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miércoles, 22 de noviembre de 2023

13 de diciembre

EL SEXO ADORADO
Jorge Sacha


Efectúo a pie el último trayecto de mi camino, desde el vehículo acorazado hasta el ayuntamiento. De los seis coches escolta salen hasta doce guardias personales que me custodian en este breve trecho, al tiempo que veinte francotiradores se hallan listos para deshacerse al segundo de la más mínima amenaza para mi seguridad. Además, porto un traje de cuerpo completo a prueba de balas, que me hace parecer una astronauta. Apenas puedo ver por dónde piso, pero no importa, pues dos guardaespaldas más, uno a cada lado, me agarran del brazo para guiarme y ofrecerme una capa extra de protección. No es que me encuentre en peligro, que se sepa, ni siquiera se sospecha de nadie que quiera causarme daño, pero soy la única mujer de la ciudad. Toda precaución es poca.

En el pectoral izquierdo de mi traje llevo bordada una figura que representa a una Venus de Willendorf, figura paleolítica de mujer desnuda, caracterizada por unos rasgos femeninos prominentes. En un gesto de búsqueda de entereza o quizá consuelo para lo que está por venir, me toco levemente la silueta de la diosa ancestral mientras entro en el edificio.

Tengo veintiocho años y he estado embarazada desde que floreció mi fertilidad, allá por mis años púberes. He dado a luz a doce hijos sanos. Aparte de estos, tuve tres abortos de niñas y alumbré a otras seis que murieron al poco de nacer. De los doce hijos supervivientes, solo uno es niña, y se halla en estos momentos en cuidados intensivos con la salud a punto de quebrarse. Es la más joven y no se espera que sobrepase los seis meses; a pesar de ello, se está invirtiendo una poderosa porción de gasto público en tratar de salvarla.

Desde hace décadas, las mujeres han visto reducida su esperanza de vida, hasta que cada vez es más difícil encontrar, a lo largo y ancho del planeta, mujeres vivas. La densidad de población femenina actual es, a groso modo, de una mujer por millón de habitantes, por lo que se podría decir que cada gran ciudad tiene «su mujer». Nadie ha ofrecido una explicación satisfactoria de esta trágica mortandad, ni qué nos protege a las escasas supervivientes. La ciencia se halla desprovista de respuestas para este inusitado fenómeno; no ha cambiado nada en nuestra fisionomía en las últimas décadas que nos ayude a entender. Así, muchos eruditos se han rendido a explicaciones religiosas. Quizás es el principio del fin de la humanidad, después de todo, o una prueba divina que se nos presenta, pero que nadie sabe cómo superar con éxito. Algunos defienden que Dios, al igual que le dio al hombre la mujer, del mismo modo se la quita. Voces en el otro extremo ideológico arguyen que las mujeres estamos desapareciendo a causa del maltrato de los hombres. La diversidad de teorías es la norma.

Lo que sí sabemos es que, para sobrevivir como especie, la civilización debe mantener con vida a toda costa a las escasas mujeres que quedan y hacer que nos reproduzcamos lo máximo posible, con la esperanza de que engendremos a su vez alguna niña que consiga llegar al menos hasta la edad fértil. La cuestión se ha elevado a la categoría de asunto de estado en casi todas las naciones y como tal debe ser estrechamente controlada por los diferentes gobiernos. En este sentido, una responsabilidad añadida a los alcaldes y concejales de las ciudades lo suficientemente grandes como para tener «su mujer» es la de ocuparse en persona de la procreación. Al principio se barajó la posibilidad de la inseminación artificial y controlada, y de hecho para algunas mujeres se ha optado por esta modalidad, pero el halo religioso que imbuye a la ciencia a estas alturas se ha impuesto en muchos lugares sobre métodos que podrían tentar la paciencia de Dios, que tan resentida parece estar ya.

Dentro del edificio me espera el alcalde de la ciudad, rodeado de su equipo y de gran pompa. Lleva poco tiempo en el cargo y por tanto no ha disfrutado del derecho de reproducción. Es su turno fecundarme; los anteriores ya lo hicieron. En aras de la diversidad genética, no se permite que repita el acto conmigo ningún procreador, incluso aunque no me fecunde (pues no se perderá el tiempo con un hombre que bien pudiera ser estéril o impotente). Por ende, al alcalde le seguirían, dentro de una misma legislatura, los coordinadores, concejales y demás funcionarios públicos, en orden jerárquico.

Camino, rodeada de mi escolta, hasta la Sala del Dormitorio Municipal. Es el nombre que se le ha dado a la dependencia del ayuntamiento reconvertida en dormitorio para realizar el acto reproductivo conmigo. En su antesala, la escolta me abandona y entro con mi compañero coital de turno. Al finalizar el acto, encontraré a mi comitiva tal como la dejé y seré llevada de vuelta al lugar donde resido.

