1 de Diciembre
Daniel Figueroa Arias
—Tenemos que vernos.
Esa frase había esperado en los labios de Lisa durante toda la velada.
Ambos habían compartido una tarde completa en una reconstrucción de la vieja ciudad, según archivos históricos y mucha imaginación por parte de esa esfera del Arco. Ahora degustaban un café en la terraza del teatro. Del otro lado de la reja que separaba el teatro y la plaza, los transeúntes pasaban indiferentes a la pareja. Emerson mantenía la mirada perdida en esa masa de “personas” que cruzaban la plaza junto al teatro. Parecía haber ignorado el comentario, ido en sus propios pensamientos. Lisa extendió sus manos y tomó las de él, sacándolo de su trance.
—Dime, Lisa, ¿no te preguntas a veces quiénes fueron estas personas? ¿Qué fue de sus vidas, si sufrieron en la Contracción, migraron… o murieron en las guerras caníbales, tal vez?
—O terminaron sus vidas felices, Emerson. No todo era malo en esa época; debió de haber sido como todas, con sus altibajos. Además, no sabes si todas esas calamidades les tocó vivirlas a ellos; pueden ser de épocas diferentes.
—Cierto, cierto. Supongo que puedes tener razón.
Emerson se acomodó el blazer, sin apartar la mirada hacia afuera.
Era alto, con un rostro de facciones cuadradas y el cabello un poco largo, peinado hacia atrás, color cenizo. Lisa lo veía hermoso, pero claro, nadie se construía un avatar feo. ¿Cómo se vería fuera del Arco?
Ella tenía que insistir.
—¿Entonces? —preguntó.
—¿Qué cosa?
—No te hagas. ¿Cuándo nos veremos? Llevamos saliendo un año ya. ¿No te parece que deberíamos vernos al otro lado, aunque fuera una vez?
—Lisa… —Él estrechó las manos de ella entre las suyas. El tacto de su piel se sentía tan cálido y suave a la vez; una mano firme que sabía ser tierna—. Aquí podemos ir a donde queramos, casi construir cualquier mundo que nos dé la gana en las esferas del Arco. Incluso, está en nuestro alcance jugar con el reloj interno del sistema para pasar una docena de vidas juntos. ¿En realidad te parece tan necesario ver lo que dejamos allá afuera?
Lisa se limitó a asentir con la cabeza y desvió la mirada hacia las personas que andaban por una plaza bañada por la moribunda luz de un sol de ensueño.
Al rato se despidieron y ella se desconectó. Los nodos se desprendieron de su cráneo, a la vez que la aguja que la alimentaba de suero durante sus horas de navegación salió de su brazo, retrayéndose en la unidad de soporte vital contigua a su sillón.
El choque más grande al despertar era sentir el rasguño del frío y la luz pálida que entraba por el balcón de su pequeño estudio. Los sistemas híbridos carne-máquina en su cabeza fueron también ajustándose a su período de vigilia más rápido de lo que su cerebro orgánico lo asimilaba.
Se asomó por el balcón para tomar un poco de aire, mientras sus sentidos se aclimataban a la carne y su cuerpo se desentumía por las horas de inacción. San Pedro II era una ciudad de tacto duro y frío, semejante al cadáver de una ciudad, en comparación con la fantasmagoría que acababa de visitar, tan llena de color y movimiento.
Miró hacia arriba, hacia el claro de cielo que asomaba entre las cimas de las titánicas torres, y trató de entrever si efectivamente era de noche o solo una tarde muy oscura por alguna tormenta. Recordó su reciente sesión en aquella esfera virtual del Arco. Desde afuera, era como recordar un sueño, así como recordar la vida en San Pedro II, estando en el Arco, era como repasar una pesadilla.
La respuesta de Emerson no era sorpresiva, ya que no era la primera vez que le hacía la misma propuesta. Cierto, lo aceptaba, ella era de esos raros que pensaban que sostener una mano física, por más fría, pálida y decadente que pudiera ser, no era lo mismo que sostener la de un avatar durante la caída de la tarde en una ciudad muerta. Muerta hacía tanto que las memorias engañaban y la reconstrucción virtual echaba mano a la imaginación más que a datos históricos.
