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jueves, 30 de noviembre de 2023

22 de diciembre

PINTURAS DE OTROS MUNDOS
            Eduardo Kunysz


El mar era calmo en esa región. Jamahan había buceado durante años entre esos arrecifes; eran como su casa. Cada piedra, cada caverna, todo estaba registrado en su memoria. Casi por instinto, conocía la ruta por la cual se internaban los cardúmenes de peces. El sol del mediodía se reflejaba en el fondo, y en la arena se dibujaban los tramados oscuros que se movían como el cuero de un leopardo celeste.

Con el arpón en la mano y dispuesto a conseguir un gran número de presas, nadaba rápido buscando una buena posición y esperaba paciente tras los corales.  Como un león al acecho, observaba con detenimiento el paso de una raya, esperando el momento justo para atacar. Bajo el lomo del animal vio un pequeño brillo, solo una chispa. El cardumen pasó frente a él, pero la curiosidad era superior al ansia de caza.

Ascendió para tomar aire. El sol golpeó su cara y tras tragar unas gotas de agua salada, contuvo la respiración y volvió a las profundidades. Diez metros lo separaban de la superficie cuando llegó cerca del lugar donde había visto este reflejo. Estuvo largo rato intentando localizar el objeto que había producido tal resplandor, pero no lo encontró. Cerró los ojos y se dejó llevar por el suave vaivén de las corrientes en las profundidades, como acunado por un enorme monstruo que lo envolvía. 

De pronto, una lluvia de alfileres atravesando su cerebro lo despertó del sueño, abrió los ojos y fijo la vista en el fondo. Había un objeto, algo que nunca había visto. Era de carácter artificial; la naturaleza no pudo haber creado una esfera tan perfecta y con ese brillo cromado. Instintivamente, la rozó con los dedos; era suave, solo tenía unas leves protuberancias, inscripciones en algún dialecto desconocido, suaves trazos en relieve. 

Intentó levantarla, pero no obtuvo resultado; estaba como aferrada a las rocas del fondo marino. Siguió palpándola con cuidado y de pronto accionó un mecanismo, detrás algo se hundió y una fisura cortó todo el perímetro. Un resplandor blanco surgió del centro; la esfera se estaba abriendo. Jamahan retrocedió, no le gustaba; empezaron a salir burbujas y el agua alrededor aumentó su temperatura. En medio de un torbellino, la figura de una imagen gelatinosa y transparente salió disparada del interior. Por un instante, esta nube sin forma se detuvo y lo rodeó; luego aumentó la velocidad de rotación y subió como un delfín a punto de saltar a la superficie. 

Jamahan estaba desconcertado; emergió lo más rápido que su cuerpo pudo soportar; la diferencia de presión lo mareó, y sintió como si algo se vaciara de sus oídos. Asomó la cabeza y entre la embarcación y las montañas selváticas vio la playa. Más arriba, la figura del ser gelatinoso iba como una flecha directa a su pequeña cabaña. Un instante más tarde había desaparecido. 

Una sensación desagradable le recorrió el cuerpo: Minki estaba dentro, totalmente indefensa. Nadó rápidamente al barco, no pensaba en el cansancio; no existía. Subió por uno de los flotadores y tiró de la soga que desprendía la vela. El viento venía de la otra punta de la bahía, y el catamarán avanzaba saltando entre las olas. 

Solo una imagen pasaba por la cabeza de Jamahan: Minki, aquella muchacha que años atrás había caído por sorpresa en su vida, traída por las enfermas costumbres de la ciudad. Con la cabeza quemada por los alucinógenos, su existencia era un martirio. La última oportunidad estaba en esta isla, en medio del Pacífico, donde la naturaleza tomaría el trabajo de médico e intentaría salvarla. La rehabilitación era prolongada, sin esperanzas de una recuperación total; se refugiaba en sus pinturas. 

El trayecto parecía casi eterno para Jamahan, que iba tendido en la vieja lona del medio. Pero el catamarán avanzaba a grandes saltos, y en pocos minutos estaba sobre la última barrera de corales. 

