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domingo, 26 de noviembre de 2023

16 de diciembre

 

LAS GIGANTES ROCOSAS

José Antonio Herrera


Mudrik levantó la vista hacia el Horizonte. En él se recortaba la majestuosa e impresionante silueta de la cordillera de Las Gigantes Rocosas. El brillante sol se reflejaba en las cumbres de aquellas montañas, que seguían nevadas aún, a pesar de que el invierno había dado ya paso a la primavera. Las laderas de la cordillera estaban cubiertas por una densa masa de árboles. No se podía negar que daban un espectáculo maravilloso: el contraste entre el verde de la vegetación y el blanco de la nieve daban un aspecto relajado y pacífico a aquella cordillera. Nada en la escena hacía presentir el mal que anidaba en ella. 

Su destino no quedaba ya tan lejos, se encontraba en el último tramo de su viaje, que no había sido corto ni sencillo. Mucho tiempo había transcurrido ya, desde que partiera de su pequeña ciudad para enfrentarse al mal y a la tiranía que habitaba en aquel lugar…

—Capitán —le llamó uno de los soldados que le acompañaban—, los hombres están intranquilos con el color que está tomando la misión. Nadie les dijo que se iban a enfrentar a tantos peligros como lo han hecho durante este viaje… Y todos temen que lo peor esté aún por llegar.

—Y hacen bien en temerlo, Rust —respondió el capitán Mudrik, pensativo—. Creo que será mejor que les dedique unas palabras para tranquilizarlos.

—Escuchadme un momento —dijo, llamando la atención de los ocho hombres que le acompañaban—. Sé que el camino ha sido difícil, que muchos de nuestros compañeros y amigos han muerto en él. Sé que no pensabais que iba a ser tan duro cuando os presentasteis voluntarios para este cometido. Sé que los ánimos están decaídos, que desearíais abandonar la misión. Pero os diré una cosa: No podemos hacerlo. Y no podemos hacerlo porque tamaña cobardía no sólo nos afectaría a nosotros, sino que afectaría a toda nuestra ciudad, y a muchas otras. El malvado Radrak, el nigromante, domina a todas las ciudades del país con puño de hierro, desde su hogar en las Gigantes Rocosas. Su ejército de mercenarios, monstruos y demás basura, aprieta el cuello del pueblo, ahogándolo. Los impuestos son demasiado altos, haciendo que, a pesar de trabajar de sol a sol, los ciudadanos pasemos hambre. Nuestras familias lo sufren, nuestros hijos e hijas lo sufren. ¿Pensáis dejar a vuestras familias en manos de ese demente por más tiempo? Bajo su mando, terminaremos todos muertos. Además, hemos de tener en cuenta que nuestra ciudad se rebeló contra su tiranía y perdió la batalla, ¿creéis que pasará por alto este hecho? No. Nos ahogará aún más, nos subirá más los impuestos, matará a todo aquel que considere un traidor, exigirá sacrificios humanos para los dioses primigenios a los que sirve… ¿Vamos a permitirlo? Yo no voy a rendirme, voy a acabar con ese tirano o a morir en el intento. ¿Y vosotros? ¿Qué me decís? ¿Estáis conmigo?

—Estamos contigo, capitán —gritaron los soldados al unísono, el ánimo embravecido por las palabras de Mudrik. 

 

***

Las llamas crepitaban en la hoguera, alrededor de la cual habían levantado un pequeño campamento para pasar la noche. Siete de los soldados dormían, entre ellos el capitán Mudrik, mientras otros dos hacían guardia. La luna llena iluminaba la noche, aunque los árboles del bosque en el que se encontraban no dejaban pasar demasiada luz. Sólo dos o tres jornadas les separaban de su destino, y debían llegar con fuerzas suficientes para enfrentarse al poderoso enemigo que allí habitaba. Los soldados que hacían guardia, Bolwen y Sutrek, conversaban en voz baja sobre asuntos baladíes, para intentar olvidar el destino al que se dirigían. Un aullido sonó, no muy lejano, seguido de otro, que parecía responderle. Los dos soldados cruzaron miradas de nerviosismo y temor. 

