2 de diciembre
Hay quien postula que los héroes y deidades de esta cultura son, en esencia, seres que, por azarosas circunstancias de tiempo y espacio, se toparon en algún punto de su existencia con él, con lo que nuestros antiguos veneraban como Oleth, la fuerza viva que mana de los poros de la roca y del suelo, infunde aliento a los pulmones, vigor a los músculos e impulsa el icor a través de los canales de nuestro cuerpo. En las sagradas escrituras de múltiples credos ilargianos se narran tales encuentros, revelaciones divinas en las que un ente, una brisa tenue, un roce imperceptible, o un susurro cálido hace despertar en los hombres una grandeza hasta entonces inexistente, madurez, una fértil magnificencia, otorgándoles el poder de un reino que trasciende nuestra mundana realidad. No obstante, también pudiera ser que, como sucede con frecuencia, los mitos de las diversas culturas se hayan entrelazado de tal forma que, lo que para unos es una voz en las profundidades, para otros represente la imagen de las hojas de un castaño que bailan con un terral, o la aparición de un basilisco ciego orlado con una peculiar cornamenta.
“Oleth, forjador de fes”, en Creencias ilargianas I (1415 de Ennar), por Sanir Baik, maestro, escritor y teólogo.
I
El corredor estaba imbuido de un penetrante frío que se colaba por la desnudez de sus pies. Las losas de turmalina apenas habían acumulado calor aquel fresco día de otoño, a pesar de los magníficos ventanales que bostezaban hacia el sur: estrechas aperturas, segmentadas por pilares de obsidiana tallada, y coronadas por arcos de herradura profusamente decorados. Aquellas dentelladas en los gruesos muros de andesita permitían a los rayos de luz barrer y alzar, durante la tarde, unos destellos verde manzana, vítreos, arrancarlos de las baldosas que ahora amortiguaban el cauteloso paso del joven. Este se movía con sigilosa gracia, como si se tratase de un ladrón perpetrando un robo, una incursión en la morada de un noble. Y en su fuero interno era conocedor de la naturaleza clandestina de su acto, una suerte de hurto o algo similar. Por ello había aguardado a la caída de la noche, mientras sus progenitores dormían, y esperado con paciente tensión a que aquella pareja de guardas, Vinargoth y Maildren, completara su ronda por el ala sureste de la mansión.
Una bestia aulló a lo lejos, más allá de las murallas de Sa’Sezdanen, en las colinas. Sin embargo, este apagado lamento animal apenas captó la atención del merodeador, cuya cabeza estaba siendo asediada por un sonido mucho más intenso, más molesto: el incesante crujir de una tormenta. Ese estruendoso eco, que lo había mantenido en vela las últimas dos noches, no llegaba a él a través de sus oídos, eso lo tenía claro, ya que era el único que parecía percibirlo. Y sufrirlo. No se trataba de un fenómeno reciente que hubiera nacido en las últimas jornadas, era algo que llevaba una vida fraguándose, acompañándolo, siempre ahí, pero con un tono susurrante, crepitando como una hoguera. El dulce cantar de las llamas había mutado hacía pocas jornadas, un par, en aquel estridente coro que parecía capaz de astillar el hueso que endurecía su cabeza. Todo había ocurrido en un instante bien definido: cuando, desde el regazo de su progenitor, la sombra de una mirada se hubo posado sobre él. Una oscuridad atemporal, ósea, vacía, se vertía de aquella fragua de tinieblas. Solo durante un par de latidos, y el retumbar se había desencadenado, rompiendo el dique, anegando su mente.
Fue dejando atrás una puerta tras otra, resbalando como la niebla, notando como los desgarros cobraban intensidad a medida que se aproximaba a los paneles metálicos en forma de árboles gemelos. Una clavazón de bronce, como frutos redondeados que pendían de las ramas, besaba dolorosamente los bastidores que abrazaban los batientes de sicomoro de la entrada. Aquella frontera, pesada, separaba el despacho de su padre del resto de la mansión.
Rozó la superficie con devoción, notando como el pulso se le aceleraba, antes de deslizar la mano por los pliegues de su túnica y sacar la llave, que, amarrada a una cadena de plata, osciló en el aire como un péndulo. La había obtenido tras untar al hijo del ama, un niño orondo y algo simplón unos años mayor que él. El coste no fue excesivo, pero el sobornador había experimentado cierta angustia al ver como su adlátere se encaminaba a cometer el acto ilícito por el que le había pagado. La confianza que en él había depositado era escasa, por eso se sintió gratamente sorprendido cuando, aquella misma tarde, la llave le fue entregada. Una sonrisa de suficiencia, bobalicona, acompañó las palabras:
—De nada.