Saltó al agua dejando la embarcación a la deriva y corrió desesperadamente. Con los pies hundidos en la tibia arena, entró empujando la puerta con el hombro. Al fondo de la habitación estaba Minki, parada con la vista en blanco. Jamahan rastreó la cabaña en busca del visitante, pero no había nada. Se acercó a Minki y la sacudió tomándola de los brazos. La cabellera rubia de la muchacha se alborotó, pero ella seguía ahí, en pie, sin hacer ni un movimiento, con la vista perdida, observando algo en las lejanías.

Jamahan intentó hablarle, pero sabía que era inútil; Minki esbozaba solo agudos sonidos de garganta. Jamahan nunca la había oído hablar; en algún momento llego a pensar que Minki nunca había aprendido a hacerlo. Pero en esos momentos volvía a la realidad y recordaba los daños severos que las drogas habían tallado en su cerebro.

Los días pasaron y Jamahan no se atrevía a dejarla sola; solo se preguntaba: ¿cuánto le había afectado la experiencia? Minki, por su lado, no paraba de dibujar, algo que Jamahan festejaba con alegría. Era como que todo estaba volviendo a la normalidad; habría sido un mal sueño, una experiencia que nunca querría recordar ni contar. Quedaría entre ellos dos y lo superarían con el paso del tiempo. 

Los dibujos de Minki pasaron de ser simples paisajes caribeños a ser extraños esquemas de colores vivos y diversas figuras abstractas. Jamahan no le otorgó demasiada importancia a este hecho, solo le llamó la atención. Había montañas en ambientes de un rojo agresivo, mezclado con trazos negros. En otros veía figuras que se parecían a ciudades; había cierta organización, eran edificios piramidales cubiertos de burbujas celestes. En uno de estos dibujos, entre estas raras ciudades, llegó a ver trazos que parecían objetos que volaban; las pinceladas perdidas le daban un aire de velocidad. Mezclas de fucsia y amarillo para el cielo. Hubo una en la que entre trazos apareció un grupo de figuras que parecían de una sustancia acuosa; era difícil verlo entre las grotescas líneas en óleo. Jamahan se empezó a interesar cada vez más en estas figuras.

Minki no soltaba el pincel en ningún momento, y cuando un trazo arruinaba una obra, la destruía inmediatamente, como descargando su bronca en el papel o en la tela. Parecía intentar hacer algo que superaba su capacidad. Cada día se volvía más posesiva; estaba en un estado de trance continuo, emitía sonidos de rabia y por momentos de llanto. Jamahan observaba estos síntomas con temor; había algo que estaba madurando dentro de ella, algo que quería salir, quería expresarlo y no lo lograba.

Habían pasado más de dos semanas de aquel trágico día. Jamahan ya no soportaba ver a Minki sufrir tanto. Las veces que intentó separarla del lienzo sobre el que trabajaba, ella gritaba y en algún momento llegó a golpearlo. Los dibujos eran cada vez más complejos. Ahora había  esas pirámides por todos lados, cubiertas por neblinas; eran mundos enteros inexistentes.

Una noche, Jamahan, abrumado por la angustia que experimentaba, decidió salir a pasear. En ese instante, pensó que Minki no sufriría ningún daño siempre que estuviera cerca de sus pinturas. Caminaba descalzo sobre la arena húmeda del mar. Las olas llegaban hasta rozarle los pies y la brisa del sur traía ese aroma salado y húmedo. Avanzó hacia unas palmeras que se perdían en la oscuridad. Las estrellas titilaban en la bóveda celeste. Por más que deseara sacar de su cabeza las raras ideas que no paraban de brotar, estas surgían como de un manantial eterno. Tantas cosas habían cambiado. Volteó por un instante y observó con tristeza la cabaña; la luz de las velas bailaba en los cuadrados que formaba en la arena. 

La puerta se abrió y Minki atravesó la abertura caminando lentamente, sosteniéndose del marco. Jamahan se alarmó e inmediatamente echó a correr. Tal vez Minki se estaba recuperando, tal vez notó su ausencia. Sabía que no debía dejarla sola, pensó.

