían oído que los Tuscarora hacían bailes y cantaban para que su amigo fuese al más allá, nunca debían pronunciar su nombre, sino, el espíritu, al reconocer su historia, querría volver al mundo de los vivos y se perdería por el camino. Angus se estremeció al comprobar cuánto se parecían los muertos en Escocia y al otro lado del mundo.
Los indios colocaron el cuerpo encima de una cama de hierbas y comenzaron a cantar a coro, como un murmullo. Una mujer anciana hacía de chamán, llevaba pintura roja en el rostro y en la mano varias cabelleras, lo que hizo que a Angus le subiera la fiebre de golpe.
—No me gusta nada —dijo Ian en gaélico con un escalofrío recorriendo su cuerpo y eso que no tenía la viruela—. Dicen que cuando matan, se llevan su cabellera para que el alma no pueda irse al más allá y así poseer a sus enemigos. —susurró tocándose el escapulario que se escondía en su camisa.
—Que Dios nos asista. —Y los dos se santiguaron lo más rápido que pudieron.
Estuvieron observando el extraño ritual durante varios minutos, el aire era pesado y podían ver con claridad las motas de polvo de tierra bailando en el aire, ya que no corría ni una brizna de viento.
Cuando los indios terminaron su canto fúnebre volvieron de nuevo en la tienda portando el cuerpo. El sol, que ya no les daba directamente, se había puesto tras una montaña, aun así, seguían sudando. Tras ellos, a casi una milla de distancia, se escuchaba el Río Roanoke, llamado así por los nativos de la zona.
—¿Cuánto queda de guardia? —dijo Angus que ya no sabía cómo tumbarse para que la arena y las piedrecitas, que se le habían metido en las medias, no le rozasen más las heridas.
—En cuanto Alasdair suba por la colina haciendo tanto ruido como un cerdo el día de la matanza, sabremos que nuestro turno ha acabado.
Angus se tumbó bocarriba contemplando el azul del cielo, cosa casi imposible en su país natal y escuchando el arrullo de las aguas.
—¿Hasta dónde llega el río Roanoke?
—No sé dónde empieza, pero sé que termina en el océano, en la villa de Weldon.— respondió Ian tumbándose al lado de Angus, ya que los indios se habían vuelto a meter en las tiendas horas atrás.
—¿Has estado allí, en Weldon?
—No, pero me lo dijeron en la venta. —afirmó Ian.
—Ah. —dijo Angus sin saber muy bien qué decir, perdiéndose en la inmensidad azul del cielo.
—También me contaron una leyenda sobre el río.
Ian se inclinó expectante dando pie a Angus para que siguiese la historia.
—Años atrás se llevó a cabo un asentamiento católico en una ínsula del Roanoke, pasado cierto tiempo, cuando algunos colonos volvieron para comerciar con ellos, todo el poblado había desaparecido por completo, como por arte de magia.
—¿Desaparecido? — A Ian se le pusieron los pelos de punta.
—Ni una sola persona —Angus se incorporó y siguió susurrando—. Unos cuentan que fueron los Cherokee los que pasaron por cuchillo a todos los habitantes —comentaba como un cuentacuentos mientras hacía gestos interpretando sus palabras—, otros, en cambio, afirman que fueron tragados por El Arawak, un demonio Tuscarora con forma de águila que siempre es precedido por un coyote.
Ian guardó silencio y se volvió a recostar sobre la tierra. Pensó en las historias que rodeaban a su ciudad natal, Dundee, en la desembocadura del río Tay en el Mar del Norte, a miles de millas de ahí. Hadas, brujas, druidas y demonios. Pero estos demonios eran distintos, no competían contra Dios. Nuestros demonios se metían en tu cuerpo y te incitaban al pecado. Estos, en cambio, asolaban colonias enteras, sin importar si eran niños, mujeres u hombres. Todo a su paso era destruido.
—¿Ubhal? —dijo Angus sacando una manzana y ofreciéndosela a Ian mientras mordía otra rosada.
