24 de diciembre
En este día tan especial me apetecía compartir una pieza literaria propia, y dado que muchos habéis leído ya el prólogo de La Cicatriz del Mundo, he decidido que la ocasión merecía revelar la existencia de una nueva novela en la que he estado trabajando los últimos meses: Coral Red, un thriller de ciencia ficción.
Aún se encuentra en fase de primer borrador y, por lo tanto, es la primera vez que alguien lee el inicio de esta historia. Soy consciente de que hay margen para mejorar en términos de narrativa, y es por eso que valoro cualquier comentario constructivo que podáis proporcionar.
Además, aprovecho la ocasión para informaros de que estoy buscando lectores beta, así que si tenéis interés en colaborar conmigo en la revisión y mejora de Coral Red, no dudéis en contactarme a través de Instagram. Vuestra participación será fundamental en este proceso creativo, para pulir esta obra y llevarla a su máximo potencial.
Por otro lado, espero que hayáis disfrutado de los relatos contenidos en este calendario de adviento, ya que aquí llega a su fin. Si queréis, podéis votar vuestro relato favorito pinchando en este botón:
¡¡¡Os deseo unas felices fiestas llenas de alegría y creatividad!!! 🤶🎄
PRÓLOGO
¿Qué somos realmente? ¿Apenas un conjunto de recuerdos almacenados en nuestras neuronas? ¿O existe algo más profundo que define nuestra identidad?
Mis ojos se pierden en la danza titilante de luces urbanas. A través del cristal de la ventana parecen estrellas fugaces que optaron por desprenderse del firmamento para perderse humildemente entre nosotros, meros mortales. El vibrante tono de mi pintalabios rojo coral destaca en mi reflejo, capturando la luz blanquecina que inunda la habitación.
Tras dedicar incansables jornadas a desentrañar los misterios de la mente humana, he comprendido que la ciencia, constreñida por los límites de la bioética, nunca me brindará las respuestas que tanto ansío. Esta es la razón que ha guiado mis pasos hacia un sendero en el que los experimentos dejan de ser actos en busca de conocimiento para transformarse en delitos.
Atravieso el umbral de mi balcón y dejo que la brisa acaricie mi mente; ese torbellino incansable de miedos y reflexiones.
«Aún estoy a tiempo de detenerme».
Un paso más implicaría despedirme para siempre de las personas que amo.
Mis dedos tamborilean sobre la fría barandilla de metal. ¿Acaso no es esta la esencia humana? La capacidad de cuestionarnos constantemente, de buscar la verdad incluso cuando nos enfrenta a nuestros miedos más profundos.
Cierro los ojos e inspiro con decisión.
«No me detendré».
«No importa cuán oscuro sea el camino».
CAPÍTULO 1
―¿Qué... qué ha pasado? ―Las palabras escapan de mis labios en un susurro mientras abro los ojos, descubriendo que me encuentro tumbada en el frío asfalto. Mi cabeza late al ritmo de un tambor desenfrenado y, al llevarme la mano a la sien, siento la humedad pegajosa de la sangre.
Una voz desconocida intenta apaciguarme.
―Tranquila. Te has dado un golpe en la cabeza. ¿Puedes decirme cómo te llamas?
―Sarah ―respondo. Un dolor punzante me recorre el cráneo. Intento levantarme, pero la persona que me atiende me detiene con suavidad.
―Mejor no te muevas todavía ―dice―. Soy enfermero, así que puedo examinarte aquí mismo antes de decidir si necesitas ir al hospital.
―Gracias ―murmuro, tratando de enfocar mi vista en el hombre que habla. No recuerdo nada, ni siquiera cómo he llegado a estar tirada en medio de la calle. Solo tengo un vago recuerdo de haber salido del trabajo y dirigirme a casa. El sol se cuela por entre las nubes, acariciando mi rostro con su calidez, mientras la niebla de la confusión comienza a disiparse lentamente.
―¿Te duele algo más que la cabeza? ―pregunta el enfermero, palpando con cuidado la zona del golpe.
―No ―respondo, mordiéndome el labio para evitar gemir de dolor. El sabor me indica que no llevo puesto el pintalabios Coral Red, mi peculiar obsesión.
―Tienes buen aspecto ―me tranquiliza el enfermero―. No te preocupes por nada más ahora mismo.
―Está bien ―asiento, intentando mantener la calma mientras siento cómo el miedo se apodera lentamente de mí. Estoy confundida y asustada, pero también agradecida de estar viva. No puedo evitar preguntarme cómo ha sucedido esto. ¿Qué me está pasando? ¿Por qué no recuerdo nada? ¿Me desmayé? ¿Me tropecé y caí? ¿Alguien me atacó?
―Necesito hacerte unas preguntas básicas para comprobar tu estado. ¿Cómo se llaman tus padres?
―Linda… y mi padre se llamaba James. Falleció hace años.
―Lo lamento ―comenta―. ¿Tienes hermanos?