—Voy a echar un ojo, Bolwen, no quiero que una manada de lobos nos pille desprevenidos —dijo Sutrek, intentando aparentar seguridad, mientras se levantaba y desenvainaba su espada. Acto seguido, se dirigió hacia la dirección de la que parecían haber venido los aullidos, internándose en la espesura. 

Bolwen desenvainó su espada también, intranquilo. No le hacía ninguna gracia el hecho de hacer guardia solo, mientras su compañero se internaba en la oscuridad sin ayuda alguna. Pasaron un par de minutos sin que se volviese a escuchar nada. Pero, al poco, un grito desgarrador se oyó cerca de allí. Provenía del lugar por el que se había marchado su compañero, y parecía tratarse de un grito humano. 

Todos se despertaron con aquel grito, desorientados. Bolwen les advirtió a todos, presa del terror:

—Oímos unos aullidos, Sutrek fue a mirar... Y ahora… Pobre Sutrek, ese grito parecía humano… No puedo dejarlo sólo… —añadió, y se adentró corriendo en la espesura, espada en mano, en busca de su amigo.

—¡Espera, necio! —Le llamó el capitán, pero ya era demasiado tarde para detenerle…— Arriba todos, espadas en guardia, no sabemos a qué nos enfrentamos, pero me temo que vamos a averiguarlo pronto. 

Un aullido brutal sonó muy cerca, quizás demasiado, seguido de un grito de socorro de Bolwen. Apenas sucedió todo en un segundo. Y luego, sólo silencio.

—¡Espadas! ¡Escudos! Formación en círculo —Mudrik gritaba órdenes a sus hombres, con la esperanza de que pudieran contener al enemigo que se aproximaba, se oía el ruido de alguien o algo acercándose deprisa a ellos. El capitán cogió una rama ancha, de la hoguera, con un extremo ardiendo y la blandió ante él con la mano del escudo, para tener una mejor visibilidad. Y lo que vio fue horrible.

Una bestia gigantesca, de unos dos metros de altura, surgió de la oscuridad, frente a él. Ya había oído hablar de aquellos demonios, que según contaban las leyendas servían a poderes oscuros, como los del nigromante, pero nunca lo había creído. Ahora no había duda alguna sobre su realidad. El cuerpo era de aspecto humanoide, aunque cubierto completamente de un pelaje denso y oscuro, y en lugar de manos y pies, tenía unas grandes garras, afiladas como cuchillas. Pero lo más horrible era su cabeza: una cara lobuna y feroz, con una gran mandíbula pronunciada, y una boca descomunal en la que destacaban los colmillos, blancos como la luna. La bestia rugió, y pareció sonreír, sus ojos reflejaban una malicia y una inteligencia que no podían ser sino humanas. Los solados se aprestaron para el combate, rompiendo la formación en círculo y encarándose todos con la bestia. Pero el licántropo aulló de nuevo, y otro de su especie apareció detrás de los soldados que, atemorizados por completo, se vieron forzados a formar espalda contra espalda. Siete soldados contra dos licántropos gigantescos… El capitán Mudrik sabía que aquello no tenía pinta de acabar bien.

Los hombres de Mudrik estaban aterrados, sabían que no iba a ser fácil salir de aquella, y que no todos saldrían con vida… 

—Preparaos para el combate— gritó el capitán.

—¡Quietos! —la voz, autoritaria, pero, aun así, sensual, había surgido de detrás del primero de los licántropos. Los hombres se quedaron petrificados cuando vieron a las dos bestias retroceder unos pasos. De la negrura, apareció una figura femenina. Unos escasos ropajes de piel apenas cubrían sus delicadas formas: llevaba una especie de falda marrón, y una banda, también de piel marrón, cubriendo sus prominentes senos. El resto de su terso cuerpo quedaba al descubierto. Una melena negra como la pez caía en cascada a ambos lados de una preciosa tez broncínea, de finos y afilados rasgos, unos ojos verdes destacaban en su rostro, brillando como dos luceros. De su cuello pendía un cordón de cuero, que sujetaba un medallón de aspecto arcano, con una piedra de color verdoso en el centro; aquella piedra parecía brillar con luz propia. La visión de aquella diosa dejó anonadados a varios de los soldados, pero no al capitán.