La cerradura fue penetrada en silencio, y apenas alzó la voz cuando su mecanismo se movió y el árbol de la derecha comenzó a deslizarse hacia fuera, abriendo una senda en el bosque. El aroma ancestral que se mecía en aquel aire, el olor de los dioses arcanos, conjuros de preservación, y tinta de escriba, envolvió al joven, como una garra, y tiró de él.
II
Aquel recinto de ventanas angostas, tajos en las gruesas paredes que apenas permitirían el paso de un hombre y que derramaban una luz grisácea, era un lugar casi sagrado, vedado para el joven, que albergaba las posesiones más preciadas que su padre, historiador y valido del rey, había acumulado a lo largo de su ajetreada vida. Los techos, revestidos de madera de fresno albo, contrataban con las tétricas paredes que se hallaban parcialmente ocultas, escondidas tras estantes acristalados repletos de todo tipo de reliquias y curiosidades más o menos valiosas: había figuras de caolín esmaltadas con barniz de cobre, que representaban a entes grotescos, con rasgos vidriosos en turquesa y proporciones imposibles; un instrumento musical similar a un laúd, pero con una caja de resonancia rematada en espinas, como si de un erizo se tratase; decenas de vetustos volúmenes de lomos agujereados, atravesados por la voracidad de la carcoma; máscaras rituales de plata de las tribus de la estepa, con filigranas de oro en torno a las rendijas que se abrían a la altura de los ojos y plumas negras, o de un azul violáceo, en la frente; y huesos, huesos recientes, que conservaban el olor a leche fermentada de la muerte, y huesos antiguos, pulverulentos, convertidos en dura roca.
El joven, tembloroso, conocedor de su propia trasgresión, se movió tras cerrar la puerta a su espalda, sintiendo las inquisitivas miradas de aquellos seres sin ojos clavarse en su piel, en el pelo de su cabeza, escuchando aquel tañido atronador que ganaba fuerza a medida que se acercaba al escritorio de sauce que tantas veces había ocupado su progenitor. Allí, entre dos velas apagadas, aguardaba un bulto bajo un paño de seda negro elegantemente bordado con un hilo blanquecino. El montículo era iluminado de refilón por una lámina de luz que acariciaba la superficie de madera sobre la que reposaba.
Apoyó las manos a ambos lados del objeto, evitando rozar el paño, y contrajo los dedos, emitiendo un sonido rasposo que desapareció inaudito: el estruendo constante de los truenos, uno detrás de otro, lo envolvía todo haciendo que su cabeza palpitara. Se pasó el antebrazo por la frente para deshacerse de las gotas de sudor que perlaban su piel. Con las dos manos, sin vacilar, pero con suma delicadeza, retiró el tejido
La empuñadura emergió primero. De asta, verde oliva con estrías blancas, sucias, recuerdos de los cientos de manos que la habían usado a lo largo de los siglos. Era un arma arcaica, salvaje, cuya basta hechura contrastaba con los hilillos de hechicería que permanecían adheridos a ella. El chico era sensible a la magia, lo había sido desde bien joven, y poseía para ella un talento inaudito, incomparable. Percibía con claridad los diferentes efluvios y ecos que manaban de los variados talentos arcanos que se exhibían a su alrededor, y reaccionaba a ellos de forma instintiva, asimilando, entendiendo, imitando.
Conforme el retumbar en su cabeza se intensificaba y hacía ganar en intensidad al dolor que se había alojado en la parte interna de sus ojos, siguió revelando aquel objeto que estaba terrible e íntimamente ligado al arma. Un par de sombras emergieron al fin, dos simas que desencadenaron una explosión de silencio. Y alivio.
El cráneo herido, marcado con los nombres y símbolos de las decenas de dueños que lo habían poseído, le devolvía la mirada en medio de la sepulcral quietud que acababa de engullir la escena. Las cuencas vacías de un ave de gran tamaño, abiertas a ambos flancos de un prominente pico aguileño, horadaban su ser, analizándolo desde el otro lado del precipicio.
Quetzal, así lo llamaba su padre. “Amante del Rocío”, una suerte de vernáculo, una criatura única de la que se decía que era inmortal. El hueso, así como el puñal que lo hendía, atestiguaban lo contrario.
