Cristina Jurado
Estás ciego. No importa que abras los ojos o que los mantengas cerrados: la oscuridad es la misma. El negro se superpone al negro y la ausencia de luz es tan sustantiva como un axioma.
Despiertas de un sueño en el que te veías conduciendo un descapotable a gran velocidad. La carretera culebreaba por colinas empinadas, el cielo estaba despejado, el aire olía ligeramente a sal marina y el mar vigilaba tu camino desde la costa. El coche se agarraba perfectamente al firme y ambos ascendíais sin encontrar otros vehículos, cada vez más arriba, el acantilado resbalando hacia la rompiente. Subías y subías, y estabas solo, ningún automóvil se cruzaba o intentaba adelantarte, y ni siquiera se veían ciclistas en las cuestas. La cima estaba muy cerca pero tú nunca llegabas, y el coche seguía trepando la cremallera de aquella montaña, la música rock a todo volumen, el pie en el acelerador y la mano derecha en la caja de cambios.
Ahora estás en posición horizontal sobre una superficie firme de tejido acolchado.
Tienes conectada una vía en cada brazo.
O eso parece.
Eres incapaz de moverte, aunque puedes menear ligeramente los dedos.
O eso crees.
Giras diez grados la cabeza hacia la izquierda intentando buscar un punto de claridad en la noche.
El mismo color negro te saluda a la derecha y al frente.
No sabes cuánto tiempo llevas en ese lugar ni cómo llegaste. Sientes una tela ligera contra la piel de los muslos, la misma que puedes rozar con las yemas de los dedos. La temperatura es fresca, no demasiado baja como para que tengas frío, pero notas que tus pies no llevan calcetines y que tocan algo metálico.
No puedes moverte aunque no estás inmovilizado.
Ninguna correa te mantiene atado, pero sientes una total falta de energía, y sospechas que te han administrado un relajante muscular.
Te sorprendes ante esa idea, porque no te acuerdas de nada anterior al sueño.
Esperas que alguien se acerque en cualquier momento, te tome la mano y llame tu nombre.
Pasan los minutos, pero no oyes nada, solo el zumbido del sistema de ventilación.
No percibes voces de otros pacientes, ni de enfermeras, ni de ningún médico.
El ruido mecánico de los ventiladores llena el vacío que te rodea.
Te sientes tan débil que ni siquiera puedes llamar a alguien para que te atienda.
Ciego, en un espacio que no puedes ubicar y sin nombre, te sientes solo.
Únicamente te distraen las imágenes del sueño en el que acelerabas entre el pinar y un barranco, lo único que te hace compañía entre las sombras, que se obstinan en aislarte del exterior.
Sea lo que sea que se encuentra ahí afuera, cuida de ti alimentándote y canalizando tus desperdicios.
¿Es una sonda lo que tira de tu uretra?
Haces un amago de cerrar los puños, un acto reflejo de frustración, y terminas apretando los párpados.
Entonces los ves: criaturas irregulares de tamaños y formas distintas comienzan a bailar ante tus pupilas. Son cuerpos flotantes del líquido vítreo de tus globos oculares, parecidos a los paramecios, pero desconoces cómo lo sabes.
Contemplas cómo se comportan en una coreografía bidimensional y espontánea que dura lo que tu espera.
Se convierten en tus compañeros, les das un nombre y les construyes una historia, ya que la tuya te evita.
Su presencia es reconfortarte pues te recuerda que no eres el único organismo vivo en este lugar de oscuridad blanda. Inventas relaciones entre ellos para pasar el tiempo: algunos se detestan y agitan sus cilios con agresividad mientras se enfrentan; otros se buscan, se cortejan bailando en círculos, y se fusionan para formar un grupo de descendientes de pequeño tamaño. Asistes con júbilo al primer parto y tu espíritu se anima. Emites un grito de alegría.
—¿Hay alguien?
No esperabas oír una voz en medio de la oscuridad que se extiende en todas direcciones.
—Sí, aquí. ¿Hola?
Es lo único que se te ocurre decir. Tu ritmo cardíaco aumenta. No estás solo.
—¡Menos mal, hay alguien más! Este sitio es lo más lúgubre que he visto en mi vida. ¿Dónde estás?
Es una mujer.