—No, tapadh leat. Mi estómago. —Y dio unas palmaditas a su barriga, indicando que algo no iba bien.
En ese momento, se escuchó ruido tras ellos. Eran los indios que sacaban nuevamente el cuerpo del fallecido. Lo llevaban en volandas totalmente desnudo portado por cuatro personas. Los demás, a su alrededor, volvieron a murmurar un canto fúnebre que no sonaba muy triste. Los portadores se alejaron del campamento dirección al bosque. Ian y Angus se levantaron y los siguieron desde lo alto de la colina. Los indios tomaron un camino, el cual, pasaba cerca del campamento vigilia.
—Vamos. —dijo Ian bajando la colina arrastras e indicando a Angus que lo acompañara.
Llegaron hasta otro resalto de piedra que daba al camino y observaron a los cuatro portadores con el cadáver, ya rígido, en sus hombros. Una pequeña jauría de perros los acompañaba.
—¿Lo enterrarán?
—No lo creo, la caridad cristiana no ha llegado aún a estos páramos. Puede que lo quemen. —dijo Angus haciéndose una pequeña cruz en los labios.
Los indios continuaron caminando por la senda hasta que llegaron a un pequeño claro. Cuando comenzaron a bajar el cuerpo al suelo, los perros iniciaron un coro de ladridos hacia él. Uno de los portadores les dio con un palo para alejarlos y le gritó con voz de mando para que se apartaran. Tras dejar el cadáver en el suelo, cogieron piedras de alrededor y construyeron un pilar, pequeño, pero bastante ancho. Pusieron el cuerpo sobre las piedras, haciendo como una especie de altar al fallecido. Uno de ellos dijo algunas frases en su lengua nativa y esparció tierra sobre el lugar. Luego la chamán prendió fuego a unas hierbas que llevaba en la mano, haciendo que el pesado aire se hiciera más ligero, pues el humo era aromático. Lanzó el aire al cuerpo diciendo palabras de consuelo. Finalmente, cuando el ritual hubo acabado, todos se apartaron y se alejaron dejando el cadáver en el pilar. Cuando la comitiva se hubo alejado, el indio que había mandado callar a los perros, se quedó rezagado y finalmente les hizo una señal. Estos, que se encontraban a la espera, se abalanzaron sobre el cadáver y comenzaron a desgarrarlo y devorarlo, gruñéndose entre ellos para obtener la carne más tierna.
Los escoceses palidecieron ante tal espectáculo. Ian no aguantó más y se hizo a un lado para vomitar bilis, pues no había comido en todo el día. A pesar del ruido que procedía de la jauría, los indios alzaron la cabeza en búsqueda de aquel curioso que espiaba su extraño ritual. Angus rápidamente escondió la cabeza tras un arbusto y cogiendo a Ian del hombro intentó que se tumbara en el suelo, con la mala fortuna que lo hizo recostarse sobre su propio vómito, haciendo que este siguiese con un surtido de arcadas incontenibles. Finalmente, Angus se arrastró lentamente sobre el terreno para mantenerse totalmente invisible a sus enemigos, no sin antes tapar la bilis con tierra.
Ian temblaba fuertemente con grandes sacudidas mientras un hilito de baba seguía cayendo de su boca. Angus le tapó con una manta, sabía que su amigo padecía del mal de la viruela, aunque él había querido ocultarlo, la fiebre y el espectáculo habían hecho una gran mella en sus sentidos. Así mismo, le ofreció un poco de leche, que, aunque no estaba caliente, le haría bien en los nervios.
—¿Bainne? —Le ofreció, o más bien, se lo dio en la mano sin esperar una respuesta a cambio.
Ian tomó la leche y se la llevó a los labios bebiendo desesperadamente.
—Querido Angus, ¿recuerdas nuestros viajes hasta Bruach Tatha3? —Una sonrisa iluminó su rostro y sus ojos se perdieron en los recuerdos.
El sol se estaba poniendo.
—Claro que lo recuerdo, cantábamos en la carreta hasta el puerto donde comprábamos pescado para el invierno. —dijo Angus para evitar que Ian pensase en sus fiebres.