Cuando estuvo a pocos metros de ella, sintió el sonido que salía de su boca; era un chillido agudo y doloroso. Tenía los ojos en blanco y hacía pequeños y rápidos movimientos con los párpados, las palmas de las manos apuntando hacia delante con los dedos estirados. Se la veía pálida y sudando. Jamahan dio dos pasos adelante pero se detuvo. Algún acontecimiento importante se estaba desarrollando. En un instante Minki detuvo todos los movimientos. Una columna de luz salió de sus ojos, como si tuviera dos reflectores gigantes que la quemaban por dentro. Abrió levemente los labios y en su boca brillaba algo de un blanco incandescente. Todo a su alrededor se iluminó. Como atravesando el cuerpo de Minki, una nube de vapor encendida avanzó hacia Jamahan. El cuerpo de la muchacha era transparente. La nube tomó una forma esférica y atravesó a toda velocidad la figura del hombre.

Una oleada de sensaciones, recuerdos y nostalgias lo inundó. Era como haberlas vivido  todas juntas. Sintió la presencia de Minki muy dentro suyo. Por un momento se sintió volar, como ascendiendo a las estrellas. Flashes de imágenes blancas pasaban intercaladas con formas y figuras nunca vistas. En un momento estaba en uno de los mundos que había visto en las pinturas: pirámides poblándolo todo, un pequeño sol blanco, extinto, y la neblina que cubría el horizonte. Pequeños objetos veloces, como la esfera que había visto en el fondo del mar, surcaban los cielos. En otro momento estaba en un mundo rojo, agreste, desértico. Entre el polvo que volaba en el horizonte había un montículo triangular, de origen artificial. Otra imagen blanca cruzó por delante y ahora estaba sumergido en un líquido verdoso. Los rayos del débil sol formaban pilares de luz que dejaban al descubierto todo un mundo tecnológicamente poblado, edificaciones, movimiento, más de esas pequeñas esferas cromadas. Edificios triangulares; eran como hitos que le indicaban el camino, ¿pero a dónde?

Las sensaciones subieron de intensidad, pero ahora volaba suavemente entre los soles, galaxias enteras vistas de distintos perfiles. Entró en un ambiente gaseoso, poblado de diversas partículas de polvo estelar; brillaban como gotas de lluvia verdosa. Y ahí vio a muchos de esos seres líquidos transparentes que vagaban entre las motas de polvo, como danzando en un mundo irreal. Había cientos, miles; estaba rodeado, y por un momento sintió la felicidad que lo embriagaba.

Un fuerte temblor en el cuerpo lo hizo volver. Ahora estaba parado en la arena frente a Minki. Las rodillas de la muchacha se doblaron y cayó al suelo. Jamahan estaba temblando. Dirigió la mirada al cielo. Ella estaba allá, entre las estrellas, ahora libre de su cuerpo. Tal vez eso le había querido decir con las pinturas: que estaba llegando la hora de partir. Como quien traza en un mapa la ruta de un largo viaje, ella dibujaba los mundos que le indicaban el camino hacia aquel maravilloso destino. 

Jamahan dio algunos pasos por la playa sin dejar de ver la bóveda de puntos luminosos. Esperaba poder ver la imagen de aquel acontecimiento celestial, pero era consciente de que pasarían siglos antes de que llegara. Tal vez para aquel entonces, la raza humana habría desaparecido. En ese momento se dio cuenta: Minki había pintado la luz del futuro.


SOBRE EL AUTOR

Eduardo es ingeniero en Electrónica dedicado a la industria aeroespacial y docente universitario. Además, es autor de la colección de relatos "Los Límites de la Humanidad" y ha publicado diversos artículos tecnológicos en el ámbito científico. Su escritura se inspira en autores como Isaac Asimov, Arthur Clarke, J.G. Ballard y William Gibson, explorando los géneros de ciencia ficción dura y cyberpunk.




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Nuria Blanco Nevado

FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN

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