Una retroalimentación directa en su cerebro la hizo volver su atención al flujo de datos. Robert, su fiel cerebro en cubeta, le informó que había terminado el rastreo y de inmediato le proveyó una ubicación y la ruta a través de la ciudad. Lisa no tenía que pensarlo, su decisión estuvo tomada desde que le encargó a Robert rastrear la conexión de Emerson. Este no lo sabía, pero esta vez la pregunta enmascaraba un ultimátum.
Cumplían un año de relación. Un año real, no según los años acelerados de los mundos virtuales del Arco. Pues Emerson tendría que aguantarse una visita inesperada.
Resuelta, se dirigió al diván, en cuya cabecera reposaban sus ropas. Se despidió de Robert, un cerebro que flotaba plácido en una jarra de líquido amniótico sobre una mesa cerca de la puerta, y salió.
Con la ruta guiándola en su cabeza, cruzó una de las salidas laterales del edificio donde vivía, con dirección a las rampas superiores de la ciudad. El frío aire la hizo arrepentirse de no haber escogido ropa más abrigadora. Con el clima de San Pedro II era difícil darse una idea de cómo estaría al salir. En particular, esa vez imperaba un viento muy frío que surcaba la vereda que ella recorría. Sobre su cabeza reinaba un cielo color plomo que reflejaba las luces más fuertes de la ciudad. No se veía a nadie más a la vista.
Continuó por la ruta preestablecida, que para su suerte la llevó al resguardo de algunos edificios que flanqueaban un bulevar. A su paso, las luces incrementaban su brillo, así como los escaparates de las tiendas cobraban vida dentro de su mente, proyectando en su corteza visual mercadería especialmente escogida para ella. Desde su perspectiva, la grisácea ciudad se llenó de color y movimiento. Un mundo que solo nacía cuando ella se aproximaba y moría cuando apartaba la vista, quedando solo sus asistentes de navegación e información de manera inmanente en su consciencia; estos la bombardeaban en tiempo real con toda la información que necesitaba para moverse en la ciudad o los trabajos que ella iba ejecutando en paralelo en la red.
Lisa no prestó mucha atención a las marquesinas y demás trucos publicitarios. Para ella se trataban de vestigios de un modo de civilización en decadencia. Pasaba la mayor parte del día en el Arco, haciendo que sus necesidades “materiales” fueran escasas y limitadas a suministros alimenticios y algunas cosas de primera necesidad. En todo caso, lo que necesitara lo conseguiría en la red. De hecho, todas las personas que conocía adquirían todo en los mundos de catálogos del Arco.
Las multitudes que antes llenaban las calles y bulevares de San Pedro II existían solo en las recreaciones del Arco. Para nada la sorprendía la apariencia de necrópolis de la ciudad ahora. Levantó su cabeza hacia las torres, tapizadas de ventanas y balcones desiertos que le recordaban cuando una vez visitó el cementerio de una ciudad inexistente y anduvo por una larga catacumba llena de nichos.
Sus piernas comenzaron a protestar un poco. Lisa había concentrado su proceso de hibridación en torno a mejorar su integración con la red virtual del Arco de San Pedro II; para fines prácticos, estaba conectada en paralelo cada segundo de su vida. Pero nunca pensó en mejorar sus capacidades físicas con los populares refuerzos óseos o servomotores de apoyo; incluso una unidad autorreguladora térmica hubiera sido agradable.
Esas incomodidades la llevaban a replantearse el porqué de su odisea, que a ratos parecía más un capricho por despecho o celos. En realidad, la culpa era de Estefanía, una bella andrógina con quien pasó varios años saliendo, hasta darse cuenta, por conocimiento de terceros, de que la tal Estefanía era un cerebro en cubeta emancipado.
Por supuesto, para una operadora de su nivel, aquello fue una humillación pública. Algo que no se iba a permitir de nuevo. Conforme su relación con Emerson se había vuelto más madura, hizo las indagaciones del caso; las consciencias sintéticas eran hábiles cuando se percataban de lo que eran y querían emanciparse.