Ian vomitó nuevamente echando la leche y derramando la que quedaba en la petaca. Angus se la quitó de la mano y le tapó con la manta hasta arriba, incorporándolo por si volvía a vomitar. Mientras lo acurrucaba comenzó a cantar suavemente en gaélico:
Agallas de arenque, agujas y alfileres, Ojos de arenque, alfileres y
tortas.
Angus continuó la canción, con los ojos cerrados, mientras se cogía a la manta y se acomodaba sobre la tierra.
El arenque es el rey del mar, El arenque es el pez para mí.
Finalmente, los dos se unieron en un coro final:
Cantad, fa la la la lai do,
Acabaron en leves risotadas. Angus había sacado una petaca de wiski. Le dio un trago y se la pasó a Ian, que sin miedo a vomitarlo le dio un buen trago, hasta casi acabarlo. Angus le dejó, sabía que lo mejor era que la embriagadora bebida le enviase más allá de los dolores. Al quitarle la petaca, pudo ver dos lágrimas caer de los ojos de su compañero.
—La noche es bonita McEwan, deja que el señor te guíe. —le susurró al oído intentando tranquilizarlo.
Las primeras luces de la luna iluminaron el rostro del enfermo, pudiendo ver la fiebre apoderarse de su cuerpo y las lágrimas y el sudor brotar de su ser, haciendo brillar su piel. Tumbado como estaba pensando en sus gloriosos días a la orilla del río Tay, en su preciosa Escocia, escuchó un ruido en los árboles cercanos. Se irguió con los ojos muy abiertos y se mantuvo quieto, expectante para escuchar aquello que pudiera acecharles en la oscuridad. ¿Tuscarora? Solo pudo oír la respiración fuerte de su compañero, que ya caía bajo los efectos del alcohol.
Suavemente sacó de su calceta un puñal corto y se incorporó completamente permaneciendo aún sentado. Escudriñó la oscuridad, pero nada pudo ver. Se giró suavemente al campamento indio, pero las tiendas estaban levemente iluminadas. Los Tuscarora ya estaban descansando.
De pronto, vio unos ojos amarillos brillar en la oscuridad del bosque que se abría ante él. Se le heló la sangre, pues pensó que se trataba de algún animal de tamaño medio, un carnívoro sin duda. Por un instante, la historia del Roanoke le vino a la cabeza. Se mantuvo quieto con el puñal en alto, tenso ante la mirada de esos ojos que veía en la oscuridad y que, sin saber, si se trataba de un animal o del mismo Arawak.
El escocés mantuvo la mirada, tembloroso y sin pestañear ni un solo momento expectante al siguiente movimiento, pero sin saber cómo ni por qué, de pronto, los ojos desaparecieron de entre la maleza. A Angus le cundió el pánico, se agarró fuertemente a su puñal con las dos manos bajo fuerte sacudidas de sus miembros. Abrió más los ojos pestañeando rápidamente y la respiración se le aceleró sin control. Echó una fugaz ojeada a su compañero que permanecía en el suelo descansando en un plácido sueño fruto del whiski.
De pronto, un aullido rompió el silencio de la noche desgarrando los nervios de quienes estuvieran escuchando. El sonido era tan fuerte y vibrante, que hizo que Angus gimoteara, pareciendo que llamaba a alguien que se encontraba a miles de millas de ahí.
—… Mama…—Mientras se santiguaba tan rápido como podía. De nuevo un ruido llegó a sus oídos desde la oscuridad del bosque. ¿Un lobo? Pensó Angus entre sacudidas combinabas con lágrimas y sollozos.
Se volvió para escuchar el más leve ruido proveniente de entre los árboles, pero nada se oyó. El aire seguía sofocante y cargado, aunque las pequeñas moscas parecían haberse esfumado. Escudriñó en la oscuridad del bosque nuevamente y sin previo aviso, allí aparecieron, poderosos y fijos unos ojos amarillos. Eran penetrantes y vibrantes como el aullido que resquebraja la noche. Las lágrimas corrieron velozmente por sus mejillas de Angus seguidos de sollozos.