El joven se había quedado paralizado tras dar un paso atrás, los brazos estirados a ambos lados del cuerpo y los dedos recogidos en puños. Tenso. El aliento abandonaba sus labios y hasta ese momento no fue consciente del sibilante eco que emitía con cada exhalación. La noche reposaba en la quietud más absoluta, no había brisa que sacudiera las ramas, ni animales intranquilos, solo paz serna e inmóvil. Pausa. Pero él, a pesar de su corta edad, estaba seguro de que la tempestad volvería a su cabeza si amortajaba de nuevo el cráneo y rehacía el camino a su alcoba.
No. No había llegado hasta ese punto para rendirse y retroceder. No podía. Ahora que volvía a dominar sus sentidos era capaz de escuchar una sutil voz, una forma de magia que no reconoció, pero que imploraba auxilio con gritos susurrantes, alaridos que provenían del interior de una caverna, de aquellos dos fosos.
Al contacto con el frío hueso, experimentó un dolor inmenso, una especie de mudez vesánica. Las piernas cedieron y el mundo titiló antes de que cayera el telón de carne. Cuando volvió a alzarse, la oficina de su padre había desaparecido ante sus ojos.
III
No era él, había mutado. Ya no se trataba de un muchacho de once primaveras que había osado profanar el santuario más sagrado de su hogar. No apercibía la textura, la rugosidad de los grabados del cráneo, esas grietas que funcionaban como realidades táctiles cargadas de soberanos muertos y episodios pretéritos. Se encontraba en un lugar diferente, transformado en una entidad con garras que albergaba en su seno algo más ancestral que la magia misma, un poder primigenio, nacido en lugar terriblemente distante en el tiempo, en el espacio. Esa fuerza corría por su interior, fluía a través de las fibras de sus músculos, entre su cuerpo y su alma, en el umbral que los conecta, entretejiendo carne y espíritu, como un aliento de temperatura agradable, templada, reconfortante: el don de la creación.
Al abrir los ojos, desde las estáticas ramas de aquel sauce, contempló el lago. Azul cobalto, refulgía como la obsidiana pulida, vítreo, bajo un firmamento de innumerables miradas condenadas a extinguirse inexorablemente con el tiempo, eterno y frágil. Y entre las miradas, ellos, sus hermanos, viviendo en momentos diferentes, existiendo, apagándose o quebrándose. Viajando encadenados a sus destinos. Creando en solitaria eternidad.
Como él. Pero, ¿quién era él? ¿Por qué conocía el nombre de aquellos seres que habitaban en el telón de la noche a distancias que su mente no podía concebir? ¿Por qué aquel conocimiento le causaba un dolor tan real?
Extendió sus alas y planeó hasta alcanzar un pequeño domo musgoso que se alzaba a pocos pasos del agua. La roca se izaba soberbia junto a un riachuelo que, cabizbajo, escondido entre los juncos, alimentaba al lago y cantaba. Al joven transmutado en ave aquellos ecos le resultaron trágicos, le recordaron a la elegía que había escuchado una vez en el enterramiento de una chica, en el laberíntico cementerio de Rajgaust. La madre de la difunta había desgarrado el aire y los corazones de los presentes con una canción dura, descarnada, desprovista de lágrimas y adornos, pero impregnada de amargura. El agua se deslizaba con un bisbiseo crudo y lúgubre muy similar a aquel canto de duelo.
El joven, bajo las iridiscentes plumas, supo que aquel que, de forma involuntaria, lo había convocado estaba a punto de manifestarse, el viento arrastraba la revelación. Su Dios, su progenitor, el fragmento primordial. El resplandor purpúreo ya comenzaba a percibirse a lo lejos, y pronto se hizo evidente su ramificada cornamenta, semejante a dos alargadas manos que clamaban al cielo. De cada prolongación ósea pendían numerosas crisálidas que brillaban con diferentes tonos que oscilaban entre malva y morado. El lobo, raquítico, poco más grande que un cordero, surgió después, apartando con el hocico los frescos helechos. Vestía un pelaje que sería gris sucio con luz natural, pero adquiría un tono violáceo bajo los diminutos farolillos que lo acompañaban.
La enjuta criatura se movía con una seguridad innata, consciente de su cuerpo, esquivando, con la mirada al frente, los achaparrados saúcos que crecían en torno al espejo estrellado. Los crujidos que emitían sus plantillas al quebrar la hojarasca se convirtieron en murmullos arenosos y en suaves deslizamientos de detritos y diminutas gravas que parecía huir de su contacto, arrojándose hacia el lago.
El limpio olor del almizcle saturaba el aire.