Al final de su examen, el veredicto terminó en tablas. Todo indicaba que Emerson era real, pero ninguna huella era del todo irrefutable –siendo honesta, pasaba la mayoría de las veces, las personas de su generación dejaban una huella en el mundo material muy sutil–, lo cual le dejaba una última medida definitiva. Algo anacrónica y potencialmente peligrosa, pero no fallaba.
Por otro lado, tampoco iba desprotegida. Para esas incursiones había instalado en su procesador personal un programa centinela. Tenía una visión clara de sus alrededores, así como de las personas que reposaban o se movían en un radio amplio a su alrededor. En ese momento, le indicaba que sobre su ruta no encontraría a nadie. Solo sobre su cabeza, varios pisos arriba, estaban algunas personas tiradas sobre sus divanes y metidas en sus asuntos.
Dobló en una intersección y se internó por un pasaje que se entretejía en las estructuras de la ciudad. Tenía toda la apariencia de un atajo para cortar la larga cuadra. Consultó la ruta y parecía que la llevaría directo al bloque residencial donde Emerson residía.
La atmósfera la fue sintiendo cálida y húmeda, más de lo que estaba acostumbrada. También percibía un ligero olor a podredumbre que a ratos se intensificaba. Una gota de sudor bajó por su sien, provocándole bochorno por la sensación tan poco usual de sentir su propio sudor. Caminó más rápido para salir de ese tramo y verse libre de nuevo.
Solo se escuchaba el eco de sus pisadas rebotando en ambos sentidos de ese largo e irregular corredor, hasta que otro sonido las interrumpió.
Tek-tek.
Lisa se detuvo en seco, preguntándose si en realidad había escuchado el sonido o si solo se había confundido con el entorno virtual; tal vez alguna alerta o algo similar.
Tek-tek.
No, escuchaba el sonido. Estaba ahí afuera.
Fuera de su cabeza.
Se detuvo y comenzó a desplegar el resto de rutinas del centinela, pero en ese momento el entorno virtual se derrumbó. Los asistentes y el centinela se apagaron. Intentó comunicarse con la red, con Robert, con quien fuera o con cualquier recurso del Arco que estuviera cerca. La señal estaba muerta. Era una zona muerta por completo. Siempre se contaban rumores de partes de la ciudad donde el Arco no llegaba, ni red alguna. Jamás había entrado en una por cuenta propia, alguna alerta debía haberla prevenido.
Estaba “ciega” y “sorda”, a merced de sus sentidos humanos atrofiados, faltos de entrenamiento. Su corazón comenzó a palpitar más rápido. Se sintió desorientada, a pesar de tener claro su camino hacia adelante.
Tek-tek.
Tek-tek.
De tanto en tanto, pequeños pasadizos nacían del corredor principal, perdiéndose en las entrañas de la ciudad. Con paso dudoso, Lisa avanzó. Dependiendo de sus sentidos naturales, observaba cada recodo, paranoica por lo que pudiera encontrar al otro lado. Acosada por el repicar que aumentaba en frecuencia y volumen.
Tek-tek.
Tek-tek.
Tek-tek.
Su torpe oído captó la dirección del ruido, un pasadizo estrecho frente al cual justo estaba pasando. Sin querer, volteó en esa dirección, topándose de frente con aquella cosa. El pasillo estaba iluminado por silbantes luces blancas, pero, a pesar de esa claridad, no hubiera podido describir de manera acertada qué estaba viendo, incluso aunque repasara las imágenes que quedaron grabadas en su soporte de memoria.
Aquel ser se erguía sobre sus dos brazos descarnados, dejando ver la armazón de polímeros, metal y servomotores que producían ese particular sonido cada vez que avanzaba; toda la hibridación del torso superior estaba apenas cubierta por piel que colgaba a tirones. De la cintura para abajo no llegó a ver detalle, solo un bulto que se arrastraba por el suelo. Pero, lo que la lanzó a correr con desesperación fue la mirada acuosa de un rostro que colgaba indolente de un cuello prostético desencajado y estirado hasta ser incapaz de sostener la cabeza.
Esforzó al máximo sus piernas para devorar la distancia que la separaba de la salida, que veía a un centenar de metros adelante. El insistente traqueteo se mantenía detrás de ella. El decrépito ser resultó bastante rápido a pesar de su condición o quizás las atrofiadas piernas de ella no eran capaces de ir más rápido, protestando ya por el ejercicio excesivo.