Pater Noste, qui es in caelis…
Los ojos se comenzaron a mover con decisión…
Sanctificétur nomen tuum…
Y, finalmente, las luces de la noche les dio nombre e identidad.
Un niño bañado por luz de la luna apareció ataviado con un simple taparrabos y una corona de plumas de águila, que daban la pincelada final a sus ojos redondos y amarillos.
Angus palideció. ¡Un niño! No supo cómo reaccionar, se quedó ahí en cuclillas observando la curiosa figura en mitad del bosque. Finalmente, bajó el puñal y comenzó a mezclar los sollozos con pequeñas carcajadas. El alivio llegó a las entrañas del escocés, que pudo ver cómo el chico lo contemplaba sin hacer movimiento alguno, apenas estaba consternado. Angus ante la visión del pequeño guerrero, pasó a las carcajadas y se sorbió los mocos en su manga, tan negra como la noche.
Tras unos segundos, el niño se acercó lentamente hacia ellos. Angus se puso en cuclillas y guardando su puñal en la calceta levantó los brazos indicando al extraño que se acercase. El pequeño se paró en seco y miró de soslayo, sus pequeños ojos amarillos refulgían con la claridad de la noche. Angus le mostró una manzana como ofrenda.
—¿Has sido tú quien ha aullado? Ven, no te haré daño. Tengo comida —Y le ofreció nuevamente la fruta—. ¿Eres de esta tribu? —E indicó el asentamiento indio que tenía tras de sí iluminado por las fogatas nocturnas—. ¿Tuscarora?
El niño no habló, pero se puso de frente y negó con la cabeza. Angus estaba sorprendido, pues era difícil encontrar nativos que hablasen inglés, únicamente había un traductor en la aldea que solía ser un misionero o algún esclavo.
—¿No eres Tuscarora? —repitió Angus para asegurarse de lo que el niño quería decirle. Seguía con la manzana en alto y su cuerpo en cuclillas.
El pequeño guerrero volvió a negar con la cabeza. Lo contempló nuevamente de arriba abajo, no tenía pintura alguna en su cuerpo y su vestimenta era, para ser un indio, bastante peculiar. De pronto, se acordó de los tocados de los jefes tribales de los Cherokee, grandes coronas de plumas que indicaban su rango en el grupo.
—¿Cherokee?
El niño no se movió. Angus no recordaba ningún asentamiento Cherokee por la zona, estos se encontraban más al suroeste.
—¿Estás perdido? —preguntó Angus, el niño haciéndole caso omiso comenzó a andar hacia Ian, bajo la atenta mirada del escocés. Tras unos pasos, se paró en frente del moribundo, se agachó y le cogió la cara. Ian se agitó y se acercó miedoso, pero no pudo evitar que el niño pegara su boca a la de Ian.
—Adonvdo asequui5—Un estacato vibrante se posó en cada una de las sílabas.
Angus se abalanzó sobre Ian quitando las manos del niño y protegiéndolo con su cuerpo. El niño se levantó y se quedó al lado observando.
—¡¿Qué haces?! ¡Está enfermo, no le toques! —gritó Angus sin darse cuenta de que el ruido podría revelar su situación al campamento indio.
Lo apretaba fuertemente entre sus brazos, temía que el niño Cherokee hubiera absorbido su alma o le hubiese echado algún tipo de maleficio. Cuando el indio se apartó un poco, Angus se despegó del cuerpo de su compañero y lo recostó de nuevo en la tierra. Lo cubrió nuevamente y le peinó los pelitos rubios pegados a la frente por el sudor.
En ese momento, se dio cuenta de que Ian ya no se encontraba entre los vivos.
El dolor más grande que hubiera imaginado se aferró a su alma, fue como si cien puñales al rojo vivo se instalaran en su pecho y su estómago, haciendo que Angus empezase a convulsionar en un intento fallido por llorar. Tristemente, no hubo lágrima alguna que brotara de sus ojos. Simplemente lo agarró fuertemente en sus brazos y cual infante lo zarandeó desgarrado por el dolor, la ira y la impaciencia del que cree que la muerte tiene solución.