Los pasos del lobo astado se detuvieron al borde del agua. Allí se sentó sobre sus cuartos traseros, y se quedó un instante observando la voluble superficie, que en ese momento se mostraba serena. No dio ninguna señal de saberse acompañado, y eran siete, al menos, los que, como el quetzal, habían acudido a presenciar aquel nacimiento. Siete espectros, fragmentos, hermanos en esencia, que contemplaban con atención a la solitaria figura.
Cuando aulló, cuando conectó con el estrellado firmamento, con la maquinaria de la noche, un estremecimiento recorrió a todos los presentes. Y una de aquellas luces que había en el cielo brillo entonces con una intensidad sin precedentes, con un fulgor voraz.
El aroma del almizcle se tornó abrumador, doloroso.
IV
Pum-pum.
El animal había recobrado su serenidad, mientras que el lago perdía la suya. Su superficie vibró un par de veces de forma rítmica, como movida por un enorme tambor de guerra. Este fenómeno capturó la atención del ave, desviando su mirada de la criatura astada para enfocarse en la latiente piel del agua.
Pum-pum.
Y aquel nauseabundo olor. Aquel agrio perfume a sudor, a baños comunales, a culpa y vergüenza. A sabanas manchadas, a puertas cerradas con presteza, a miradas atónitas que no esperaban ver a un joven al otro lado de la ventana. Y el calor. No había sido consciente de la temperatura por la que su cuerpo fluía hasta ese preciso momento, pero, a diferencia del olor, el bochorno había estado con él desde el principio. Sin embargo, solo se sintió salpicado por él cuando le costó respirar, cuando el lago empezó a sudar con generosidad aquella primordial fragancia.
Pum-pum. Pum-pum. Pum-pum. Los intervalos entre los latidos se acortaban cada vez más, hasta que los temblores se fundieron y el enfurecimiento del agua se volvió constante. Brazos líquidos apartaban el aire, altivos, desperdigando perlas en un caos asimétrico, mientras, racimos de espuma proliferaban, se reproducían con destreza cunícola y poblaban las axilas, chocaban, se mecían en aquel eterno redoble de pájaro carpintero. El silente lago se había convertido en un mar tempestuoso que se revolvía sobre sí mismo, se retorcía incómodo, y trataba de salir de su cuerpo, del cuenco que lo contenía, ante el pasmo inmóvil de los sauces, zarzas y saúcos.
Pum-pum.
Un último latido, gemelo los anteriores, y un relámpago mudo, nacido de un telón celestial desnudo, trajo la luz al mundo: conectó, en un parpadeo, aire y agua, deslizándose a través del lago, hundiéndose hasta el cieno, como si jamás hubiera existido, aplacando así a la vibrante entidad acuática.
Entonces se instauró la quietud. El animal, en la orilla, que hasta aquel punto había desatendido el líquido y centrado su mirada en las estrellas, bajó la vista al fin.
Apenas habían transcurrido tres alientos cuando la primera silueta comenzó a surgir del agua y resquebrajó el silencio. Asomó despacio, impulsada por un cuerpo que ascendía caminando sobre el lecho del lago, como una ola, un caparazón negro de avanzar cadencioso. Pronto lo siguieron seis más, todos con la misma forma, todos ellos sostenidos por cuerpos femeninos desnudos. Las mujeres, de cabellos oscuros y pieles ambarinas, jóvenes en apariencia, se aproximaban a la orilla en la que se encontraba el lobo. De senos colmados, cuando su cintura salió a la noche no fueron capaces de seguir ocultando el avanzado estado de embarazo en el que se encontraba cada una de ellas.
El joven, desorientado, acalorado al contemplar una desnudez que pocas veces había atestiguado, desvió su mirada con azoramiento y la depositó en el otro ser que observaba la escena. Un escalofrío frenó la expansión del rubor. Aquellos ojos lobunos, fieros y oscuros, ocultos en las tinieblas de la distancia, se habían posado en él. Lo veían. No al ave, no al quetzal: lo veían a él. A través de los ríos, de las cordilleras de tiempo que los separaban, el animal era capaz de verlo todavía en pie, en el despacho de su padre, sosteniendo el hueso entre las manos.
Un súbito espasmo de dolor prendió fuego en la frente del muchacho e hizo que la criatura que portaba su alma lanzara un graznido quejumbroso, antes de comenzar un aleteo furioso y caer. Al menos así lo experimentó el chico: como si se despeñara desde la cornisa de un acantilado, mientras un martillo golpeaba una cuña contra su cráneo en varios puntos. Algo acontecía bajo la coraza de su cabeza, le estaba haciendo algo a su mente, algo que no tardaría en comprender.