Alcanzó la salida y tragó una bocanada de aire fresco. Siguió corriendo hasta verse al aire libre. Siguió, sin atreverse a mirar a su espalda, hasta darse casi de frente contra una pared, al otro lado de lo que parecía un bulevar. Solo entonces se atrevió a darse vuelta.
La cosa se había quedado en el umbral, al otro lado, acaso dubitativa, acaso debatiéndose entre su voluntad de seguir y una fuerza que la sostenía. Al final, se arrastró de vuelta, disolviéndose en la sombra.
Casi en ese mismo instante, la asistencia virtual de Lisa volvió a ponerse en línea y la vida pareció regresar al mundo.
—Me tienen que estar jugando una broma —exclamó ella en voz alta, al ver que todo se normalizaba.
Lo que la hizo dudar de la realidad frente a sus ojos fue que no encontró nada anómalo cerca. Sencillamente, para el Arco, el episodio con la criatura nunca había sucedido. Su mente decidió regresar al objetivo de su búsqueda, cerrándose, por el momento, a aquel suceso que repasaría con insistencia morbosa por el resto de sus días.
Según su asistente, Emerson estaba justo en ese edificio, en una planta intermedia. Lisa recorrió la pared hasta que encontró la entrada principal. Era el momento de aplicar su siguiente truco.
Con su rango de operadora tenía acceso a varios recursos, muchos olvidados en espacios virtuales poco visitados. Allí, un híbrido de alta gama como ella podía encontrar demones abandonados por sus creadores y, con el suficiente cuidado, utilizarlos para sus propósitos.
Desplegó el pequeño programa autosuficiente en la red del edificio, con la orden de volcar bajo su control las entradas del inmueble e incorporarse en sus directrices de seguridad. Así, logró atravesar la entrada.
Recorrió el lobby tapizado por una decrépita alfombra, esperando que las luces principales se activaran al detectarla. Una inspección rápida de su centinela le mostró que varios sistemas principales estaban dañados. El diseño era de esos que dejaban el espacio central libre, rematado en la cima por una cúpula. Las manchas del tiempo la habían arruinado, pero aún dejaba pasar la luz de los relámpagos que estallaban en el cielo.
No se arriesgaría a usar los elevadores, así que tomó las escaleras. Esto le permitió observar el estado general del sitio. El aspecto de abandono le confirmaba que muy pocas personas vivían ya ahí. De hecho, no encontraba señales de otros usuarios, lo cual hizo que empezara a considerar la situación de Emerson. Se suponía que era un operario del mismo nivel de ella; ¿qué hacía viviendo en un lugar casi inhabitable? Aunque ellos no necesitaran muchas facilidades materiales, el estado de ese edificio rayaba en lo insalubre y riesgoso para sus habitantes. Bueno, al menos tendría oportunidad de preguntárselo cara a cara.
La pieza de Emerson se encontraba en el siguiente piso.
—Lisa, entiendo que quieras verme en físico, pero, ¿mandar un demon para infiltrarse donde vivo? Muy rudo de tu parte, ¿no crees?
La voz no fue un ruido que se moviera por vibraciones en el aire, sino la voz de Emerson reproducida de forma directa en su cabeza.
Ella no contestó, limitándose a recorrer el último tramo de gradas. A su derecha se encontraban las hileras de puertas que llevaban a cada una de las piezas. La de Emerson estaba a unos veinte metros adelante. Su centinela no arrojaba señales de nadie vivo a la redonda, lo cual reforzó su sospecha de que debía de tratarse de un cerebro en cubeta, quizá dejado atrás en ese lugar por su dueño original. No sería la primera vez que, con la soledad y el tiempo, uno lograra autoidentificarse y liberarse.
—Te lo digo, es una mala idea —replicó él.
—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?
—Bueno, es un poco difícil de explicar. Supongo que no quedará más que lo veas por ti misma.
A unos pasos delante de ella, una puerta se abrió.