—Mi señora, —se adelantó, con educación, pero sin confiar demasiado— ¿puedo preguntar quién sois vos? ¿Y por qué estos demonios os acompañan?

—¿Acompañarme? —preguntó ella, a su vez, sonriendo con autosuficiencia— ¡De rodillas! —ordenó, dirigiéndose a las bestias, que la obedecieron sin dudar, mientras la piedra de su colgante brillaba aún más intensa— No se equivoque, capitán Mudrik, estas bestias no me acompañan, sino que me sirven. 

—Pero, ¿cómo es posible que sepáis mi nombre? ¿Y qué habéis hecho con mis dos hombres desaparecidos?

—Tuvimos que matarlos, pero fue en defensa propia: en cuanto vieron a mis siervos se lanzaron hacia ellos, así que no tuve más remedio que ordenar su muerte. Lo siento mucho, capitán, pero no he podido evitarlo —se disculpó, sincera—. Dejad que me presente. Mi nombre es Moanne, la hechicera, y los siervos de la Luna han de rendirme pleitesía, por eso los licántropos me obedecen. Como comprenderá, capitán, el conocimiento de su nombre no escapa a mis poderes.

—Y, dígame, bella Moanne, ¿a qué debemos el honor de su visita? —interrogó, siempre perspicaz, Mudrik.

—A que combatimos al mismo enemigo —respondió ella—, y pensé que podríamos hacer causa común. 

—Pues se equivoca, hechicera. Nosotros no servimos a poderes oscuros, pues han sido esos poderes los que han llevado a nuestro pueblo a la desgracia —el tono del capitán sonaba desafiante.

—No, capitán, se equivoca usted si cree que siete soldados pueden derrocar al gran Radrak. No pretendo que sirváis a ningún poder, aunque he de decir que mi poder no es oscuro, sino que proviene de la madre naturaleza. Tan sólo pretendo que hagamos causa común, como iguales, no pretendo que os pongáis a mis órdenes. Tenemos el mismo objetivo, y yo os ofrezco mi ayuda, sin ningún motivo oculto, más que el de acabar de una vez por todas con las artes oscuras del nigromante. Las prácticas de ese demente han llegado demasiado lejos ya, y están alterando el orden natural. He de poner fin a esta situación, pues yo sirvo a la naturaleza y, por ende, he de protegerla. Independientemente de que tengáis una mejor o peor opinión de mí, o de mis artes, soy la única oportunidad que tenéis de lograr vuestro objetivo.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué he de creer eso?

—Porque yo conozco a Radrak mejor que nadie, y sé cuáles son sus puntos débiles.

—¿Y cómo lo conoces tan bien? —preguntó, Mudrik, irónico.

—Porque es mi padre —respondió la hechicera, con un atisbo de dolor y rabia en su voz. El capitán Mudrik la miró, estupefacto— Antes era un buen hombre, que servía a la naturaleza, pero el dolor por la muerte de mi madre nubló su mente y los dioses ominosos aprovecharon la ocasión para convertirlo en su paladín en este mundo. Le utilizan para sembrar el caos en el mundo, y para que les dedique sacrificios humanos. 

—Pero, ¿por qué?

—Porque el dolor y el caos son el alimento de los dioses primigenios, capitán, porque los sacrificios humanos los fortalecen… Y necesitan fortalecerse para poder volver a este mundo, del que fueron expulsados. Por eso debemos pararle los pies, porque ya falta poco para que el primero de esos dioses pueda cruzar el umbral que da a nuestro mundo, y si eso ocurriese, la humanidad estaría perdida.

***

La comitiva encabezada por el capitán Mudrik y Moanne avanzaba por entre la arboleda, al pie de la cordillera. Moanne les había indicado en qué montaña tenía su guarida el nigromante. La tensión podía palparse en el ambiente, pues todos temían a Radrak, y temían enfrentarse a él. 

—Creía que los licántropos sólo se transformaban bajo los efectos de la luna llena, y que el resto del tiempo eran simples hombres, aunque de una fuerza formidable —le comentó Mudrik a la hechicera, volviendo la vista hacia los sirvientes de la misma, que seguían siendo hombres—lobo.