Se sintió desfallecer, rozar la sedosa túnica de la muerte, y volver.
V
—¡Aznatarem!
Su nombre se estremecía en una garganta familiar, resonaba con urgencia.
Abrió los ojos con dificultad, con los párpados vibrantes. Sentía unas manos zarandearlo con vigor, mientras una pierna presionaba contra sus escápulas. La confusión le duró un par de latidos, antes de que la realidad se abriera camino por sus recuerdos, como un filo de luz candente, al tiempo que un conocimiento recién adquirido se asentaba en su mente, tangible como las losas de turmalina que le enfriaban las nalgas.
Yacía en el suelo, su respiración entrecortada era lo único que resonaba en la habitación silenciosa ahora que aquella voz había cesado. Figuras familiares, semblantes borrosos enmarcados por la preocupación y el sueño, se arremolinaban a su alrededor, eclipsados por el rostro de su progenitor. Este, con la frente marcada por angustiadas arrugas, se inclinaba sobre él. Había logrado encajar una pierna bajo su espalda para erguirlo un poco, y le sujetaba el rostro. Vacilante, había dejado de menearlo. La duda asomaba en su rostro. Veía algo en él. Algo nuevo.
La ventana del despacho, abierta de par en par, daba la bienvenida a la frescura de la noche y a los murmullos distantes de Sa’Sezdanen. Edificada sobre las ruinas de la guerra, algunos decían que el eco no se apagaría nunca en las calles de aquella ciudad, ya que los susurros de los caídos serían eternos. Ahora, el chico era mucho más consciente del pasado que se arrastraba bajo aquellas calles, de la historia oculta en los huesos sobre los que caminaban, de la sangre que allí se había derramado. Una profunda tristeza asaetó su pecho cerca del nacimiento del cuello.
Una brisa juguetona revoloteaba por la estancia, bailaba con las sombras y los reflejos de la luna, acariciaba el sudor de su piel con un toque casi maternal y hacía cantar una diminuta pluma. Iridiscente y etérea, un vestigio de la criatura milenaria que había liberado y testigo mudo de su metamorfosis. Porque ese era el resultado del viaje que había hecho a lomos del quetzal: el cambio. Era capaz de olerlo, escucharlo, saborearlo.
Cuando se levantó, lentamente, apoyándose en los brazos que se le tendían, sintió con fuerza el impulso de lanzar un bramido. No supo el motivo de ese arrebato, y le costó contenerse, pero lo hizo. La verdad a la que había accedido le dolía, pero todavía no la vislumbraba claramente. Los secretos arcanos que le habían sido confiados constituían espejismos amorfos, efímeros, y, cuando intentaba centrar su atención en alguno de ellos, se desvanecían provocándole un tormento casi físico. Los días venideros serían agónicos, enfrentando el horror del mundo, de los suyos. La historia. El cielo nocturno. Inicialmente creyó haber asimilado parte de la esencia del ave inmortal, de su gracia. No obstante, la verdad pronto lo alcanzó y al final supo que el quetzal solo había sido un instrumento en manos de una criatura mucho más poderosa, una cuya soledad, cuyo deseo había dado lugar a su nacimiento, al de los suyos.
Una estrella moribunda. Agua. Siete mujeres brotando de un lago. Y así comienza.
Se dispuso a dar el primer paso en una estancia que ahora, con sus nuevos ojos, le ofrecía decenas de secretos. ¿Su ceguera había sido tan grande? El cráneo ya no estaba. Aquel puente que lo había conducido a un tiempo pretérito ahora volaba libre sobre la ciudad, hacia el oeste. No obstante, la pluma seguía su danza, riéndose de él, de su pérdida. Su cuerpo, su mente, su destino, nada de eso era suyo ya. Había pagado el precio del conocimiento para convertirse en otra cosa, como el quetzal. En un instrumento, un retazo de un ser que era a un tiempo creador y devorador de almas.
Una efigie del lobo astado.
SOBRE EL AUTOR
Diego Soto Gómez
(@Nochangomez_bookstagram) es doctor en Biología Vegetal y Ciencias del Suelo,
y autor de dos novelas: ¿Por qué estás aquí? (2011, Editorial Digital UNID) y La melodía del
abismo (2022, Editorial ExLibric). Su obra Argentum (no publicada) fue escogida de entre 264 trabajos como finalista del I
Certamen de Novela (Casino de Monóvar), que se falló en 2019. Además, es
co/autor de más de veinte artículos de divulgación científica y capítulos de
libros, y editor de varios libros en el ámbito científico.
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Nuria Blanco Nevado
FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN
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