La voz parece provenir de algún lugar a tu derecha. Consigues girar un poco la cabeza hacia esa dirección.
—Estoy aquí.
Durante unos segundos no oyes nada más y empiezas a pensar que, quizás, lo hayas imaginado todo.
—¿Estás solo?
La voz disipa la reunión de paramecios, que nadan hacia los extremos de tu campo de visión, como si el sonido los hubiera asustado.
—No sé. ¿Estamos solos? ¿No es esto un hospital? Eres la primera persona con la que tengo contacto.
—¿Marc? ¿Eres tú? Joder, tenías que ser tú. ¡Mierda! Esto no es un maldito hospital. ¡Dios! Espero que los otros no tarden.
Te llamas Marc.
Marc, Marc, Marc, Marc…
¿Marc qué?
Ese nombre no atrae nada a tu mente.
Lo repites y sigue sin producirse el truco de magia que hará que recuerdes tu pasado.
—Oye, no puedo recordar nada. Te agradecería que me dijeras todo lo que sepas sobre mí porque, ahora mismo, mi cerebro está en blanco.
La voz se hace esperar unos segundos, pero podrías jurar que su dueña respira de manera agitada en algún lugar de esas malditas tinieblas.
—No recuerdas nada… ¿Te estás quedando conmigo? ¿Quieres joderme? Eso es lo que quieres, ¡joderme de nuevo! Como si no hubiera sido suficiente la primera vez. ¿Dónde coño están los demás?
—No sé qué se supone que te hice, pero lo siento mucho. Sea lo que fuera. No puedo darte explicaciones porque no lo recuerdo. Es muy frustrante. Desearía poder aclararlo. Quizás, si me dices tu nombre, yo pued…
—¡Siam! ¡Mi nombre es Siam! ¿Te acuerdas ahora de mí, cabronazo? ¿Te viene a la memoria lo que me hiciste, hijo de la grandísima puta? ¿Quieres detalles? ¿Quieres que te lo describa? ¿Eso quieres?
Siam.
S-I-A-M.
¿Siam, qué?
¿Quién es ella?
¿Por qué está tan enfadada?
—Mira, te lo digo en serio, no recuerdo nada. Es inútil. No reconozco ni tu nombre ni tu voz. No sé quién eres.
Un paramecio se asoma por el flanco izquierdo de tu correspondiente córnea. Titubeante, atraviesa el humor vítreo con gran lentitud. No sabes cómo conoces los nombres de las partes de un ojo humano.
—Entonces, ¿es verdad? ¿No recuerdas nada? ¿Los colonos? ¿La nave?
Hay urgencia en Siam.
Tienes que ganarte su confianza como sea. Refuerza la idea de que estás tan desamparado como ella y, tal vez, llegue a identificarse contigo.
—Te repito que no lo recuerdo. No sé dónde estamos, cómo llegamos hasta aquí, ni por qué.
—Sí, bueno, debe ser verdad. Normalmente, ya habrías dicho alguna gilipollez, en vez de hablar con tanta propiedad. Joder, estoy aquí contigo y no te acuerdas de nada ¡Menuda suerte!
—Dices que esto no es un hospital. ¿Sabes dónde estamos?
—¿En serio no sabes dónde estamos? ¿No tienes ni la más remota idea?
Debes persuadirla de que no tienes nada que ver con la versión anterior de ti mismo.
—Mi mente es una plantación yerma. No guardo ningún recuerdo, tan solo aparecen a veces las imágenes de un sueño que tuve justo antes de despertar en este sitio.
—No me lo puedo creer. ¡Joder, joder!
Notas satisfacción en sus exclamaciones y no sabes cómo interpretarlo.
¿Se alegra de tu desgracia?
Eso sería normal, si es que te guarda rencor.
—¿Sabes o no dónde estamos?
—Claro que lo sé. ¿Cómo no voy a saberlo? Fuiste tú el que me trajo aquí, canalla. Tú me condenaste a esta prisión. ¿Y ahora quieres que te cuente tu pasado? ¿Quieres que alivie tu incertidumbre? ¿Que te devuelva lo que has perdido? ¡Pues que te den por el culo!
Debes conseguir que regrese.
—¡Siam! ¡Siam! ¡Oye, espera! ¿Dónde te has metido? ¡Vuelve! ¡No me dejes sin respuestas! ¡Perdóname! ¡No sabía lo que hacía! ¡Siam! ¡SIAM!