—Y así es, capitán, pero este colgante hace que no vuelvan a su forma humana durante el día, a menos que yo lo decida. Se trata de un fragmento de piedra lunar, que cayó del cielo hace milenios, y que las hechiceras de mi familia han ido legando de madres a hijas. Nos da el poder de la Luna, y con él doblegamos a estos demonios —respondió ella, altiva.

—Interesante… —comenzó a decir el capitán, más la hechicera le mandó callar poniendo un dedo en su boca.

—Hay alguien cerca, nos están vigilando. Estad atentos, pues el nigromante ya debe saber que estamos aquí —dijo Moanne.

Todos desenvainaron sus espadas, haciendo el menor ruido posible, los licántropos adoptaron una postura feroz, prestos al combate, Moanne se limitó a alzar sus finas manos, terminadas en unas largas uñas pintadas de negro.

Una flecha silbó, cruzando el aire, para ir a estrellarse en el cuello de uno de los soldados de Mudrik, que cayó muerto en el acto. Todos alzaron sus escudos. Moanne orientó sus manos hacia el lugar del que había venido la flecha y pronunció unas palabras en algún idioma arcano. Unos rayos de intensa luz azul brotaron de sus dedos, yendo a estrellarse contra el autor del disparo, que gritó como un animal, y cayó muerto al suelo, desde la copa de un árbol. Todo había ocurrido muy rápido.

De repente, una veintena de soldados mercenarios del ejército personal del nigromante aparecieron de la nada, blandiendo sus aceros, con gritos de guerra surgiendo de sus gargantas. El enfrentamiento fue brutal. Los licántropos se adelantaron, saliendo al encuentro de los mercenarios, aullando. Sus zarpas destrozaron cabezas, sus mandíbulas rebanaron cuellos. La sangre lo salpicaba todo, mientras los asustados mercenarios intentaban, como podían, hacer frente a aquellos demonios. Los mercenarios lanzaban tajos a diestro y siniestro a aquellas bestias, mas surtían poco efecto en sus duras pieles. Aun así, uno de ellos consiguió introducir su hoja en las fauces abiertas de uno de los licántropos, atravesándole la cabeza y quitándole la vida. 

Aquello embraveció a los nueve mercenarios que aún quedaban en pie, que se lanzaron al ataque de la otra bestia, rodeándola. Ante esta escena, Mudrik y sus hombres despertaron de su asombro y se lanzaron al ataque, en ayuda del siervo de Moanne. A su vez, ésta comenzó a recitar un extraño conjuro, con los ojos cerrados en tensión, totalmente concentrada. Delante de sus manos comenzó a formarse una especie de esfera de energía, de color blanquecino, que con cada palabra que ella recitaba se iba haciendo más y más grande, hasta llegar al tamaño de una cabeza humana. 

De la nada volvieron a surgir más soldados de Radrak, aunque esta vez eran más de cincuenta los que aparecieron. Los hombres de Mudrik se volvieron hacia ellos, ya que habían acabado con los mercenarios que quedaban de la primera oleada. Pero antes de que les diera tiempo de atacarles, una esfera de energía blanca les pasó de cerca, estrellándose contra el primero de los soldados del nigromante, y estallando en una gran explosión que acabó con todo el grupo de soldados. 

Mudrik volvió la cabeza hacia Moanne, que le miraba sonriente.

—Gracias, hechicera —comentó, con sinceridad.

—No me las dé aún, capitán, todavía queda mucho por hacer…

Un graznido demoníaco surcó e cielo, justo encima de sus cabezas. En seguida le siguieron otros muy similares. Moanne sabía a lo que debían enfrentarse ahora.

—Salgamos de la floresta, esas bestias aladas son el último obstáculo que hemos de vencer para poder llegar hasta Radrak —les dijo a los soldados.

—¿De qué se trata esta vez, Moanne? —preguntó Mudrik, asustado a la par que intrigado.

—Ahora lo verá… —le respondió, saliendo a un claro cercano, seguida por todos.