La viruela se había cobrado otra vida.
Incorporó el cuerpo y se lo echó encima como si fuera un bebé, cogiéndolo entre sus brazos. Ahora, las lágrimas brotaban tan fuertes y raudas como sus recuerdos. Ian había sido su vecino, su amigo, su compañero de aventuras a lo largo de su vida, lo había sido todo para él, su hermano sin compartir sangre, su conexión a Escocia y a este vasto mundo que le había dado cobijo bajo la mano y mando del señor. Había sido su ángel de la guarda, su guía. Ahora había sido enviado al reino de los cielos, había sido su fin. La sensación de abandono le cubrió por completo, no sabía cuál sería ahora su cometido en estas tierras llenas de herejes y de enfermedades mortales que asolaban sin tregua ni compasión las vidas de los presentes.
—Mi amor, descansa y ve con Dios y, tranquilo, yo te cantaré para espantar el Cat síth6.
Angus con el cuerpo de Ian aún sobre su regazo, susurró parte de un poema de Robert Burns, al oído:
Los dos hemos correteado por las laderas y recogido las hermosas margaritas,
pero hemos errado mucho con los pies doloridos desde los viejos tiempos.
Cuando hubo terminado de recitar, la quietud lo embargó. Simplemente dejó pasar el tiempo abrazado al que había sido su vida, su camino, su esencia. Tras varios minutos, u horas, donde el tiempo parecía haberse parado, se secó las lágrimas que corrían sin mesura por su cara y dejó el cuerpo de Ian sobre la tierra. Rezó pidiendo misericordia por el alma de su hermano, e hizo la señal de la santa cruz sobre su amigo. Por último, lo tapó con la manta a la espera de que Alasdair llegase y poder hacer el velatorio como era mandado.
Había pasado más de dos horas desde el cambio de guardia y como nadie había ido a pedir explicaciones, todo había pasado por alto, hasta que el comandante James Greenwich quiso saber el parte del día, fue entonces cuando vio durmiendo a pierna suelta a Alasdair. Un buen puntapié lo sacó del mundo de los sueños.
—¡Menudo holgazán estás hecho! ¡Levántate ahora mismo y tráete a los escoceses, o te daré tal puntapié que llegarás a lo alto de la colina de una sola vez! — James Greenwich no era un camarada muy bien hablado y mucho menos de buenos modales.
Alasdair saltó del suelo y salió corriendo a cuatro patas colina arriba huyendo del campamento. Aún bajo la somnolencia, andaba arrastrando los pies y tropezándose con toda piedra a su paso. Había salido tan rápido que había olvidado su mochila, una luz y un cuchillo que tanto usaba, así que, a duras penas, iba siguiendo el camino bajo la tenue luz de la luna llena.
Iba farfullando su despiste cuando llegó al claro, pero no encontró a nadie. Cuando levantó la mirada solo pudo ver el petate que Angus llevaba siempre, una manta en el suelo y restos de vómito. Extrañado, Alasdair, se acercó a las pertenencias y se agachó observando el suelo donde hacía pocos momentos, Ian y Angus, habían estado tumbados. Desde allí también pudo ver el campamento indio, todos los fuegos habían sido apagados y todos los ruidos silenciados. Eso era, había silencio. Demasiado. Un bosque nunca está en silencio y mucho menos por la noche. Alasdair permaneció en cuclillas intentando escudriñar algún ruido de su alrededor, pero ningún animal, ningún ave, nada. Ni siquiera podía oír el Roanoke.
—¿Dónde están todos? —dijo Alasdair levantándose y limpiándose las manos de la tierra.
Anduvo unos pasos alejados del campamento adentrándose en el bosque y vio sangre. Una mancha grande y espesa en el suelo. No se atrevió a tocarla como había visto hacer a su tío Calem cuando iban tras el venado en un día de caza, pero se agachó y la observó, miró más adelante buscando otras pistas con las que seguir el rastro y, apenas unos metros más allá, encontró otra igual de espesa y oscura. Un poco más adelante
encontró en la tierra marcas de haber arrastrado algún cuerpo, probablemente, algún tipo de animal había dado caza a una alimaña y se la había llevado a su escondite.