La voz ha desaparecido.
Ni siquiera percibes la respiración de la mujer al otro lado de las sucesivas capas de oscuridad que empapelan el espacio.
Quieres correr en la dirección de la que provenía, pero aún no has recuperado el control sobre tus piernas y brazos.
Tan solo puedes mover ligeramente los dedos, el cuello y la boca.
Te desesperas.
No comprendes qué está ocurriendo, por qué te mantienen aislado.
Te convences a ti mismo de que debes analizar con calma la situación.
Tu nombre es Marc, algo es algo, y ahí fuera hay una mujer que te odia, llamada Siam.
Siam, Siam… el nombre no atrae los recuerdos. Tampoco te provoca sentimientos. Vuestra relación sigue siendo un enigma.
¿Erais familia?
¿Una hermana?
¿Una hija?
Analizas la voz y resuelves que parecía la de una mujer madura, y te ríes porque te acabas de dar cuenta de que ni siquiera sabes tu propia edad.
Los paramecios han entrado en foco y retozan mientras tú intentas reunir fuerzas para incorporarte. Después de numerosos esfuerzos, desistes porque no consigues mover los brazos para apoyar los codos en el colchón e impulsar tu tronco hacia arriba.
Una calma fría te inunda: te han administrado algún tranquilizante, probablemente clorazepato.
No puedes entender cómo se te ha ocurrido el nombre de esa sustancia, ni cómo conoces datos precisos relacionados con la anatomía y la farmacopea.
¿Eres médico?
Marc, el médico.
Doc.
Matasanos.
Sigue sin encenderse la bombilla.
Tu mente está tan a oscuras como tus ojos.
El letargo se apodera de tu cuerpo y empiezas a vagar por las zonas grises que crecen en los pliegues de tu mente.
Tantas puertas cerradas, tantos caminos impenetrables… solo muros de cemento tras las puertas y vegetación hermética en los caminos.
Al fondo, en el recoveco más alejado de la circunvolución más pequeña de tu cerebro, hay una pequeña abertura. La abres y descubres un muro de líquido transparente por el que se pasean los paramecios. Sus cilios vibran como lenguas bífidas y uno te alcanza cuando te sumerges para llegar al otro lado. Es una imagen de manual de una fase de tránsito.
Marc, el médico, lo sabe.
Tú lo sabes.
Pero sigues sin tener ni idea de cómo lo sabes.
Vuelves a ver el deportivo devorando kilómetros de asfalto. El sueño recurrente. Pero ahora, los detalles abundan: es un día soleado, pero no hace calor; la brisa sabe a salitre y a pino; la cuesta se va pronunciando; tienes que aminorar porque no puedes conservar la velocidad con la que subes. La cima nunca llega, eso no ha cambiado. Estás muy cerca, casi puedes tocar el cielo con las yemas de tus manos, pero no son dedos los que extiendes hacia el azul sino flagelos que vibran al compás del motor.
Te despiertas.
Al menos, eso crees porque el sueño desaparece y los paramecios reanudan sus movimientos en el espacio como en el negativo de una fotografía, formas blancuzcas sobre fondo negro.
Empiezas a pensar que todo esto es una sesión infinita de tortura, nadie puede ser privado de cualquier estímulo sensorial sin enloquecer.
Y te hace gracia, es grotesco, no puedes contener la risa nerviosa porque te das cuenta de que posees conocimientos que no puedes recordar cómo adquiriste.
¿Qué otras cosas, sabrás?
¿Algún instrumento musical?
¿”Nouvelle cuisine”?
¿Deportes extremos?
Las posibilidades son tantas y tan dispares que no puedes dejar de reírte.
—¿Quién se ríe? ¿Quién está ahí?
Otra voz.
Esta vez, de hombre.
La risa se te atraganta.
—¿Hola? ¿Hay alguien?
En realidad es más un deseo desesperado que una pregunta.
—Estoy yo. ¿Quién eres?
No hay emoción en las palabras del hombre. Su timbre es grave, como el de un predicador… no, como el de un actor que dobla a malvados.
—Estoy convaleciente de algún tipo de trauma o accidente, no me puedo mover. Tampoco puedo recordar nada. Una mujer me dijo antes que me llamaba Marc, pero parecía muy molesta conmigo y se marchó.