Con precaución, Lisa se acercó y fue recibida primero por un hedor que escapaba de la pieza. Al entrar, no tardó mucho en recorrer con la mirada el pequeño aposento. Solo una lámpara en una esquina funcionaba, arrojando suficiente luz para descubrir la verdad sobre quién era Emerson.
En un diván yacía un decrépito cuerpo con las conexiones neuronales aún sobre el cráneo y la unidad de soporte de vida a un lado. Aunque algo en la parte más primitiva de su cerebro orgánico urgía a Lisa para que corriera, ella se acercó para verlo mejor, pensando que se hallaba frente a algún pobre diablo que había abusado de su tiempo en el Arco. Ya cerca se percató de la pálida piel pegada a los huesos de los brazos y el rostro como un pergamino, mientras las cuencas de los ojos se veían hundidas debajo de los párpados. La mandíbula caía confiriendo una expresión cavernosa a su rostro y a la unidad de soporte, desactivada desde hacía mucho tiempo.
Se llevó las manos al rostro y quedó petrificada. Nunca había estado frente a un cadáver… Un cadáver… ¡Emerson era un cadáver!
Esta idea disparó el instinto de escape y ella se lanzó de nuevo por la puerta. Sin darse cuenta, había recorrido el tramo hacia las gradas y las bajaba a saltos, buscando la salida más cercana.
—¡Lisa! Te advertí que no te gustaría la verdad.
—¿La verdad? —respondió ella—. ¿Cuál verdad? ¿Qué diablos eres?
—No soy nada diferente a ti. Lo que viste fue solo una conveniencia temporal. Lisa, nuestras vidas están en el Arco desde hace mucho tiempo. Piénsalo. ¿Por qué definimos nuestra existencia desde el punto de referencia de un cascarón que no necesitamos?
Después de una carrera que le pareció eterna, Lisa llegó a la planta baja. No sentía dolor en sus piernas, aunque las alarmas de salud se disparaban en su cabeza por el esfuerzo excesivo. Se detuvo un momento, sin mucha claridad del porqué. Debió ir a la salida y ordenar al demon que clausurara el edificio, en espera de las autoridades. Solo se detuvo y alzó la mirada hacia los niveles superiores, donde su centinela le indicaba de forma acertada que no había vida.
—Lisa, antes de que regreses, nada más quiero preguntarte una cosa: ¿cuántos de nosotros crees que vivimos en esta ciudad? De todos los que te topas en el Arco, ¿puedes realmente decir quiénes hemos pasado al otro lado y quiénes, como tú, se aferran a la carne? Yo sí puedo decirlo y, créeme, esta ciudad es de los muertos. Desde hace mucho tiempo.
Como sincronizadas con las palabras de Emerson, las penumbras se movieron con pereza y sobre las barandas de los pisos superiores se asomaron formas de aspecto decrépito donde la carne había cedido y lo artificial reanimaba los cuerpos despreciados por sus dueños originales. Dueños que ahora vagaban por las esferas del Arco de San Pedro II.
Ganador Tercer Lugar Premio De Abreu 2021, con el relato “La Caída de San Pedro II”.
Publicaciones.
- Novela, Fantasma en los sueños, bajo el sello editorial de Clubdelibros, Costa Rica.
- Sueños de Babel, antología completa, bajo el sello de Austrobórea Editores, colección Nuevo Terror en Latinoamérica, Chile.
- “El Guardián de la Gente Sombra” en la antología de cuentos Penumbras. Cuentos de terror costarricenses, de la editorial Clubdelibros, Costa Rica.
- “La Noche Hambrienta” y el “El Extraño” en la revista Ominous Tales de Austrobórea Editores, de Chile
- Cuento “Legado de oscuridad” en el portal Convocatoria Permanente de Narrativa,
- Cuento “El Último Recuerdo” en la revista Sci-Fdi de la Universidad Complutense de Madrid.
- Cuento “Bestias de Arena” en la revista Espejo Humeante, edición 9.5.
- El cuento corto “Inmortalidad S.A.”, en la Antología de Conspiradores, por Marciano Ediciones, en Santiago de Chile.
- Cuento “El Trono de la Osamenta”, en la antología Rollos de Vuelo, de la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia (EUNED), Costa Rica.
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Nuria Blanco Nevado
FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN
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