—Una pieza muy grande, sin duda, ¿un ciervo, quizás?
A Alasdair, lo que en un principio era curiosidad le dio mala espina y sus sentidos se pusieron alerta cuando el reguero de sangre conducía a lo más profundo del bosque. Observó durante unos instantes y dudó. Miró la negrura que se cerraba frente a él, no sabía si volver directamente al campamento o lanzarse al misterio.
Tras unos segundos, comprendió que su deber era entrar en ese oscuro mar silencioso que albergaba una amenaza. Respiró profundamente y, armándose de valor, se adentró en la maleza sin una sola luz ni un cuchillo. Alasdair siguió el reguero de sangre cuidando dónde ponía sus pies, pues, aunque no podía verla, sentía una amenaza constante que esperaba un diminuto fallo. De pronto, el rastro terminó.
Miró a un lado y a otro, pero no pudo distinguir pista alguna. Se paró en seco mirando a su alrededor, escudriñando en la oscuridad, pero para su sorpresa, no había nada. Mejor dicho, no veía nada, todo estaba en la más plena negrura y no había ruido alguno por el que guiarse, la luz que antes había proporcionado la luna llena había desaparecido bajo los árboles. Una oleada de pánico le llegó de repente. Miraba a su alrededor intentando percibir sombras con sus ojos tan abiertos como podía y manoteaba tristemente en el aire, cuando de repente, divisó algo. Unos ojos que le asaltaron y le helaron la sangre. Unos ojos amarillos que le miraban fijamente, tan fijamente que les hizo temblar de arriba abajo. Eran profundos y altivos, como si eligieran sobre la vida del pobre chico. De repente, desaparecieron.
Alasdair respiró entrecortadamente muerto de miedo y se movió agitando los brazos con fuerza para golpear aquello en el caso de que se hubiera acercado demasiado. Por un momento, pensó en huir de eso que tan despiadadamente le espiaba, pero, pobre Alasdair, cómo se iban a reír sus compañeros de él. De modo que, tras unos segundos de
pie en la quietud del silencio, salió hacia el encuentro de aquellos ojos que permanecían ahora ocultos. Anduvo en su dirección y cuanto más se acercaba al lugar, más podía percibir a su alrededor, la luz volvió como por arte de magia y cuando finalmente pudo distinguir sombras y luces, vio en un claro, para su sorpresa, unos cuerpos tirados en el suelo. Y un niño agachado.
Alasdair se paró en seco y levantó los puños en primera instancia, preparándose para cualquier animal que pudiera salir a su encuentro. Primero, vio a su amigo Angus tirado boca arriba en el suelo, con el cuerpo rígido y la cara cérea, con los ojos cerrados y restos de sudor cubriendo su rostro un poco deformado por la viruela. Al otro lado, vio otro cuerpo, pero no pudo reconocerlo. Había alguien, un niño llorando sobre él.
—¿Ian? —Pensó y parece que lo dijo en voz alta pues el niño, que iba casi desnudo, se giró bruscamente y con la cara llena de sangre lo miró. Descubrió entonces que aquellos ojos amarillos eran los que antes lo habían vigilado en el bosque.
Como un golpe recibido en el estómago, Alasdair flaqueó y se quedó pétreo bajando los brazos que ahora caían lánguidos a los lados. Solo pudo decir con voz temblorosa:
—¿Estás bien? —Mientras estiraba el cuello para poder ver mejor, ya que su cuerpo no le respondía, pero el niño se levantó bruscamente y como si de un lobo o un coyote se tratase, enseñó los dientes blancos que resplandecían en contraste con la sangre que le cubría el rostro.
Alasdair asustado, alzó los brazos nuevamente preparado para el combate. Se le cruzó por la cabeza ese cuchillo que el mismo había fabricado años atrás en Elgol, en su pueblo natal. En ese instante, el niño tiró al suelo lo que tenía en la mano, más bien se lo lanzó a los pies. Se trataba de un trozo de carne.