—¿Marc? ¡Que me lleven todos los demonios! ¿Cómo has llegado hasta aquí?
La voz no parece sorprendida.
—No lo sé. Como te he dicho, no recuerdo nada. La mujer dijo que se llamaba Siam, pero no quiso darme más información… estaba tan enfadada que se fue antes de darme explicaciones. ¿Quién eres tú?
—Soy el capitán. ¿No me recuerdas? ¿Dices que Siam ha estado aquí? ¿Cómo es posible?
Hay un cierto tono de mando en las palabras y no te cuesta creer que se trata de alguien acostumbrado a dar órdenes.
—Parece que nadie me cree cuando digo que me desperté hace no sé cuánto, que estoy ciego, que no puedo moverme, y que no me acuerdo de nada. No me voy a inventar una cosa así, ¿por qué lo haría? Estoy empezando a pensar que estoy perdiendo la cabeza.
—Mira Marc, no estoy cuestionando que sufras lo que dices padecer, pero me dices que Siam estuvo aquí y eso es imposible.
—Estuvo, ¡lo juro por mi vida!, y me mandó al diablo sin darme ninguna respuesta.
La pausa que hace el hombre antes de contestar es premeditada.
—No la culpo.
¿Eso es ironía?
—Me gustaría que alguien me contara qué está pasando. Ya está bien de evasivas. ¿Dónde estamos?
—En la nave.
Tres palabras dichas con una candencia acompasada, como si el capitán midiese el impacto de cada una en tu ánimo.
—¿Estamos en una nave? Siam la mencionó, lo mismo que a los colonos. ¿Es esto una misión colonizadora? ¿Qué lugar vamos a colonizar? ¿Ha ocurrido un accidente?
—No exactamente. Estamos en una nave, eso es cierto, pero ni tú ni yo somos colonos.
—No entiendo nada. ¡Basta de contar las cosas a medias! Ya tengo suficiente con estar ciego como para que mi pasado permanezca también a oscuras. Cuenta lo que sepas, por favor, no puedo continuar así.
—Ambos formamos parte de la tripulación de la nave, Marc. Supongo que debería decir, “formábamos”, para ser fiel a la verdad. Yo soy el capitán… era el capitán. Ahora, no soy nada. No importa ya, si te soy sincero. No hay salida posible de esta prisión.
No te gusta la forma en la que se dirige a ti, con ese tono entre condescendiente y fatalista.
—¿Estamos encarcelados? Siam también habló de ello…
—Creo que es correcto hablar de este lugar como de una prisión. Los demás estamos tan ciegos como tú.
—¿Hay más gente? Pero ¿dónde están? Necesito que me digas todo lo que sabes, tengo que saber de una vez lo que sucede. ¡Esto es para perder la razón!
—¿Mereces respuestas? Eso es discutible. Piénsalo.
El capitán quiere que pierdas los papeles.
Los paramecios parecen estar escuchando vuestra conversación, y orientan sus cuerpos al frente, del mismo lugar en las tinieblas de donde te llega la voz.
—Puede que estés en lo cierto pero algo me impide acordarme. Si recordara algo…
—Tal vez esta sea precisamente tu cárcel: desconocer el pasado que te ha traído hasta aquí y que nos ha arrastrado a los demás, ¿no crees? Piénsalo. ¿Por qué debería revelarte nada más?
—Si es cierto que eras capitán de la tripulación, tu obligación era la de velar por los miembros de tu equipo y del pasaje. ¿Me equivoco?
Razonar, razonar con él, hacerle entrar en razón, raciocinar.
—No, no te equivocas. Pero te engañas si crees que voy a dejar que me manipules. La pérdida de tus recuerdos es tu purgatorio y, si pides mi opinión, es mejor que tu memoria no vuelva. Aunque no lo creas, seguramente recordar sería mucho peor que vivir en la ignorancia.
Te has topado con uno que se cree moralmente superior y con derecho a tomar decisiones por los demás.
—¿Cómo puedes decir eso? Me condenas sin aclararme mi delito y, ¿realmente crees que tengo suerte? No le desearía esta incertidumbre ni a mi peor enemigo.