―Sí. Un hermano pequeño… ―En mi mente, se dibuja una imagen difusa de mi hermano, un joven ingenuo que marchó a Estados Unidos persiguiendo su sueño de ser actor.
―¿Cómo se llama?
La respuesta tarda un rato en llegar a mi mente.
―Tony.
El enfermero frunce el ceño ligeramente.
―¿Y a qué te dedicas?
―Trabajo en Neural Dynamics.
―Bien, ¿y en qué mes estamos?
―Octubre.
―¿Octubre? ¿Estás segura?
―Sí, es la primera semana de octubre. Ahora no recuerdo el día exacto. Tengo que entregar los resultados de mi proyecto a final de mes.
El ceño del enfermero se profundiza.
―¿De qué año?
―Dos mil cincuenta y dos.
―Sarah. Estamos a finales de mayo de dos mil cincuenta y tres.
―¡¿Qué?! ―pregunto, alarmada.
―¿No recuerdas haber celebrado la navidad?
―No… para nada ―murmuro, sintiendo cómo una mezcla de miedo y frustración se acumula dentro de mí. La falta de recuerdos es como un abismo oscuro y aterrador, amenazando con engullirme―. Ni siquiera he empezado a pensar en comprar los regalos este año. ―Intento concentrarme en mi respiración, en el aire fresco que llena mis pulmones, buscando desesperadamente algo de estabilidad en medio de este torbellino de emociones―. ¿Siete meses? ¿He olvidado siete meses de mi vida? ―pregunto, incrédula.
El enfermero asiente con gravedad, su mirada compasiva y preocupada. Me gustaría poder recordar algún detalle, cualquier cosa que me ayude a entender qué ha ocurrido.
―Deberíamos llevarte al hospital, Sarah. Es importante descartar cualquier problema grave en tu cerebro ―dice con firmeza. Asiento, aunque no estoy del todo convencida. No quiero ser una carga para nadie, pero tampoco quiero arriesgarme a pasar por alto algo que podría poner en peligro mi vida o mi cordura.
En el hospital, los médicos parecen igual de desconcertados que yo, y tras múltiples pruebas y análisis, llegan a la conclusión de que todo en mi cerebro está en orden. No entiendo cómo es posible tener una pérdida de memoria tan severa sin ninguna explicación aparente. Tal vez sea mejor así, me digo a mí misma, intentando mantener la calma. Entonces decido que debería llamar a mi madre y contarle lo que me ha ocurrido. Ella siempre ha sido mi refugio, mi fuente de sabiduría y amor incondicional.
―Llamar a mi madre ―le digo a mi teléfono. El ruido del comunicador resuena en mis oídos.
―¡Dios mío, Sarah! ―exclama mi madre, su voz temblando de nerviosismo―. ¿Dónde estabas? ―Se echa a llorar y no logro comprender sus palabras.
―¿Mamá? ―digo, mi voz alzándose sobre el ruido de su llanto―. ¿Qué pasa?
―¿Cómo que qué pasa? Te creíamos muerta.
―¿Muerta? ¿Por qué?
―Has estado… has estado desaparecida desde hace siete meses.
―¿Qué? ―respondo, sintiendo cómo el mundo a mi alrededor se tambalea. ¿Desaparecida? ¿Cómo es eso posible? ¿Y qué ha ocurrido durante todo ese tiempo?
―Lo siento, cariño ―susurra mi madre, compungida―. Supusimos que te habían secuestrado, pero... como no hemos sabido nada de ti en todo este tiempo. Estábamos... estábamos a punto de rendirnos.
―¿Rendiros? ―repito, horrorizada. La idea de mi hermano, luchando con sus propios demonios y lidiando también con mi pérdida me resulta insoportable. Si yo estaba desaparecida, ¿qué le habrá ocurrido a él? ¿Habrá necesitado mi ayuda en algún momento? Me siento culpable, aunque sé que no puedo controlar lo que ha ocurrido.
―¿Qué te ha pasado, querida? ―pregunta mi madre, su ansiedad filtrándose a mi sangre a través de la llamada.
―No lo sé. Estoy saliendo del hospital. No recuerdo nada de estos últimos siete meses.
―Voy a llamar a la policía. Tenemos que averiguar qué te ha pasado ―dice mi madre con determinación.
―Vale ―titubeo, intentando encontrar fuerzas en algún lugar dentro de mí.
―Quédate ahí, voy a pedir un taxi.
―Está bien ―digo, antes de que se corte la llamada.
Me quedo ahí de pie, contemplando el cielo nublado en la salida de Urgencias. Mis pensamientos flotan como sombras danzantes, tejidas por los hilos de la confusión. Las lágrimas de mi madre resuenan aún en mi mente, como notas de una melodía melancólica que intenta encontrar su armonía perdida, y el viento acaricia mi rostro, llevándose consigo susurros de misterios que se deslizan entre las grietas del tiempo.
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Nuria Blanco Nevado
FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN
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