—¿Carne? ¿De dónde? —Pensó Alasdair. En ese momento, sus ojos se fueron al cuerpo que antes no había podido reconocer y aunque ahora tampoco podía, pues la cara estaba desfigurada como si algún animal se hubiese estado alimentando de él, pudo certificar por el ropaje, que era Ian.
Una mueca de pánico y asco le cruzó la cara y un buen chorro de bilis le subió hasta la boca con una fuerte arcada. El niño seguía a la defensiva de los cuerpos y parecía que ahora iba a pasar al ataque. Los ojos amarillos se clavaron en los suyos y supo que estaba a su merced. El pánico se apoderó del muchacho, no pudo más que intentar huir, pero estaba bloqueado, solo sentía las lágrimas caer por su rostro. El niño se levantó y empezó a dar pasos hacia un lado haciendo bailar al escocés en círculos, buscando el momento y el lugar exacto para atacar a su intruso. Alasdair se movía por espasmos de terror intentando, a duras penas con los brazos en alto, defenderse o huir para salvar su propio pellejo.
El pequeño indio siguió avanzando por el lateral, hasta que completó media vuelta al lugar y se agachó cogiendo algo del suelo. Alasdair con una curiosidad impropia de la situación, bajó momentáneamente los brazos para observar qué era lo que el niño había cogido. Era una corona de plumas. El niño, con las dos manos a los laterales y con un recochineo sonoro, inclinó la cabeza y se colocó el tocado como si de una coronación se tratase. Miró fijamente a Alasdair y se limpió con el dorso de la mano, la sangre que impregnaba parte de su cara y que le caía por el cuello. Sonrió. Los dientes se le veían afilados y blancos en el contraste de la noche. Alasdair dejándose llevar por el pánico de la escena, volvió a subir los puños mientras sentía sus piernas temblar. Comenzó a sollozar fuertemente, rezando y pidiendo ayuda a lo más alto para salir indemne de esta situación. El niño se mantuvo impávido un par de minutos, simplemente observando a su próxima víctima, esperando a que Alasdair se cansase o tranquilizase, pues ya había parado de sollozar y se mantenía estático con los brazos en alto, como si eso le fuese a salvar de la terrible criatura que le acechaba.
—¿Eres el Cat síth, el gato que roba las almas? —dijo casi en susurros al niño, sorprendiéndose así mismo de poder hablar en tal situación.
—No. —contestó el niño. Alasdair se sobresaltó con un chillido ahogado, pues no esperaba contestación alguna por parte del indio que lo miraba impávido.
—Entonces, ¿quién eres? —Con un balbuceo y la voz entrecortada, Alasdair se atrevió a preguntar.
—Soy el que todos temen —su voz era pausada—. Soy el que todos conocen. Soy el que todo lo oye y el que todo lo ve. El que todo lo sabe y al que todos quieren conocer.
—dijo con una voz ronca que rompió la noche.
Alasdair había oído hablar de demonios, de silkies y de gigantes, pero no de este ser.
—Soy el más temido.
Alasdair bajó los puños y lloró.
—¿Un demonio? —susurró.
—No, soy el miedo. —Sonrió macabramente.
En ese momento, el niño cambió de forma, convirtiéndose en un coyote que saltó hacia su presa sin darle tiempo a escapar.
El sol ya había despuntado cuando el comandante James Greenwich estaba terminando su guardia en el campamento y se jactaba con los compañeros contando historias.
—¿Sabéis la historia del Cat síth? Me lo contaron los escoceses, la del gato que roba almas —preguntó entre carcajadas sin esperar respuesta mientras los demás le coreaban—, en el que un hombre llega a casa y le cuenta a su mujer y a su gato que ha visto a nueve gatos negros con manchas blancas en el pecho cargar un ataúd con una corona encima.
Paró y se rio fuertemente imaginando la escena y pensando en lo ridículo de las historias de las tierras altas. Los demás daban palmas y manoteaban animándole.