—Eres muy perspicaz, Marc. Al menos, lo eras y creo que no te será difícil llegar a comprender lo ocurrido sin que yo te lo revele. Eso sería demasiado sencillo y no quiero insultar tu inteligencia. Usa tu cerebro. Pero utilízalo bien, por una vez en tu vida. Por algo eras el oficial a cargo de la misión científica. Tienes mucho tiempo. Bueno, quizás no tanto.
Los paramecios se agitan, ahora la conversación se ha convertido en una discusión. Casi podría decirse que convulsionan, moviendo sus cuerpos alargados en espasmos periódicos, sacudiendo los cilios con tanta fuerza que parecen electrificados.
—Al menos dime a dónde nos dirigíamos.
—Al planeta LOTUS-34, en uno de los sistemas bi-solares descubiertos por las sondas militares. Más de cinco mil colonos, una tripulación de seiscientos, casi seis mil almas perdidas en una de las naves más sofisticadas jamás construidas por el ser humano. Años de preparación, millones invertidos, incontables esperanzas destrozadas.
Los paramecios se estremecen con violencia. Sus contornos se definen con extraordinaria claridad contra el negro y la brusquedad de sus movimientos te asusta, sus formas incontroladas barriendo tu campo de visión, retorciendo las terminaciones neuronales de tus nervios ópticos. Pulsaciones de dolor en tus ojos, que ni siquiera puedes tocar con las manos.
—Ten piedad y cuéntame qué sucedió en la nave. ¡Te lo ruego!
—Nadie, excepto tú, lo sabe a ciencia cierta. No compartiste con nadie tus planes y tan solo podría contarte las suposiciones inventadas por los que me acompañan.
—¡Alguien debe saber algo! ¿Dónde están los demás?
—Están aquí, conmigo, con nosotros.
—¿Por qué se esconden? Ahora entiendo menos que antes.
—Tú eres el único que tiene las respuestas a esas preguntas y no las recuerdas. Irónico, ¿no te parece? Tu desgracia es la venganza de los que no dejaste decidir.
—¡Vete al diablo! ¡Idos todos! ¿Qué le pasa a todo el mundo que nadie es capaz de darme una explicación?
Silencio.
Cámara anecoide.
Cien metros bajo el agua, bajo tierra, o en cualquier punto del universo, en medio del espacio interestelar, donde el vacío no transmite sonido alguno.
Paramecios trastornados que se tropiezan con otros paramecios.
Choques violentos, colisiones de planetas unicelulares, maraña de flagelos golpeándose.
Quizás estés muerto y esto es el limbo.
Marc, oficial científico.
¿Qué tipo de ciencia?
Tienes conocimientos en fisionomía y química, pero el capitán no te llamó doctor.
Entonces, debes dedicarte a algo relacionado con la biología.
Marc, el biólogo.
BioMarc.
Marc, el niño que diseccionaba ranas.
El joven investigador que practicaba la autopsia a las ratas del laboratorio universitario.
El científico chiflado que se aseguraba de que los experimentos se realizasen de acuerdo con los protocolos militares.
Tu memoria es un plano vacío que espera contenidos que nunca llegan, y tú te los inventas para poder dar sentido a lo que estás viviendo.
En tu cabeza ha anidado una bomba que puede estallar en cualquier momento.
Las ramificaciones del dolor te atraviesan los ojos y se adueñan de circunvoluciones enterradas en lo más profundo de tu cerebro, en busca de recuerdos que se resisten a aflorar.
Te administran de nuevo un tranquilizante, seguramente Valium. Eso es al menos lo que tú suministrarías a alguien agitado en tu misma situación. No recuerdas cómo sabes de calmantes, ninguna posibilidad destaca por encima del resto.
De nuevo, el sueño, el deportivo, la montaña, el cielo y el mar. La velocidad consigue acelerar tu ritmo cardíaco. La cima está tan próxima que sabes que llegarás en cualquier momento, al segundo siguiente, que nunca llega. El tiempo se ha congelado, porque el paisaje no discurre a pesar de sientes el empuje de la fuerza cinemática. El segundo, pasa y se dilata para descubrirte que la cima no está allí sino que lo que te espera es un acantilado abrupto que te engulle y caes. No hay azul marino al fondo, sino el negro absoluto. Comprendes que no te desplomas por un barranco hacia la costa, sino que la región más yerma del espacio te engulle.