Cuando el alcalde y yo entramos en la Sala del Dormitorio Municipal y se cierran las puertas, me preparo para el procedimiento al que me he sometido tantas veces, pues lo veo como una mera rutina, lejos de todo aspecto deleitable. Sin embargo, para mi sorpresa, el alcalde no se desnuda sino que me acerca una silla y él se sienta en otra frente a mí.

—Siéntate —me dice—. Quiero hablar contigo.

—¿Cómo?

Permanezco de pie.

—Siéntate.

—¿No seguimos con el procedimiento?

—No, si tú no quieres. Hablemos.

—Como usted diga, alcalde.

Tras sentarme, él me mira durante unos breves segundos. Encuentro en sus ojos la opacidad típica de los políticos y la lascivia de los hombres abstinentes. O quizá me he acostumbrado a detectar en todos ellos los mismos rasgos, incluso cuando no están presentes.

—¿Alguna vez alguien te ha preguntado si quieres realizar el procedimiento?

—No.

El alcalde suspira y se mira las manos.

—Te ofrecería un trago, pero no hay nada así en esta aséptica sala. Está diseñada para un propósito específico y nada más.

—Aunque lo hubiera, no me está permitido beber. Creo que usted lo sabe…

—Lo sé. Ni un triste café. En fin, tutéame, Zora. Te voy a confesar algo. 

—Dígame.

—Estamos condenados.

—¿Todos? ¿Usted cree?

—Eso creo. Y sí, es una creencia mía, basada en mi personal observación de la realidad, pero una creencia a fin de cuentas. Nuestras creencias rigen el modo en que nos manejamos y yo en este punto no veo sentido a acostarme contigo para fecundarte.

—¿Ni siquiera por el placer sexual? Todos los hombres están ávidos de tal cosa ahora mismo. Pagarían millones por estar en su lugar.

—Y por eso estás protegida permanentemente por las fuerzas consistoriales. Pero no, el placer sexual no me mueve a título personal, sobre todo si lo comparo con la posibilidad que te ofrezco de llevar mejor el resto de lo que te quede de existencia.

—¿Por qué haría eso? Sigo sin entenderlo. ¿Quiere decir que me libraría de mi tarea de procrear?

—Podría intentarlo. Seamos francos. ¿Para qué extender nuestra agonía? Incluso aunque las pocas mujeres que quedan vivas en el mundo entero parieran niñas sanas que llegaran a la edad adulta, no sería suficiente. Simplemente, no me salen las cuentas. Estamos abocados a la extinción.

—Tal vez ganemos tiempo para… —digo, dubitativa—. No lo sé, quizás encontrar una cura.

—Difícil hallar una cura para lo que ni siquiera estamos seguros de catalogar como enfermedad. Pese a las enormes inyecciones de fondos, las investigaciones al respecto se encuentran en fases muy preliminares y te puedo asegurar que en los laboratorios, incluso en los principales del mundo, reinan el desconcierto y el desánimo. He visitado varios de ellos, y también he asistido a congresos de medicina. Un optimismo hipócrita se vocea en ellos mientras, en sus corredores y vestíbulos, conversaciones en voz baja anuncian el fin de nuestra especie.

—Por el bien de la humanidad, quizá valga la pena intentarlo de todos modos.

—¿Y por tu bien? —dice mientras se acomoda en su asiento—. Muchos dirían que, en efecto, ya que de la supervivencia de la especie se trata, no hemos de considerar la opinión de nuestras mujeres, pero… ¿incluso en la situación que te acabo de describir? En este punto, me parece ético preguntarte si quieres continuar.

—Sigo pensando que es correcto luchar —digo en un hilo de voz.

—Porque no te han dejado pensar otra cosa, nadie, nunca. No has de darme una contestación ahora. Tendrás tiempo para considerarlo. Hoy no realizaremos el procedimiento. En el siguiente encuentro, yo habré perdido mi turno, te citarás con mi vicealcalde. Pero no importa, puedo idear la manera, soy la persona con más poder de la ciudad. No puedo salvar a la humanidad, pero quizá sí pueda salvar tu felicidad. Por supuesto, la felicidad que puedas tener sabiendo que el fin se acerca, pero quizás es más de la que has tenido en toda tu vida.

—¿Mi felicidad…?

Me percato de que nunca había reflexionado acerca de ella. Desde que tengo memoria, soy empleada como paridera. Solo durante unos años antes, cuando no tenía aún la menstruación, se me respetaba en ese sentido y mi vida era irresponsable y algodonada. No creo que aquello fuese verdadera felicidad. ¿Y lo posterior, lo fue? De algún modo, tengo interiorizado que no debo orientarme hacia mí misma sino hacia los demás, en ese cometido tan superior a mí, como es el de intentar salvar a la humanidad. Cuestionarlo me parece herético.

