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domingo, 26 de noviembre de 2023

5 de diciembre

HUELGA DE HAMBRE

Manel Medina

La vida eterna, ver pasar el devenir de los tiempos... ¿suena tentador, verdad? Eso pensé yo hace ya ochenta y tres años cuando me dejé engatusar por una seductora muchacha ofreciéndole mi cuello. Así, sin más. No opuse ninguna resistencia. Todo lo contrario, le brindé mi yugular como el que frena su paso premeditadamente para que alguien se cuele detrás de él en el metro.

 Craso error.

 A mi favor he de confesar que estaba algo embriagado. Y no por alcohol. Siempre he detestado ese desagradable producto de la fermentación etanólica. En cambio, sí que había probado un par de caladas del canuto de mi amigo Juan. O unos cuantos pares, si soy sincero. Era la fiesta anual de la Universidad y yacíamos despreocupados en el campus escuchando algún pésimo grupo de música. Yo cerré los ojos mientras volaba entre nubes de algodón de azúcar. Por supuesto, no me percaté de que todos los que allí estaban, incluidos mis supuestos amigos, salían corriendo despavoridos. He aquí un buen motivo para desalentar a los más jóvenes de fumar opiáceos: no solo reducen significativamente el número de neuronas de tu cerebro, sino que hacen que estas respondan de una forma absurdamente incompetente a los estímulos. Pueden hacer que permanezcas inmóvil en medio de la calzada mientras ves llegar un camión a toda velocidad, que te quedes apoyado en un poste metálico en plena tormenta eléctrica o, como fue mi caso, que sonriera a esa irresistible embaucadora cuando volví a abrir los ojos.

 En aquel momento me pareció la chica más sexy del mundo. No debía hacer mucho tiempo que se había convertido porque conservaba todas sus curvas intactas. Y qué curvas. Solamente unas ojeras negruzcas me podían haber hecho sospechar que no se trataba de una muchacha normal, sino de una criatura de ultratumba. Bueno, eso y el reguero de sangre, probablemente de su anterior víctima, que brotaba de la comisura de sus carnosos labios. Y, viéndolo con retrospectiva, también me tendría que haber parecido extraño que un individuo, amigo de la joven, estuviera jugando con los intestinos del batería del deplorable grupo musical que hacía unos instantes estaba perforándome el tímpano. Pero, como he dicho anteriormente, el tetrahidrocannabinol estaba causando estragos en mis desinhibidas neuronas y aquella fémina se me antojó de lo más atractiva. Ella y su sugerencia: «¿Quieres un polvo de muerte conmigo? Déjate morder y lo disfrutarás eternamente». Así que, bueno, pues me dejé morder.

 Lo cierto es que el susodicho acto sexual fue inolvidable. Fuimos al despacho del rector, que los zombies podemos ir ligeros de ropa pero no somos exhibicionistas. Lo hicimos encima de la mesa, a lo El cartero siempre llama dos veces. En aquel momento me sentí en el cielo, o en el infierno, no sé, pero desde luego fue una experiencia fuera de rango humano.

 Púrpura —así se llamaba la muchacha— y yo nos convertimos en pareja inseparable. Y no sólo nos unía el sexo, sino también el apetito por la carne humana. Qué buenos ratos pasamos juntos en nuestros inicios. Ella empezaba por los pies, yo por la cabeza y cuando llegábamos a las vísceras nos besábamos apasionadamente mientras nos embadurnábamos de sangre y líquido peritoneal. Ay, qué tiempos de lujuria y matanzas.

 Pero todo lo que sube baja... o se pudre, como es el caso. Nuestra condición hace que seamos pasto de las bacterias, lombrices y demás. Por aquel entonces no se estilaban los baños en formol, los cuales enlentecen el irremediable proceso de putrefacción. En aquellas primeras fases del ataque zombie aún no habíamos descubierto cómo hacer que nuestras partes blandas permanecieran en su sitio durante un tiempo aceptable —en una escala eterna, claro está—. El hecho es que para tejido blando el que forma nuestros genitales. Así que ya se puede imaginar qué es lo primero que se me empezó a caer a cachos. Espero que estas palabras no le causen pudor. Hay que hablar del tema con naturalidad. ¿No es algo que nos acaba pasando a todos, sin excepción? Pues hablemos de ello alto y claro. Me quedé tal que un eunuco.