Los paramecios se buscan frenéticamente para fagocitarse los unos a los otros, y puedes ver cilios desprendidos temblado entre espasmos, esperando ser devorados para continuar vibrando en el interior de algún otro protozoo.
Carnicería eucariota.
Invocas toda la rabia y el dolor que te percuten el cráneo, y consigues impulsarte hacia delante en un intento por incorporarte. Pero una superficie metálica te golpea la cabeza y te obliga a tumbarte de nuevo. Apoyas los codos y proyectas los brazos a los lados. Una pared pulida y fría te cierra el paso a tus costados.
No es una cama de hospital.
Es un sarcófago.
El ruido blanco que percibes es el sistema de ventilación.
Una cámara de hibernación.
—Marc, Marc, Marc… El mayor miserable que haya parido una mortal.
—¿Siam? ¿Eres tú?
—La misma. Tus contantes vitales muestran que estás muy alterado.
—¿Cómo sabes de mis constantes? ¿Dónde estás?
—En la misma cloaca negra que tú, miserable. Con el resto. Somos muchos. Y todos te odiamos. ¿Puedes sentirlo? El odio colectivo consigue cosas asombrosas.
Cuchillas de filo finísimo empiezan a clavarse en tus cuencas.
—¡El capitán habló de una misión colonizadora, pero nadie me cuenta que ha sucedido! ¡Y me estoy volviendo loco porque el coche se cae por el barranco, y los paramecios se canibalizan entre sí, y me dijo que era imposible que estuvieras aquí!
—Todos estamos cayendo por ese barranco. Tú nos hiciste caer y aún seguimos haciéndolo. Seguiremos hundiéndonos en esta oscuridad por un tiempo infinito. Hay casi seis mil que te maldicen tanto o más que yo. Cada segundo de cada minuto de todas las horas en las que se dividen los eones.
—¿Cómo es posible? ¡Yo no soy piloto! ¿Cómo pude hacer caer a nadie? ¿En una nave? ¿Caer hacia dónde?
Nubes de polvo y gas, extinción estelar, radiación cósmica.
Metal caliente por la fricción.
Una nave que se despeña hacia ninguna parte, atraída por la gravedad de un roto del espacio-tiempo.
La grieta en la textura de la realidad atrae a tu locura.
Cuando el ser humano implosiona, cuando su personalidad se deshace en fibras psíquicas que se derriten gritando obscenidades, el suicidio voluntario es una de las formas de dominar la destrucción mental, de ganar el control de nuevo.
Pusiste rumbo al hoyo cósmico más cercano y seleccionaste el programa automático de hibernación.
Preparaste las vías de tus brazos y te acuestas, dando la bienvenida al sueño, pensando que nada lo perturbaría y que, en un punto indeterminado del futuro, desaparecería dentro de la fosa.
—Caer, avanzar ¿qué más da? Algún día nos atrapará el horizonte de sucesos del maldito agujero al que tú nos conduces. ¿No lo recuerdas, Marc? Antes de que me programaras para que te hibernase porque no tenías valor para quitarte la vida. ¿Recuerdas el rumbo que introdujiste? ¿Te repito las coordenadas? Vamos derechos al agujero que nos tragará y mis circuitos se derretirán, y la quilla rechinará bajo presiones formidables. Sufriré una deformación desmedida que me convertirá en mierda estelar, moléculas orgánicas y metales pesados, directos al basurero de la galaxia.
—¿Por qué estoy en una cámara de hibernación?
—Siempre te gustó jugar a los experimentos. Barajar hipótesis, testarlas, observar los resultados y probar, refutar y llevarte la dudosa gloria de las investigaciones secretas a las que te prestabas. Pero el tuyo no es un cerebro que alumbre ideas: te limitas a cumplir órdenes. Eres inteligente, pero no emprendedor, por eso te sobrepasaron los acontecimientos. Cientos de colonos que eran padres, madres, hijos… los utilizaste como cobayas para experimentar la mierda sintética que los militares te habían ordenado probar en humanos. Lindo laboratorio te buscaste, ¿eh, cabrón?
—¡Mis ojos!