—Y le dice el marido a su mujer… le dice que uno de los gatos le ha dicho…— En ese momento una voz detrás de él le cortó y continuó su relato.
—"¡Dile a Tom Tildrum que Tim Toldrum ha muerto!" —dijo la voz.
James Greenwich se dio la vuelta lleno de ira, alguien se había atrevido a robar su momento de gloria. Al girarse, vio a un niño semidesnudo, lleno de sangre y barro, que solo portaba un pequeño bolso a su costado. El niño continuó:
—Tras oír la historia, el gato exclama: "¿Qué? ¿Que el viejo Tim ha muerto? ".
James lo miró incrédulo de arriba abajo y después miró a sus compañeros mientras se reía a carcajadas, pensando de dónde había salido aquel niño de aspecto indio que hablaba inglés y que conocía la mitología de las tierras del norte.
—¿De dónde has salido, chico? —Y se agachó apoyando las manos sobre las rodillas. El niño lo miró fijamente con sus ojos amarillos e hizo que James sintiera un escalofrío y dejara a un lado las carcajadas—. ¿Quién eres? —El comandante palideció.
Un gesto macabro cruzó la cara del niño y continuó:
—Entonces el gato le dijo: "¡Ahora soy el rey de los gatos!" —Y tras terminar su frase, abrió la bolsa manchada que llevaba y dejó caer sobre los pies de James tres cabezas. Ian, Angus y Alasdair miraron fijamente a Greenwich.
James se quedó petrificado y echándose hacia atrás lo más rápido que pudo para evitar que las cabezas le tocaran los pies, volvió a buscar la mirada de sus compañeros que mantenían el horror en sus caras al ver semejante espectáculo.
—En ese momento, el gato Tom subió por la chimenea y desapareció, para siempre —susurró el Arawak.
[1] En gaélico: “¿Cómo estás?”.
[2] Falda típica escocesa que indica su pertenencia al clan en función del color y su patrón de cuadros.
[3] Actual Brougthy Ferry en Dundee, Escocia.
[4] El padre nuestro en latín, ya que antiguamente las misas eran dadas exclusivamente en latín.
[5] En Cherokee: "Alma libre".
[6] Según la cultura escocesa, el “Cat síth”, es un gato que roba las almas de aquellos que han fallecido para que no pueda subir a los cielos, para espantarlo la gente canta, recita y toca música durante su velatorio.
Soy Cristina Domingo y nací en Almería, España. De pequeña tenía problemas de comprensión y de atención, por lo que me obligaron a leer todos los días dos hojas del Barco de Vapor, finalmente, tras tardes de lloro y queja, la lectura y la escritura se convirtieron en mi pasión. Devorando con tan solo once años El Señor de los Anillos y actualmente, leyendo todo tipo de libros que caen en mis manos con un afán desmesurado por conocer la literatura de todos los países. Ya desde pequeña, comencé a escribir pequeñas historias, primero de carácter más infantil y después historias más adultas y con más contenido literario.
Lo que me llevó a enviar mi primer relato a un concurso, con inesperados resultados, pues en 2014 gané el VIII certamen literario de la asociación grupo literario cultural Alfambra recibiendo el premio Óscar Abril con el relato "El fondo del mar de piedras".
En 2017 creé junto a otros compañeros el club de escritura "Torre de Marfil", donde realizábamos ejercicios de escritura y, tras un año, finalmente, me lancé a escribir y publicar mi primera novela: The Seer: El misterio de Roslin.
En 2019 publiqué la segunda parte The Seer: Los orígenes, Dundee.
En 2021 publiqué el relato de “Pieles rojas” en la revista literaria Plumafanzine, Vol.7.
En 2022 tuve la suerte de poder hacer una intervención especial en el programa de radio “Rapsodia mental” dirigido por el mexicano Alejandro Garza, que podréis encontrar en Spotify.
En diciembre de 2023 he publicado “Señor, perdónalos” que podréis encontrar en Amazon.
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Nuria Blanco Nevado
FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN
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