 Púrpura, viendo insatisfechas sus desenfrenadas necesidades, se fue con otro más joven, en términos de conversión. Y con su ausencia se apoderó de mí un profundo vacío.

 Lo llené con gula.

 No recuerdo haber comido más humanos en toda mi vida zombie, tantos que creo haber dejado unos cuantos cuerpos inservibles. Es bien sabido entre los nuestros que cuando te haces con un humano debes dejar de él lo suficiente como para que sea funcional como zombie, una vez se haya transformado. Hay unas cuantas reglas de oro que rigen nuestro comportamiento, como no tocar el cerebro o los ojos, por muy apetitosos que resulten, cual guindas de un pastel. Pues en esos días yo creo que no respetaba ni eso. Hacía de los homo sapiens cerditos: no dejaba ni las orejas. Ahora, que bien caro lo pagué, porque me puse en los ciento veinte kilos rapidito. Qué lamentable situación; ¿acaso se ha visto alguna vez un zombie obeso? Huesudos, sí. Alopécicos, también (inclúyase aquí las señoras de avanzada edad). Pero obesos no, por el amor de Dios. Me dolería que se me tache de gordofóbico. Se trata simplemente de una cuestión de supervivencia. Imagínese qué torpe resultaba cuando éramos perseguidos por un grupo de atrevidos humanos hacha en mano. En más de una ocasión me vi perdiendo la cabeza y teniendo que llevarla a cuestas como el que carga con una pelota de baloncesto, mientras soportaba estoicamente las mofas de los míos. Tuve que recurrir a lo aprendido durante los dos años de medicina que me había dado tiempo a cursar antes de que Púrpura me sumiera en esta vigilia perpetua, y coser como pude la testa al resto de mi ser. El problema es que los puntos de la nuca no me quedan nunca bien y si voy a la carrera y freno en seco la cabeza se me descuelga hacia delante, causando unas cefaleas que ríanse los que sufren de migrañas.

 Paradójicamente, fueron los gusanos los que me salvaron de tan esclava enfermedad —por si se ha perdido entre tanta calamidad, me estoy refiriendo a la gordura—, pues no tardaron demasiados años en hacerse paso hacia el exterior desde mi estómago. Cuando uno asomó la cabecita, fue imparable. Debían decirse unos a otros «ve hacia la luz», como a Caroline en Poltergeist. El resultado, como imaginará, es que ahora parezco un colador. Delgadito, eso sí. Poco les llega para absorber ya a mis putrefactos intestinos.

 Para ir acabando, no me gustaría abusar en exceso de su preciado tiempo, querido mortal, quería exponerle otra de las fastidiosas incomodidades que sufro por mi condición de zombie. Me estoy refiriendo a un tema tabú entre los nuestros: la incontinencia. Sí, porque aunque nos envalentonemos y hagamos ver que el fuerte hedor que desprendemos es fruto únicamente de nuestra terrorífica putrefacción, el origen de nuestra característica pestilencia es mucho menos decoroso. En lenguaje llano: nos cagamos por la pata abajo. Literalmente. El motivo no es otro que la marcada atrofia muscular que desarrollamos inexorablemente con el paso de las décadas, causante así mismo de ese andar tan peculiar y tan bien plasmado por Michael Jackson en el videoclip Thriller. ¿Cabe alguna solución práctica, al menos paliativa? Pues sí, me imagino que podríamos usar esos dispositivos absorbentes que tan populares son en residencias para la tercera edad. Pero dígame qué respeto, por no decir ya temor, vamos a poder infundir en nuestras ansiadas víctimas humanas ataviados de esa guisa.