Las bestias sobrevolaban el claro, había cinco de ellas, al menos que ellos pudieran divisar. Aquellas criaturas eran maravillosas, aunque mortales, y parecían sacadas de una pesadilla. Tenían torso y senos de mujer, que llevaban al descubierto, así como una melena oscura y larga. Sus rasgos eran demoníacos, con dientes afilados, orejas picudas y ojos de color rojo. Sus brazos eran musculosos, y también humanos. Sus piernas no eran tales, sino patas gigantescas de aves, terminadas en unas garras afiladas como las de un águila imperial, pero mayores en tamaño. Sus grandes alas se agitaban al viento, con poderío. Los graznidos que lanzaban eran insoportables para un oído humano, y aturdían a las personas, por lo que Moanne lanzó un hechizo protector para los oídos de los humanos. 

—¡Arpías de las islas Estrófades! ¡Es imposible! —se sorprendió Mudrik.

—Nada es imposible para Radrak, capitán. En su infinita maldad, el nigromante ha sometido incluso a demonios como estos, y los ha hecho venir a proteger su escondite. Pero de poco le va a servir a ese maldito, vamos a acabar con ellas —aseguró Moanne, alzando sus manos para lanzar rayos de energía a una de ellas. Para su sorpresa, los rayos desaparecieron antes de tocar la piel de la bestia —Maldita sea, el nigromante ha debido protegerlas contra la magia… Me temo que vais a tener que encargaros de ellas vosotros, soldados, aunque tendréis la ayuda del siervo que me queda.

En ese preciso instante de desconcierto general, las cinco arpías se lanzaron en picado, para atacar al grupo. Los soldados alzaron sus escudos para protegerse de las garras, y a duras penas lo consiguieron, pues los impactos de las garras de aquellas bestias eran brutales. El licántropo se abalanzó sobre una de ellas, antes de que ésta tocase tierra y cayeron juntos, en un remolino de golpes y sangre. El hombre—lobo se levantó, dejando muerta en el suelo a la bestia, pues llevaba su corazón en la garra derecha. Cerró la garra sobre sí misma, apretando con fuerza y haciendo estallar en pedazos el corazón. Ante este hecho, las otras cuatro arpías se lanzaron a por él, dejando de lado a los soldados.

El licántropo se preparó para enfrentarse a ellas. Mudrik aprovechó el momento para lanzar su espada por la espalda a otra de ellas, que la alcanzó y la atravesó, acabando con su vida. Sus soldados hicieron lo mismo, al ver el resultado, y dos más de ellas cayeron muertas. Pero la última consiguió llegar a su objetivo, e hincó sus garras en el pecho del siervo de la hechicera, al tiempo que le agarraba la cabeza con ambas manos y la giraba con tremenda fuerza, rompiéndole el cuello en el acto. 

Los soldados recogieron sus espadas y se prepararon para enfrentarse a la última arpía, que se volvió hacia ellos con una furia asesina reflejada en su roja mirada. La criatura lanzó un alarido de rabia que lo inundó todo, y se lanzó contra ellos. Los hombres de Mudrik intentaron parar la embestida de la bestia uniendo sus escudos, pero de poco sirvió. Cayeron de espaldas por la fuerza del impacto, y la arpía aprovechó el momento para clavar sus garras en el cuello de uno de ellos, que quedó tendido en el suelo, inerte.

El demonio alado volvió a alzar el vuelo, rugiendo de triunfo, y se abalanzó de nuevo sobre los soldados, consiguiendo atrapar entre sus garras la cabeza de uno de ellos, al que elevó por los aires mientras éste intentaba zafarse de ella sin resultado. Cuando estaba a una altura considerable, relajó la presión de su presa y soltó al soldado, que cayó al suelo, rompiéndose la mayor parte de los huesos, y muriendo destrozado. 

Cuando la arpía volvía al ataque, Mudrik se adelantó para enfrentarla, pues no pensaba perder más hombres contra aquella criatura de los infiernos. Esperó la embestida salvaje del monstruo, que no tardaría en llegar. Cuando estaban a punto de chocar, Mudrik se hizo a un lado, con un rápido movimiento, haciendo que la bestia se estrellase contra el suelo. Se revolvió y, trazando un arco en el aire con su espada, separó la cabeza de la criatura del resto de su cuerpo. 