—¿Qué vida me esperaría si dejara todo esto? —pregunto en un arranque de valor.

—La que tú desearas. Podríamos pensarlo y planificarlo. Quizá sería recomendable esconderte durante un tiempo, declarar que has fallecido, disfrazarte de hombre después… Irte a vivir al campo, a la montaña, a cualquier lugar apartado, con alguno de tus hijos tal vez. Hay posibilidades, se pueden planear. Yo te apoyaría para realizarlas, Zora.

—Usted se arriesga mucho por mí… Pero no sabría vivir otra vida… Siempre se me ha dicho qué hacer en cada momento y se me ha dado lo que necesitaba.

—Y nadie sabe cómo se va a enfrentar al fin del mundo; al fin de la humanidad, para ser exactos. Nadie está preparado para eso, así que, ¿qué importa? Puedes ser pastora de ovejas, cavar un agujero en el suelo y vivir dentro, tener relaciones sexuales por placer con alguien de confianza. Serías libre.

—Libre… ¿Podemos ser libres si estamos condenados?

—Por un tiempo, seguro. Después, obtendremos otra libertad: la que la muerte regala.

Pienso durante unos segundos. Después, digo:

—No lo sé, alcalde.

—Está bien, es normal. Como digo, puedes pensártelo.

—Gracias. ¿Está seguro de que, de todos modos, no quiere realizar el procedimiento ahora?

—Ya te he dicho que no tengo un interés particular en hacerlo. Solo lo haríamos por tu deseo sexual, que presumo no es muy elevado hacia un viejo como yo.

—Gracias, alcalde.


Unos meses más tarde, comienzo a echar de menos la luz del sol. Sé que sigue existiendo ahí fuera, que no es su luz la que se extinguirá, sino la nuestra, pero no se me permite salir. Estoy encerrada en una habitación sin ventanas, en una casa oculta tras algún monte desconocido. En mis horas muertas, me dedico a acariciar la Venus de Willendorf, real esta vez, de madera tallada, el único capricho que el alcalde me ha permitido tener. La agonía es tan profunda que espero con ansia su regreso cada dos o tres días.

Oigo el vehículo acercarse y estacionar junto a la casa, por lo que presumo debe de ser ya casi de noche. Escucho la llave en la cerradura, los pasos sobre el suelo de baldosas, la puerta de mi celda. Cierro los ojos ante el hiriente brillo de su teléfono móvil, que ilumina la estancia por primera vez en varios días.

—Hola, Zora.

—Buenas noches, alcalde.

—¿Te alegras de verme?

—Sí, alcalde.

Deposita sobre la mesa una bolsa con comida para llevar. La devoro en cuestión de minutos. Él se sienta frente a mí y me observa con su mirada depredadora, esa que siempre estuvo ahí y que decidí ignorar.

Cuando termino de comer, me empuja hacia el camastro, me desnuda y realizamos el coito una vez más. No percibo signos de estar embarazada todavía, pero podría estarlo. Agradezco el calor humano que el alcalde me regala durante cinco minutos tras el acto. Me besa y me abraza; siento algo parecido al amor, ese sentimiento del pasado sobre el que he leído. Sea lo que sea, es más fuerte por él que por los otros que vienen a verme de cuando en cuando, aquellos que el alcalde necesitó implicar, dice, para que la operación tuviera éxito.

Me giro para observar a mi hombre. Creo que se halla en estado de duermevela. Sin embargo, parece que se despeja de nuevo su mente, noto cambios en su cuerpo. Ha recobrado el vigor y sus dedos exploran mi piel.

Creo que, en el fondo, yo lo supe desde el momento en que, aquel día, se saltó el protocolo y empezó a verbalizar su propuesta. Lo supe y colaboré.


SOBRE EL AUTOR


Jorge Sacha nació en Valencia y residente en León, España, donde ejerce de profesor de psicología en la universidad. Aparte de España, ha vivido en Reino Unido y en Portugal.

Es autor de la serie «Cuentos largos de café», llamada de esta forma debido a la veneración que el autor siente por el café, y formada por «El viaje sin retorno», «Matar al millonario» y «Crímenes de cafetería». También ha publicado «El Tren del Intercambio Etéreo y otros relatos», un compendio de ciencia-ficción, distopías, leyendas y fantasía, narrado desde el futuro hacia el pasado. Y su última obra es «Corazón de Cuervo», su primera novela, del género terror. Su género favorito como lector es la fantasía, pero como autor le gusta explorar distintos géneros. 



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Nuria Blanco Nevado

FANTASÍA Y CIENCIA FICCIÓN

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