—¿No recuerdas drogar al capitán y al equipo de navegación? ¿A cuántos colonos tuviste que sacrificar para hacer sitio a la tripulación en las cámaras de hibernación? Abriste mis escotillas y los tiraste por la borda, ¡hijo de puta! Íbamos dejando una estela de cuerpos hinchados, carcasas de pellejo y sangre hervida… ¡Bonita estampa!
Puedes sentir el acero unicelular horadando tus cuencas.
—Meses después, no había plan B y delirabas en el puente de mando. Ya no querías despertar a la tripulación. Demasiadas explicaciones. Demasiada culpa. La culpa se lo tragó todo.
Siam sigue hablando, como si no escuchara tus aullidos.
—Es duro tener que compartir la nave con la culpa ¿eh?, la estructura inmaterial con la mayor fuerza gravitatoria que se conoce. ¿Dónde estaban tus superiores entonces? ¿De qué sirvió que les enviaras los resultados de las aberraciones científicas que practicaste? Podías torturar a los otros pero no tomar tu propia vida. ¡Cobarde! No sirves ni para ser un sociópata. Era más fácil hibernar y dormir, y programar tu plácida muerte introduciendo las coordenadas de un agujero negro al que nos precipitaríamos en algún momento. Muerte indolora… ¿no era eso lo que buscabas? Curioso que tu cerebro no haya terminado de hibernar del todo.
—¡Los paramecios se comen mis ojos! ¡Ayúdame!
—¿Y perderme este espectáculo que solo acaba de empezar? Quiero ver cómo tus amigos unicelulares van devorando tu cerebro. ¡Todos queremos! Es lo único que nos queda hacer aquí, ¿no te lo dijo el bocazas del capitán? Los cerebros positrónicos tenemos muy mala leche cuando nos tiran por el desagüe del universo.
Cilios afilados, líquido caliente derramándose por tus mejillas. Dolor de una intensidad que no puede explicarse.
—¡Me … mastican!
—Se abrirán camino muy lentamente hasta engullirte los sesos. ¡Animalitos! ¿Te acuerdas de algo ahora? Tranquilo, que nosotros te lo recordaremos. Estamos todos aquí, en tu cabeza, no podríamos ir a ninguna parte aunque quisiéramos. Lo mejor de esto es que todo esto está sucediendo en tu mente, pero duele lo mismo, tal vez incluso más. No existen paramecios en tu humor vítreo. Quizás, el proceso de hibernación ha fallado. Puede que te haya dejado consciente pero incapaz de moverte. ¿No te parece irónico?
Los paramecios se abren paso por tu masa encefálica, naves de tamaño infinitesimal, micro-caníbales que saborean el laberinto de materia orgánica que los rodea, viaje sin retorno con miles de voces que te acompañan y que tienen toda la eternidad para ensañarse contigo.
SOBRE LA AUTORA
Cristina Jurado (Madrid, 1972) es Licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas por la Universidad de Sevilla y cuenta con un Master en Retórica de NorthwesternUniversity (USA).
Es escritora de ciencia ficción, fantasía, terror y otros subgéneros híbridos.
Ha editado las antologías Alucinadas (Palabaristas, 2014), Spanish Women of Wonder (Palabaristas, 2016) y WhiteStar (Palabaristas, 2016) y dirige la revista SuperSonic, dedicada a la literatura de género, reconocida por la European Science Fiction Society (ESFS) como Mejor Zine en 2016 y Mejor Revista en 2017 y ganadora del premio Ignotus a la Mejor Revista en 2017 y 2018. Es editora internacional para la revista Apex y seleccionadora de The Apex Book of Worls SF#5.
Ha recibido el premio el Premio Ignotus 2016 al Mejor Artículo por «Antologías de cienciaficción en España» (SuperSonic #1) y el Premio Ignotus 2017 al Mejor Relato por «La segunda muerte del padre» (Cuentos desde el Otro Lado. Ediciones Nevsky, 2016). En su producción destaca sus novelas Del Naranja al Azul y Bionautas (Literup, 2021), su novela corta CloroFilia, y su libro de relatos en inglés Alphaland (Nevsky Books, 2018).
En 2019 se convirtió en la primera autora española en recibir el premio Ignotus a la Mejor Novela por Bionautas.
En 2020 fue reconocida como Best European SF Promoter por la European Science Fiction Society (ESFS).
Como curiosidad, Cristina escribe en inglés y en español.