Se acabó, aquella pesadilla había terminado o, al menos, eso pensaban los soldados. Pero en aquel instante el aire comenzó a vibrar alrededor de ellos, y una bola de energía de un color verde comenzó a formarse a unos metros de los soldados. De ella surgió, Radrak, el nigromante. Vestía una larga túnica negra, con una capucha que caía sobre su cabeza afeitada. Una larga perilla blanquecina surgía de su mentón, una nariz puntiaguda resaltaba en su tez, coronada por unos ojos negros como la noche y rodeados por unas amoratadas ojeras. Su aspecto era maligno, como su misma condición.

—Ya me habéis causado suficientes problemas, soldados —comenzó a decir el nigromante, claramente molesto—. Habéis irrumpido en mis dominios sin ser autorizados, habéis matado a muchos de mis mercenarios, habéis acabado con mis arpías… Pero ya no voy a tolerar ni un problema más, yo mismo acabaré con vuestras vidas, —amenazó, volviéndose luego hacia Moanne y añadiendo— por supuesto, hija mía, la tuya no va a ser una excepción: voy a acabar contigo de una vez, tal y como debí hacerlo cuando decidiste abandonarme.

—Inténtalo, viejo engreído y presuntuoso, —replicó ésta, desafiante— he mejorado mucho desde la última vez que nos vimos —añadió, e inmediatamente le lanzó una descarga de energía a su padre. Éste detuvo la descarga sin esfuerzo, alzando las palmas de sus manos, y respondió con otra descarga similar, que la hechicera hubo de esquivar.

Mudrik y sus soldados contemplaban, asombrados, el intercambio de ataques y hechizos mágicos del nigromante y la hechicera, sin saber muy bien qué hacer. Aunque parecían igualados, estaba bastante claro que terminaría venciendo el nigromante, pues no se veía en él ningún signo de fatiga, mientras que su hija ya comenzaba a debilitarse visiblemente. El capitán sabía que debían hacer algo, pero no sabía qué hacer...

De repente, Mudrik tuvo una idea y se la contó a sus hombres. Los tres soldados de Mudrik se dividieron, y atacaron al nigromante desde ambos flancos y desde el frente, para distraerle mientras la hechicera le atacaba. Radrak supuso la finalidad de la táctica, así que pudo despachar a los soldados con unas descargas y volver a centrarse en su enemiga, aunque ahora ésta le había alcanzado con uno de sus rayos, debilitándolo y haciendo que él perdiera su ventaja. Pero justo cuando se disponía a lanzar un ataque con todas sus fuerzas sobre Moanne, para destruirla, algo sucedió: Una espada se clavó en su espalda, atravesándole de parte a parte, y atravesando su corazón. 

—Muere, cerdo —le susurró al oído el capitán Mudrik, mientras Radrak, sin fuerzas, boqueaba y escupía sangre—. Te creías demasiado superior a nosotros como para fijarte en que sólo habías despachado a tres hombres y aún te quedaba uno… Ahora has aprendido la lección: todos los hombres tienen el mismo poder; el poder de matar al otro. 

Mudrik extrajo su espada, empapada en la sangre de su enemigo. Radrak cayó al suelo, de rodillas, para luego precipitarse hacia delante, dando con su cabeza en el suelo, desvanecido, mientras los últimos suspiros de vida le abandonaban. El capitán miró a Moanne y vio que dos lágrimas resbalaban por sus mejillas.

—¿Por qué lloráis, hechicera? —le preguntó— Habéis conseguido lo que queríais.

—Porque ese hombre era mi padre, capitán, y ninguna de sus acciones o maldades puede cambiar ese hecho.

 

SOBRE EL AUTOR

José Antonio Herrera, profesor de filosofía y escritor. Ha publicado dos novelas cortas de estilo pulp: "Vendetta sangrienta" y "Pureza de sangre". Ha publicado también numerosos relatos, poemas y artículos en muchas revistas, antologías y webs. Y lleva (junto a su mujer) el Instagram literario @reinos_de_mi_imaginacion

 

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Nuria Blanco Nevado

FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN

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