 A estas alturas debe de estar preguntándose cuál es el objeto de esta carta, posiblemente la primera que hace llegar un zombie a un Ministerio de Sanidad humano. Pues bien, mi única esperanza a los problemas que he ido detallando a lo largo de estas líneas era la investigación. Me consta que se ha estado trabajando en unas vacunas que podrían atenuar nuestra agresividad y, por un desconocido pero glorioso efecto secundario, revertir nuestra putrefacción. Sin embargo, dichos estudios se están viendo comprometidos por el tijeretazo presupuestario que se está llevando a cabo en su Ministerio. Soy consciente de que estamos en tiempos de crisis y de que el PIB se ha hundido y todo eso. Pero apelo a su solidaridad para que piense en lo que queda de humano en mí y mis congéneres, y consiga que la investigación en este campo vuelva a retomar el ritmo que debiera.

 Como muestra de mi compromiso me he declarado en huelga de hambre. Hace tres semanas, dos días y tres horas desde que tomé esa decisión. No he probado bocado humano desde entonces, ni un dedito meñique ni nada. Sólo como ratas y otros animalejos, como Brad Pitt en Entrevista con el vampiro, hasta que muerde a la niña, claro.

 Créame cuando le digo que mi decisión ha sido terriblemente incomprendida por los míos. Eso ha agudizado mi depresión, tanto que sería capaz de suicidarme, aunque sé que es algo que no tiene sentido alguno para alguien que ha sido condenado a la muerte en vida. Empiezo a sufrir rechazo por su parte, pues me temo que piensan que los repudio y que me quiero convertir en humano. Lo intuí el otro día mientras hacía yoga —que ha probado ser una herramienta fabulosa para distraer el hambre—. Estaba haciendo una llave culo en pompa cuando Juan (el del canuto del campus, que pasó a nuestro bando meses más tarde) me pegó un buen bocado en el trasero llevándose lo que me quedaba de la nalga izquierda. No voy a negarle que la situación tuviera su morbo, pero es inusual que un zombie se zampe a otro. Es otra de las reglas de oro: no nutrirse de otros zombies, más que nada porque entonces nuestra era acabaría pronto, hasta ahí llegamos. La cuestión es que Juan no lo habría hecho si me hubiera visto como a uno de los suyos.

 Para concluir, querido humano, sin más dilación le pido, le suplico que abandone la senda de los recortes en investigación. Porque sin investigación no hay futuro y el mío es oscuro, pero el suyo lo puede ser mucho, mucho más.

 

SOBRE EL AUTOR


Manel Medina

Manel Medina ha publicado la novela Donde siempre hay luna llena (Cáprica ediciones, 2023). Con anterioridad, ha ganado el premio Pepi Pagès (relato Gegants, 2017) y ha resultado finalista del premio El Laurel (relato Huelga de Hambre, 2016, y Hashim y la tortuga, 2015). También ha sido finalista de la V Edición del Concurso de cortometrajes Subtravelling (idea original y guionista) con Metrolovers (2014).


DONDE SIEMPRE HAY LUNA LLENA


SINOPSIS

¿Crees en los fantasmas? Los habitantes de Montfosc están convencidos de que la solitaria Agnes convive en su mansión con el espectro de su difunto hijo, Belmont. Pero, para Laia, esa leyenda dejó de ser un mito cuando lo vio asomado a una de las ventanas de la casa durante sus vacaciones de verano.

Ahora, seis años después, Laia ha vuelto a Montfosc para celebrar el final del bachillerato con su primo, pero pronto se da cuenta de que su encuentro con el fantasma de Belmont fue solo el comienzo de una historia de amor que traspasa los límites del mundo terrenal.

Sin embargo, Belmont es un ser enigmático y oscuro, y Laia no sabe si debe confiar en él. Además, ambos pertenecen a mundos opuestos, quizás demasiado alejados como para que su historia acabe bien.

¿Será capaz Laia de superar los obstáculos que se interponen entre ella y Belmont?

¿Podrán dos seres tan diferentes encontrar la felicidad juntos?

Descubre la emotiva historia de "Donde siempre hay luna llena" y déjate llevar por la magia de un amor imposible.


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Nuria Blanco Nevado

FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN

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